martes, 9 de agosto de 2011
Mediatarde en Sevilla, Midnight in Paris
Y es que Woody me vuelve loco, por si no lo sabéis.
Ayer disfrutamos de "Midnight in Paris" y de un Woody Allen absolutamente en forma, lleno de inspiración y con la madurez tras la cámara de un viejo tipo con mucho talento que arrastra a sus espaldas la friolera de 42 películas, la mayoría de ellas geniales.
Allen es un maestro. Su habilidad técnica no es discutida por casi nadie y es, precisamente, en su propio lenguaje, en sus temas y en sus personajes, donde obtiene el reconocimiento de sus fans y de la crítica. También su obsesiva reincidencia temática es el origen de la mayoría de las críticas de sus detractores que suelen recriminarle que siempre habla de lo mismo. Pero, claro, lo que queda tras quitar todo lo aportado por aspectos técnicos es la esencia: es Woody Allen. Y, probablemente, o te apasiona o acabas odiándolo. Tampoco pasa nada.
En "Midnight in Paris", apoyado en unos magníficos actores y en un escenario inmejorable -la incomparable ciudad de París-, Allen despliega sus mejores armas, el humor, la sensibilidad, los personajes, los diálogos, y dibuja una fantástica comedia romántico-fantástica en la que un escritor (Owen Wilson) persigue sus sueños al tiempo que, por pura necesidad y por suerte para él, se aleja de su vida real.
Gil sueña con escribir una novela y con vivir en la lluviosa Paris, pero es guionista en Hollywood e Inez, su prometida -una caprichosa hija de papá- se ha empeñado en vivir en Malibú. A pesar de que estos no tragan a Gil, acompañan a los padres de Inez en viaje de negocios a París, aprovechando la ocasión para visitar la ciudad. Casualmente, coinciden esos días con una pareja de amigos de Inez y ella parece sentirse muy atraída por la apabullante intelectualidad de Paul. Gil se siente fascinado por la ciudad y detesta los planes que Inez prepara con sus odiosos padres y su pedante amigo y, pronto, comienza a hacer planes por su cuenta. Una noche, Inez se va a bailar con Paul y su novia y Gil, ligeramente borracho, decide irse al hotel dando un paseo. Se pierde y, al sonar las campanadas de la medianoche, algo extraño y fantástico ocurre: de repente, sin saber muy bien cómo ni porqué, se encuentra en la París de los años veinte (del siglo XX) y comienza a alternar con los grandes personajes literarios y artísticos de la época, Scott y Zelda Fitgerald, Cole y Linda Porter, Gertrude Stein, Pablo Picasso, Salvador dalí, Luís Buñuel, Ernest Hemingway, Josephine Baker, T. S. Elliot, Belmonte... Allí conoce también a la hermosa Adriana...
En fin, no quiero contar más. Allen consigue sumergirnos inmediatamente en una ciudad, en un ambiente, en unos personajes y en una historia que nos atrapa y no nos suelta. La maravillosa selección musical del genio de Brooklyn lo envuelve todo, de principio a fin y sirve de hilo conductor en una historia que viaja sola, plácida y divertidamente, y en la que disfrutas tato que jamás te planteas si lo que está ocuriendo es posible o no. La verosimilitud de los hechos no es lo importante aquí, su belleza, su lógica, su trasfondo, es lo importante. Perseguir los sueños es importante. Amar es importante. París es importante.
Entiendo que no soy un observador imparcial y objetivo, pues Woody Allen me pirra, pero sólo puedo decir que la película es buena, divertida y muy entretenida; un romántico homenaje a París y a las personas que no pueden evitar perseguir sus sueños aunque ello signifique nadar a contracorriente.
¿Qué más puedo decir?
Que lo último que había visto fue Kung-Fu Panda 2... ¡y que también me gustó!
Que puedes ver Linterna verde, Thor, Capitán América, Tron, Cars 2, Los Pitufos, etc en 15 cines y a Woody Allen en sólo 2 y de milagro.
Que me he perdido El discurso del Rey en pantalla grande.
Que odio las pelis en 3D.
¡Que nos costó 7 euros cada entrada!
Que me encanta ver los créditos finales de las pelis de Woody Allen, con esas letras blancas sobre fondo negro y el jazz sonando a tope, todavía con el regusto de la peli en los ojos...
Que me niego a ver Vicky Cristina Barcelona porque todos el mundo dice que es un bodrio.
Que en la calle hacía 40ºC.
Que estábamos 7 personas en la sala.
Y que os quiero, hombre.
Eso.
miércoles, 3 de agosto de 2011
Las vacaciones
El verano y las vacaciones son, para mí, tiempo de vivir despacio y recuperar recuerdos bastante remotos.
Probablemente ese vivir despacio es lo que verdaderamente otorga sentido a las vacaciones en clara contraposición al cotidiano ajetreo de prisas, carreras, horarios y bocinazos en los semáforos. Esa rutina de despertador-ducha-café-coche-trabajo-niños-colacaos-mochilas-colegio-tráfico... milagrosamente sustituida por esa otra de dormir-enredarse-en-las-sábanas-café-en-la-terraza-periódico-bañador-protector-solar-flotar-en-el-mar-chiringuito-gazpacho-sardinas-asadas-siesta-piscina-tinto-de-verano-paseo-atardecer-helado-conversación-cartas...
Estos días puedo dedicar gran parte de mi tiempo simplemente a observar lo que me rodea y poner a prueba mis sentidos y su memoria. Puedo dedicar horas a leer, cosa que habitualmente hago muy a salto de mata. Siempre ando con mi libro cerca y a ratos le voy dando achuchones hasta que, cuando me doy cuenta, ya le quedan menos de cincuenta páginas.
Puedo dedicar todo el tiempo que me dé la gana a observar a mis hijos. En la playa, observo perplejo el cuerpo de mi hijo mayor. Su torso cada vez más desarrollado acompaña sin esfuerzo y con agilidad al resto del cuerpo en sus piruetas sobre la arena. Bronceado, con el brillo de las gotas del agua del mar sobre su piel, parece no percibir cómo crecen sus músculos y se desborda de vida. Incapaz de controlar su energía, es incapaz de caminar y se desplaza haciendo volteretas laterales sucesivas de un lado a otro. Su cuerpo no habla; grita. Él no sabe que yo sé que me observa cuando juego con el pequeño y contabiliza las veces que le hago volar, que le abrazo o que le mordisqueo la barriga. Siempre tengo una o dos más para él, para que le salgan las cuentas del pequeño príncipe destronado y todo esté en su sitio.
Observo al pequeño y alucino con su progresión. Ha crecido delante de nuestras narices casi sin darnos cuenta. Es un bichito delgado y fibroso que, sin las cualidades atléticas de su hermano, dedica cada uno de sus movimientos a imitarlo hasta la risa. El otro día les pregunté si querían hacer no-sé-qué y él, antes de contestar, miraba al mayor buscando respuesta. El mayor dijo que no y él, inmediatamente, negó con la cabeza. Ofrecí la misma propuesta de forma algo más atractiva y el mayor cambió de opinión ante la atenta mirada de su hermano que, sin demora, asintió también con su menuda cabeza. Algún torpe comentario debí añadir que hizo que el mayor volviera a cambiar de opinión, ofreciendo una nueva y rotunda negativa que se vio seguida por la esperada negativa de su fiel clon, que a ratos se convierte en una especie de minúsculo y adorable “clown”.
Observo largamente a mi mujer. Suelo observarla mucho pero, estos días, tengo la suerte de poder hacerlo más y mejor. Su pelo está algo más claro y alborotado de lo normal ‒el viento de poniente, es lo que tiene‒ y sus ojos, raro es el día que no se muestran más verdes que pardos entre los párpados entornados por la fuerza de sol. Su piel habitualmente blanca ya ha tenido tiempo de broncearse y curtirse, llenándose de vida y hermosa jovialidad. Este año pienso ponerme “negra”, repite sabiendo que eso es imposible. En el fondo, se conforma con broncearse y sentirse más guapa. A ratos, vagueo más de lo aceptable y su rostro se endurece ligeramente en una mueca de callada desaprobación, pero pronto las aguas vuelven a su manso cauce.
Observo a las gentes y sus costumbres.
Observo al discreto cuidador de origen hispanoamericano que pasea a un anciano por la piscina. Observo la confianza que muestra el anciano hacia su cuidador en el relajado rostro.
Observo a los jóvenes socorristas que concentran firmemente su mirada en los grupos de turgentes jovencitas apiñadas en el césped sobre sus toallas.
Observo a las madres que no dejan de ser madres en la playa y limpian mocos, arropan con toallas, preparan meriendas, limpian culos, untan cremas y reagrupan chanclas y rastrillos.
Observo a los negros vendedores de baratijas que pululan por la playa cubiertos de ropa, mostrando vistosos vestidos, divertidas pulseras y relojes de imitación, regalando sonrisas entre su verborrea de palabros en un castellano básico a medio camino entre el “Yo Tarzán, tú Jane” de Johnny Weissmüller y un gutural Swagili.
Observo los cuerpos de los bañistas y me topo con la cruda realidad de obesidad que nos rodea. Obesos que, en muchos casos, beben cerveza, comen patatas fritas y bollería y retozan de sol a sol sobre su toalla, ajenos por completo a los beneficios que les podría reportar un buen paseo.
Observo a las chabacanas pandillas de niñatos aspirantes a “ninis” que se despatarran o se amanceban, mientras ensucian y molestan. Con sus musculados, perforados y tatuados cuerpos en continua exhibición, su música bakalaera a todo volumen y su culto a la estupidez, gritan, corretean, se lanzan al agua, hacen peleítas levantando arena, juegan al fútbol repartiendo balonazos y se encaran con los ancianos que se atreven a recriminarles su comportamiento.
Observo a una abuela que deja el croché para acunar a un bebé y tararearle una melodiosa nana.
Observo a un abuelo que juega a la petanca con dos niños que deben ser sus nietos. Por su rostro intuyo que ni se acordaba de la última vez que ganó a algo.
Observo a una madre de mediana edad que quita la arena bajo la ducha a la salida de la playa a un hijo con algún tipo de grave parálisis motora. Mientras lo sujeta bajo sus axilas con el abrazo de uno de sus fuertes brazos, con el otro recorre cada rincón de su cuerpo para frotarlo con agua limpia. Él sonríe y se estremece en una mueca porque parece estar algo fría.
Observo a la empleada del supermercado que, hastiada de tanto veraneante, no encuentra motivo para dar una vez tras otra los buenos días y pasa mecánica y cansinamente los productos por el lector óptico a la espera de un “beep”. Siete con cinco. ¿Quieres las cinco? Lo que usted quiera. No, lo que quieras tú, le respondo. Se encoge de hombros y acepta con desgana la pequeña moneda cobriza.
Observo a los niños mayores que, con un móvil en una mano y la Nintendo DS en la otra, se agrupan en pandillas tras la hora de la cena. Llevan sombra en el mostacho y van guapos, arreglados y peinados y alguno, incluso acabará el verano con novia.
Observo a un tipo cuarentón que, escondido tras su ordenador portátil, no puede evitar andar observándolo todo y teclea, teclea, teclea...
viernes, 15 de julio de 2011
Lo que leemos
La verdad es que siempre me han apasionado los libros mucho más de lo que demuestro con mi coeficiente particular de lecturas anuales, por llamarlo de alguna forma.
Me encanta comprar libros y me encantaría leerlos todos, aunque me resulta suficiente, por el momento, saber que están ahí, en mi enorme y robusta librería blanca (no-de-ikea), a la espera de que tenga tiempo, ganas o las dos cosas. ¡Menos mal que, en eso, Elo es un poco como yo! Aunque no tan "como yo" como yo, claro. Lo mío no tiene límites...
Pero, a lo que iba. Ejem. En dicha "newsletter" encontré varias cosas interesantes.

Entre ellas, un artículo sobre un escritor estadounidense llamado Philip Roth, al que presentan como un autor fundamental. Man Booker Prize 2011 (es un premio, claro), es descrito como "uno de los autores americanos vivos de mayor talento y reputación", lo cual, por muchas ganas que tenga una editorial de vender libros no se puede decir ni muy a la ligera ni de cualquier mindundi. Sinceramente, no había escuchado ese nombre en toda mi vida, pero parece avalarle una larga trayectoria con éxitos como Goodbye, Columbus, (colección de cuentos de 1959), El mal de Portnoy (novela de 1969), y su "trilogía americana" (publicada en los años 1990) compuesta por las novelas Pastoral americana (1997), ganadora del Pulitzer, Me casé con un comunista (1998), y La mancha humana (2000).
En fin, a mí me ha entrado ganas de leerle algo.
Otra cosa interesante es la siempre ilustrativo ranking de libros más vendidos; en este caso, lista subdividida en dos: libros de ficción y libros de no-ficción.
La lista de libros de ficción más vendidos es la siguiente:
1 JUEGO DE TRONOS (CANCION HIELO FUEGO I) de GEORGE R.R. MARTIN.
2 CHOQUE DE REYES (CANCION DE HIELO FUEGO II) de GEORGE R.R. MARTIN.
3 SI TU ME DICES VEN LO DEJO TODO PERO DIME VEN de ALBERT ESPINOSA.
4 TORMENTA DE ESPADAS (CANCION DE HIELO Y FUEGO III) de GEORGE R.R. MARTIN.
5 NO ABRAS LOS OJOS (EBOOK) de JOHN VERDON.
6 A DANCE WITH DRAGONS (CANCIÓN DE HIELO Y FUEGO V) de GEORGE R.R. MARTIN.
7 EL TIEMPO ENTRE COSTURAS de MARIA DUEÑAS.
8 FESTIN DE CUERVOS (CANCION DE HIELO Y FUEGO IV) de GEORGE R.R. MARTIN.
9 ESPAÑISTAN: ESTE PAIS SE VA A LA MIERDA de ALEIX SALO.
10 EN EL PAIS DE LA NUBE BLANCA de SARAH LARK.
Y aquí va la lista de libros no-ficción más vendidos:
1 EL METODO DUKAN ILUSTRADO: COMO ADELGAZAR RAPIDAMENTE Y PARA SIEMPRE de PIERRE DUKAN.
2 INDIGNAOS de STEPHANE HESSEL y JOSE LUIS SAMPEDRO.
3 LAS RECETAS DE DUKAN de PIERRE DUKAN.
4 NO CONSIGO ADELGAZAR de PIERRE DUKAN.
5 ¡COMPROMETEOS! de STEPHANE HESSEL.
6 SABER COCINAR: RECETAS Y TRUCOS DE LA MAÑANA DE LA 1 de SERGIO FERNANDEZ y MARILO MONTERO.
7 REACCIONA de VARIOS AUTORES (J.L. SAMPEDRO, MAYOR ZARAGOZA, B. GARZÓN...).
8 NOSOTROS, LOS INDIGNADOS: LAS VOCES COMPROMETIDAS DEL 15-M de VARIOS AUTORES.
9 EL SECRETO de RHONDA BYRNE.
10 EL METODO GABRIEL de JON GABRIEL.
Supongo que, al elaborar estas listas, sin quierer, se realiza una especie de involuntario estudio sociológico que refleja, aunque con una muestra inevitablemente sesgada (no es una muestra heterogénea, pues los que compran libros, evidentemente se los leen -o los regalan a personas que leen- y ello presupone un cierto nivel cultural), qué andamos buscando entre las palabras de esos libros.

Entre los diez libros más vendidos de ficción, aparecen cinco del mismo autor, George R. R. Martin. Este señor escribe apasionantes y adictivas novelas de gran calidad dentro del género medieval-fantástico (donde encontraríamos también a J. R. R. Tolkien y su archiconocido "El señor de los anillos"). Parece que al gran público le va "lo fantástico" para evadirse de la intragable realidad que nos rodea.
El resto es un batiburrillo de libros de aceptable calidad entre los que se cuela un ebook policiaco, un cómic que mezcla la realidad social de España con el humor, una sensible novela del escritor catalán Albert Espinosa y un par de buenas novelas escritas por (una española y una alemana) y para mujeres, al menos a la vista de sus títulos y portadas.
En la lista de libros más vendidos de no-ficción, se llevan la palma los libros de dietas y autoayuda. El omnipresente Dukan acumula tres libros en los puestos más altos y eclipsan al sensato y poco conocido Método Gabriel y a Rhonda Byrne y su (según dicen) revelador "El secreto".

No hay duda de que nos sobran kilos y de que eso nos preocupa. Cerrar el pico y hacer deporte nos cuesta la misma vida si no disponemos de una motivación extra: en este caso la fe ciega en el Sr. Dukan y su controvertida dieta hiperprotéica.
El otro tema predominante es el de la exitosa llamada a la indignación de Stéphane Hessel (¡en un libro de sólo 30 páginas!). El autor con 93 años es uno de los 12 redactores de la declaración Universal de los Derechos Humanos, ex combatiente de la resistencia francesa y diplomático. Ciudadano judío nacido en Alemania, ha vivido incluso el horror de un campo de concentración, publica este alegato de movilización destinado a la juventud, instándoles a abandonar la indiferencia en estos tiempos de adversidad.
Luego, sus múltiples derivados: "¡Comprometeos!", "Nosotros los indignados...", "¡Reacciona!" al rebufo de la intención y el éxito de su precursor.
En fin, muchísima fantasía y demasiada realidad social.
Y las dietas milagrosas... pues, ahí, donde siempre, a medio camino entre la fantasía y la cruda realidad. Lo que no sé es si estos libros de dietas cuentan a la hora de maquillar las paupérrimas estadísticas sobre hábitos de lectura de los "teledevoradores" habitantes de Españistán...
Felices vacaciones para quien las tenga.
lunes, 4 de julio de 2011
La vida y la muerte
23:31h: Me llama la coordinadora de enfermería para decirme que viene para el hospital la abuela de una compañera. Está muy mal, sin más datos.
23:54h: Empiezan a llegar algunos familiares. Hablo con Carmen (nombre ficticio, claro) la hija de la abuelita (madre de nuestra compañera). La conozco de otra vez que vinieron con la abuela a urgencias por una caída. Ay, Salva, qué alegría que estés tú. Le doy dos besos. Comienzo con la anamnesis antes de tener delante a la paciente. 92 años, Enfermedad de Alzheimer desde hace 2. Deterioro agudizado los últimos meses. En estado vegetativo desde hace un mes y medio. Hoy se ha puesto fatal.
00:08h: Llega la ambulancia y entra una camilla a la velocidad del rayo. Sobre ella jadea inconsciente y semiincorporada la anciana. Tiene mala pinta. Me acerco inmediatamente a la cama de observación a la que la han pasado y aprecio una piel pálida y sudorosa, algo violácea. Su respiración es rápida y los estertores se escuchan desde la distancia.
00:15h: Le digo a la enfermera que la monitorice mientras la exploro. Vía periférica, sueroterapia de mantenimiento, aspirar secreciones. La auscultación es tan mala como esperaba, el corazón late débilmente, desatura al 86% incluso con administración de oxígeno. ¿Saco sangre analíticas cuando coja la vía?, me pregunta la enfermera con las comprensibles dudas. Sí, los tres tubos. Bueno, no, ¿para qué? Sí, sí, sácala. Total, ya que la estamos pinchando...
00:22h: Sube la intensivista y cuando la ve me mira con esa expresión en la cara que lo dice todo. Yo le devuelvo la mirada y asiento sin hablar. Échale un ojo que voy a hablar con la familia.
00:25h: Salgo a la sala de espera y encuentro a Carmen con su otra hija. Ha estado llorando. Me interroga con esa mirada que también lo dice todo, buscando algo de información en mis ojos. ¿Cómo está la abuela? Mi rostro no quiere darle buenas noticias. ¿Desde cuándo está así?, pregunto. Unas horas. La miro a los ojos. Está muy mal, Carmen. Es un primer paso antes de decirle que se está muriendo. Carmen rompe a llorar y niega con la cabeza, como si no lo creyera. Pongo mi mano en su brazo. Ven a la consulta.
00:30h: Cierro tras de mí la puerta para tener intimidad y nos sentamos en la consulta de urgencias. Segundo paso. Carmen, la abuela se está muriendo. ¿Tan pronto? Llora sobre el hombro de su hija. Ahora podemos bajarla a la UCI, que empiecen a ponerle vías, tubos y medicamentos. Estará sola y no creo que sirva para gran cosa. O subirla a planta con vosotros y asegurarnos de que no sufre. Carmen mira a su hija que, a su vez, la mira a ella. Hablan en voz baja, se susurran, se cogen de las manos. Mamá, hay que asumirlo y dejar que esté tranquila. Carmen suspira, me mira y me dice que se suben a la planta.
00:41h: Curso el ingreso y me acerco a la observación a ver cómo está la abuela. Le han aspirado las secreciones y le han puesto 2 miligramos de morfina según indiqué; respira menos ruidosamente, con algo más de paz. Llega la nieta que es nuestra compañera. Viene muy guapa porque había salido con unos amigos. Dos de ellos la acompañan. Más llanto. A esta abuela la quieren mucho, eso se nota inmediatamente. Acaricio su frente tibia y húmeda. Tomo su pulso y la ausculto de nuevo. La tensión y la saturación descienden ligeramente. El rostro aparece ligeramente más sereno.
00:49h: Terminan de prepararla para el traslado a planta. Me vuelvo a la consulta para cursar el ingreso de la paciente y pautarle el tratamiento. Veo un par de pacientes más.
01:50h: Me llama la enfermera de la planta para decirme que la abuela ha fallecido. Subo con la enfermera de urgencias y el celador, que también quieren dar su pésame a la familia y un beso a nuestra compañera. Al entrar en la habitación Carmen se nos abraza llorando. ¡Qué poco te has equivocado!, me dice. Yo le dejo que me abrace y la abrazo. Lo siento en el alma, Carmen. ¡Qué buenos habéis sido!, llora mientras se abraza con la enfermera de urgencias que llora también porque se le ha removido el recuerdo de sus pérdidas. Besamos al resto de la familia, incluída la cuidadora sudamericana que llora desconsolada.
01:55h: Paso a la estancia contigua donde yace inmóvil la abuela en la cama. Su piel está aún algo sonrosada, aunque con un tono ligeramente más céreo y agrisado. Tiene la boca entreabierta. Confirmo la muerte tras auscultarla, comprobar la inmovilidad de sus pupilas y ver la línea plana que dibuja el electrocardiógrafo en el papel contínuo.
02:03h: Vuelvo a la otra habitación donde esperan los familiares para comunicar lo que ya saben. Carmen está algo nerviosa. Les ofrezco un ansiolítico y mi particular punto de vista de las cosas que, aunque lleno de razón, no consuela: pensad en los 90 años que la abuela ha vivido con mucha calidad. Es que se ha ido muy rápido. Mejor así, Carmen, mejor así.
02:09h: Sugiero a las enfermeras y auxiliares que, antes de preparar y amortajar a la anciana, dejen pasar a la familia para que se despidan un rato de ella. Se alternan los llantos con los besos entre familiares y al relajado cuerpo de la anciana. Salimos de la habitación.
02:15h: Actualizo la evolución de la paciente en su historia: exitus.
04:43h: Relleno el certificado de defunción mientras el empleado de la funeraria explica los pormenores y costes de todo el procedimiento. A través de su DNI conozco dónde nació y reconozco su rostro sonriente en una foto con unos diez años menos. Anoto en el dorso de mi mano izquierda el número de certificado para incluírlo en la historia. Doy el pésame a un hijo que no conocía y salgo de la sala.
Se llamaba Margarita (nombre ficticio, claro).
Viernes, 1 de julio. La mañana siguiente en casa.
08:30h: leyendo mi correo, me entero de la noticia de que un antigua compañera y amiga muy querida está embarazada. Nos escribe a varios amigos un alegre email en el que nos da la buena nueva.
Miro el dorso de mi mano izquierda y ahí sigue, escrito a boli, el número del certificado de defunción que firmé de madrugada en el oscuro y silencioso hospital.
Miro la pantalla del ordenador y allí veo comenzar una nueva vida.
Se cierra el círculo y todo adquiere algo más de sentido.
Me doy una ducha y preparo unos colacaos para los niños.
La vida sigue.
jueves, 30 de junio de 2011
Mi ciudad con otros ojos
Uno de los matrimonios, Juancar y Mª José (¡hola, primos!), ya habían venido a Sevilla bastantes veces, tantas, que cuando vienen sólo nos dedicamos a pasear, hacer cosas con los niños, tomar tapitas y disfrutar de su compañía.
El otro matrimonio, Merce y Alfonso (¡hola, a los de La Vega!), nunca habían estado en Sevilla, por lo que tocaba ponerse ropa fresca, calzado cómodo, mochila al hombro y patearse la ciudad para descubrírsela como Dios manda...
Entonces, uno se pone a calcular los días de que disponemos y todo lo que se debe ver, elaborando una especie de planning con las visitas obligadas, un itinerario mental en el que aparecen, como etapas de una carrera, los monumentos, las plazas, los barrios, las iglesias, los rincones, las calles, los espectáculos, las vistas, los paseos y las estampas que uno espera que queden grabadas en su retina.
El turismo es muy cansado, pero con niños y 40 grados a la sombra, aún más. Pero eso no nos amilanó, más al contrario, cargamos las mochilas de botellas de agua, zumos y gorras y fuimos haciendo las paradas necesarias para que los enanos descansaran y tomaran un heladito o los no-tan-enanos nos hidrataramos con unas cruzcampo fresquitas...
Y, así fuimos visitando la Catedral, la plaza de San Francisco y la plaza Nueva, la calle Sierpes, el Salvador, el Barrio de Santa Cruz, el Alcázar... mostrando la maravilla que el día a día no nos deja ver, la belleza que damos por supuesto y normalmente no nos paramos a admirar... dejando que el pecho se me llenara de orgullo que mostrar lo que me parecía un auténtico tesoro al descubierto, que me pertenecía un poco.
Los Venerables, las plazas de Santa Cruz y Doña Elvira, un vinito de naranja en la bodeguita de Álvaro Peregil en Mateos Gago, bajar por Betis (con perdón), subir por Pureza, Santa Ana, la capilla de los Marineros, el Altozano... y el Puente de Triana con su amplia y generosa vista. La Maestranza, la Torre del Oro, un paseo en barco por nuestro verde y ancho Guadalquivir y deleitar el paladar en la freiduría de García de Vinuesa, bien hasta arriba de un increíble adobo y resto de frituras al uso, bien regadas con gélidas latas de Cruzcampo...
...Y, por la tarde, la magnífica y singular Plaza de españa y el Parque de María Luisa.
No va más...
Cada ciudad es única, genuína, original y auténtica a su manera. Siempre he huído del chobinismo de los que blanden con beligerancia su "mi ciudad es la mejor", sobre todo desde que estuve en París. ¡Dios! Cuando vas a París, si eres medio normal, se te quitan todas las tonterías de "como mi ciudad, ninguna" y aprendes -básicamente, porque no te queda más remedio- a admirar con humildad lo que no es tuyo. Praga me pareció una ciudad alucinante, me sedujo hasta el punto de estar subiendo al avión de vuelta pensando cuándo podría volver. Budapest me impresionó, me sorprendió y me sobrecogió, permitiéndome comprender cada uno de las épocas históricas por las que había pasado.Supongo que igual ocurrirá con otras grandes ciudades que no he visitado como Londres, Roma, Nueva York, etc.
Que nadie me entienda mal; yo adoro mi ciudad. Con sus virtudes y sus defectos, con su innegable y brutal belleza, con su caprichosa arquitectura, sus plazas soleadas y sus callejuelas en sombra, con el río grande que la riega y las tabernas que la salpican, con sus vírgenes y sus vicios, con sus cristos y sus penitencias. Es mi ciudad, por ella pululan casi todos mis recuerdos; sobre ella se ha escrito la mayor parte de mi historia y la de mi gente; es pequeña, cercana, extrovertida, luminosa, fresca, alegre, barroca, desafiante y llena de recovecos en las calles y en sus gentes.
Me gusta tanto, que jamás diría que es la mejor ni la más bonita.
Me gusta tanto, que, de vez en cuando, me encanta pasear por ella como un turista más, como si la viera por primera vez, admirándome en cada esquina, descubriéndola a cada paso, a cada mirada, a cada sorbo y a cada bocado, haciendo mil fotos, mezclándome con otros turistas para escuchar sus comentarios y llenarme de su frescura.
Por eso, y por todo lo demás, me gusta que vengan amigos a verla.
En noviembre, claro.
(Es broma, amiguetes. Venid cuando queráis; siempre es una alegría teneros cerca. Besitos gordos para JC, MJ, M y A. Y, por supuesto, para R, L, C y C. ¡Lo hemos pasado de escándalo!).
lunes, 27 de junio de 2011
La gabardina en la percha
Incluso en "El cielo sobre Berlín", aclamada película de 1987 en la que trabajó a las órdenes de Wim Wenders, se hace un guiño el respecto en la escena en la que se cruza con un grupo de jóvenes y uno se vuelve y dice a los otros: "Oye, ¿no es ese Colombo?".
Esto es lo que le ha ocurrido a Peter Falk con su alter ego el detective Frank (al parecer se llamaba así) Colombo. Su identificación con el despeinado teniente es tal que queda en un segundo plano el resto de su carrera cienmatográfica y televisiva, sus múltiples premios y sus dos nominaciones al Oscar (mejor actor de reparto por El sindicato del crimen y Un gangster para un milagro).
Aun así, existe un factor que verdaderamente hace valorar en su justa medida su trayectoria y su carrera artística. Peter Falk perdió un ojo a la edad de tres años como consecuencia de un tumor maligno. Desde entonces llevó un ojo de cristal que supuso un enorme lastre en una profesión tan relacionada con la imagen y la estética como la de actor. Aunque, evidentemente, nunca llegó a ser la clásica gran estrella del celuloide a quien le ofrecen los mejores papeles protagonistas, lejos de venirse abajo, usó sus limitaciones físicas para conseguir profundidad y verosimilitud en sus personajes, haciéndolos cercanos y, en cierta forma, tangibles.
Él brilló a su manera, como un tímido antihéroe, desgarbado, despeinado, con su pitillo en una mano y su vaso de café en la otra, dejando que el humo le entrara en los ojos para entornarlos y convertir su defecto físico en un signo de misterio y perspicacia.
Brilló, al fin y al cabo, como una pequeña estrella cercana y tenue que nos deslumbra sin cegarnos.
Ahora sólo queda una gabardina en una percha, lánguida, triste, impregnada de humo y de recuerdos; consciente de que ya nada será igual.
Pero, para no acabar con tristeza, aquí os dejo esta pincelada de humor: la letra que le dedicó a Colombo en aquella sevillana de "Los cuatro detectives" que el gran Pepe da Rosa cantó con tó el arte en los años 70's.
Al teniente Colombo.
El pobre tiene cara de "aburrio"
y llega con colilla y "encogio".
Pregunta por el dueño de la casa,
y luego que le cuenta lo que pasa,
no queda "convencio".
Se pone a reastrear que no se fia,
igual que un perro en una cacería.
Se mete por el ojo de una aguja.
Se fija en una simple tontería
y da con el granuja.
A mi que este Colombo me empepina,
me gusta, me entretiene, me domina.
Y pienso como muchos ciudadanos,
pa verlo trabajar sin gabardina
ya llegará el verano.
Venga, va. Como os veo con ganas, ahí va el vídeo... http://www.youtube.com/watch?v=b_82SG7Be6M
Besos...jueves, 16 de junio de 2011
El cisne blanquinegro de Darren Aronofsky





