Salvador Terceño Raposo
martes, 3 de junio de 2014
La primera Comunión y la segunda Comunión
Salvador Terceño Raposo
viernes, 18 de abril de 2014
La Semana Santa y el Miércoles Santo
Con frecuencia redescubrimos cosas cuando las vemos a través de los ojos de otras personas, como cuando vienen amigos de fuera y nos reencontramos con nuestra ciudad o cuando vivimos algo transmutados en los niños que una vez fuimos pero, esta vez, bajo la piel de nuestros hijos.
Este año ha sido el primero que he salido se nazareno junto a mis dos hijos. Salvita ya se estrenó hace dos pero Quique era demasiado pequeño. El año pasado la pérdida el mismo miércoles santo de nuestra querida tita Conchi hizo que nos olvidáramos de la estación de penitencia. Y este año, que Quique es ya un hombrecito de seis añazos, no había mucho que pensar.
Los preparativos siempre son curiosos y reveladores, y van, como pulgarcito, dejando pistas por el camino. La cosa es que, como es lógico, de la noche a la mañana, necesitábamos una túnica y una varita. Ahí aparecen los buenos amigos de siempre. Nuestro querido Lalo (buena persona de profesión y cirujano odontoestomatológico y cantautor flamenco en sus ratos libres) nos dejó una túnica de cuando era niño que, con dos arreglillos quedó como nueva. Mi padre, que ya no sale de nazareno los miércoles santos, me hizo el honor de dejarme su cíngulo. Salvita llevó el mío y Quique el suyo.
Llamé a mi queridísimo amigo Rogelio por si tenía una varita por ahí en alguna esquina y prometió preguntar. Poco después me dijo que había preguntado a su padre (Rogelio Sr.) y que le dijo que tenía la que él llevó de niño guardada pero que esa no se la dejaba a nadie.
-¿Para quién era? –preguntó.
-Para Salva Terceño.
-Salva Terceño es de la familia. Que la limpien, que tiene que estar hecha polvo…
Y yo me siento tan orgulloso de mi nombre y mi apellido, de mi padre, de mi familia… y pienso en la responsabilidad que he contraído para con mis hijos.
Las semanas santas se parecen mucho unas a otras. Están llenas de tradición; de rituales y repeticiones, de fotogramas retenidos, de momentos eternizados. Por ello, durante estos días es inevitable recordar y rememorar pasajes algo añejos de nuestra propia historia.
Prácticamente todos mis recuerdos desde que tengo uso de razón se sitúan viviendo en el piso de "Las dueñas", en la barreduela de San Quintín. Doña María Coronel, para que nos ubiquemos en el centro, entre las iglesias de San Marcos y los Servitas, San Román, Los Terceros, el convento de la Paz (la Mortaja), Santa Catalina, San Juan de la Palma, Montesión, Las siete palabras y las otras decenas que hay por la zona. A mi padre siempre le gustó la Semana Santa y las cofradías, dando siempre más importancia a la profundidad de la fe y el sentimiento cristiano y huyendo de los conflictos internos de las hermandades y sus vericuetos. Desde niños, jugábamos a aprender las hermandades que salían cada día, los nombres de sus imágenes, los autores de éstas y las curiosidades cuyo conocimiento bien pudiera valer la recompensa de cinco o diez duritos.
-A ver, por cinco duritos, ¿en qué paso sale un pelícano y qué representa?
- ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo!
-¿Esta os la he preguntado ya?
-Sí, pero ya no vale.
-A ver, venga.
-El pelícano sale en el paso del cristo del Amor y representa el amor en la imagen de una madre que se abre el pecho para dar alimento a sus crías. ¡Venga esos cinco duritos!
- Te los apunto.
Cada año salía a la venta un librito con toda la información de las hermandades y lo esperábamos con verdadera expectación. Luego, durante la cuaresma, algún acto de alguna hermandad, los vía crucis, los ensayos de los costaleros, el pregón del Domingo de Pasión, las procesiones del Viernes de Dolores, la casa oliendo a incienso y las marchas sonando en el viejo radiocasette International que trajeron de Canarias y luego en el mucho mejor equipo Pioneer del salón. Escuchábamos una y otra vez el disco del célebre pregón de Antonio Rodríguez Buzón y leíamos "Cómo llora Sevilla" del padre Cué y nos reíamos con las teatrales declamaciones de Martha11.
Ay, aquella ventanita
de la calle de la Feria,
donde se asoma la niña
de cutis azul y ojeras,
la niña que mira triste
y está enferma!
Siempre, cuando pasa el palio
verde de la Macarena
se para ante la ventana,
y como es la calle estrecha
saca su brazo de luna
y acerca el palio, y lo besa...
Y en el terciopelo verde
sus labios de rosa seca
dejan temblando un suspiro
junto a los flecos de seda:
-"¡Tú que pasas, Esperanza,
sáname, que estoy enferma!"
Siempre salíamos el domingo de Ramos por la mañana a ver los pasos en los templos y a coleccionar alfileritos y pegatinas de las diferentes hermandades en nuestra solapa. Solíamos quedar con algunos tíos y primos y tapeábamos por ahí, cosa que nos encantaba. Luego, a ver procesiones guiados por la hoja recortada del ABC con el itinerario oficial, buscando el lado bueno, la esquina en que siempre le tocan marchas, la estampa inolvidable. Cuando empezamos a ser medio personas, mi padre nos llevaba algunas noches a rincones más íntimos y, entre susurros, seguíamos aprendiendo cosas de la Semana Santa y de la vida.
Con seis años hice mi primera estación de penitencia, todo el recorrido, como debe ser. A partir de ahí, cada Miércoles Santo acompañaba a mi padre, primero con una varita y luego con un cirio. Años después se nos unió nacho, reiniciando el proceso.
Cuando fuimos mozos, se instauró una doble tradición: la del día de ir a sacar las papeletas de sitio, noche que nos tomamos una cervecilla acompañada de "la mejor tortilla" o una suculenta "pringá" en la legendaria Bodeguita San José del Arenal (frente a la capilla del Baratillo) propiedad desde hace años de una familia de montañeses, la familia de Nicolás Bueno. La otra tradición es la de oír la misa de los hermanos del Cristo a las ocho de la mañana del Miércoles Santo y luego visitar las iglesias de todas las hermandades del día. Tras la misa, los saludos de rigor y asomarnos a los tablones a ver el tramo en que estábamos ubicados, traslado al barrio de San bernardo y luego a la Sed. Desayuno doble (dos cafés y dos tostadas para cada uno) y zumbando para el centro a visitar las iglesias del Cristo de Burgos, las Siete Palabras, La Lanzada, Los Panaderos y El Buen Fin. Compra de los últimos caramelos y a descansar a casita donde mi madre siempre había preparado alguna comida de fácil digestión para evitar un exceso de sed o pesadez durante la tarde. Tras el oportuno descanso, nos vestíamos las túnicas y rezábamos juntos. Una vez realizada la foto de rigor, las tres siluetas azules nos lanzábamos a la calle en dirección a la calle Adriano, sorteando gentes, señales de tráfico y a los nazarenos de San Bernardo que ya andaban por la calle Imagen o la Alfalfa.
A la vuelta, con los pies reventaditos y el cartón marcado en la frente, nos esperaba un suculento banquete de gazpacho, ensaladilla, filetes empanados y torrijas, con mi madre sentada en la cocina con todo dispuesto.
Y los años fueron pasando y os fuimos haciendo mayores, nosotros y mis padres. Y con ello la distancia porque es ley de vida, y llegan los amigos, las pandillas, las novias. Y ya no veíamos los pasos con mi padre, que se solía quedar en casa, cansado de la semana. Y era yo el que explicaba cosas a mis amigos, cosas que había aprendido de él. Y luego vinieron las bodas y los hijos. El cambio de residencia a un barrio periférico. Las Semanas Santas casi sin pisar el casco antiguo, salvo quizá para la salida del Miércoles Santo…
Ahora los niños han crecido y, a veces, incluso parece que me escuchan. No han crecido en la calle Doña María Coronel, rodeados de iglesias, pero comienzan a sentirse atraídos por las cofradías. Ahora yo soy el padre y les explico el porqué de las cosas, trato de explicarles la fe, su sentido y su misterio. Trato de descubrirles los misterios de la complicada y contradictoria vivencia sevillana de la Semana Santa, del sentimiento cofrade, de la importancia de la fe por encima de la adoración a las imágenes…
Jugamos también a "las preguntitas" y aprovecho cada segundo para hacerles llegar la importancia de la bondad, del amor, del trabajo, de la educación, del respeto y de todo aquello que pueda ayudar a convertirles en unas buenas personas.
Así que, finalmente, este ha sido el primer miércoles santo en el que la tercera generación de Terceños, ha realizado unida la estación de penitencia. Tras una mañana de nervios, de preparar bolsitas de estampitas y medallitas, de repartir caramelos, de vestir la túnica y ponerse y quitarse el capirote doce o catorce veces, llegó la hora. El abuelo Salva almorzó con nosotros y nos ayudó a vestirnos, rezamos juntos y luego nos llevó a la capilla. Mientras caminábamos desde el Paseo de Colón hacia la entrada a la plaza de toros (donde se forman los tramos) volvían a caminar las tres siluetas azules, una más alta y dos más pequeñas, esquivando personas y señales de tráfico… En el escaparate de una tienda de sanitarios pude observar nuestro reflejo y pude ver el reflejo de mi historia, de la historia de mi familia. Se repetía como por arte de magia, como se repiten los rituales y las tradiciones. Y aquel reflejo me interrogó fugazmente sin terminar de hacer ninguna pregunta porque yo ya me estaba yendo.
-¿Quién es ese hombre, papá?
-Es el diputado del tramo.
-¿El que manda?
-Más o menos. Es el encargado de organizarlo.
-¿Por qué lleva un palo?
-Porque es el que manda y con él da golpes en el suelo.
-¿Queda mucho para salir, papá?
-Media hora o así.
-¿Cuánto hace que hemos llegado, una hora?
-No, cinco minutos. ¿Alguien quiere ir al baño, ahora que hay poca gente?
-No, papá. Luego, antes de salir.
-¿Por qué esos nazarenos no llevan el capirote, papá?
-Porque son los penitentes que llevan las cruces y no lo llevan.
-Ah. Y, papá, ¿qué es esa cola?
-Supongo que para ir al baño.
-Papá, quiero ir al baño.
-¿Y tú quieres ir?
- No, yo quiero agua.
-Ve bebiendo poco a poco que si no, luego te va a entrar ganas cuando estemos en la calle.
-Papá, ¿me pongo ya el capirote?
-No, hijo, todavía queda tiempo.
-Yo me lo quiero poner.
-Pues póntelo, pero luego no me digas que tienes calor.
-¿Quedan ya cinco minutos o diez?
Y, al final, salimos, juntitos, en el octavo tramo del cristo. Y yo sólo podía estar pendiente de ellos, de que no se atascaran dando caramelos, de que no dieran el paquete de estampitas en el primer minuto, de que no se chocaran con el nazareno que iba delante, de darles agua, de reponerles caramelos, de señalarles dónde había una amigo, de avisarles de que pronto veríamos a mamá, de que se dieran un segundo la vuelta para poder ver el paso, de que dieran un caramelito a una anciana en una silla de ruedas, de que no comieran demasiados caramelos para que no les diera sed, de que se levantaran el antifaz sólo un ratito, que miraran os techos de la Catedral y escucharan lo que sonaba por los altavoces, que aprovecharan para rezar un poquito… que síii, que cuando salgamos de la Catedral os podéis ir con mamá…
Luego, tras irse con la madre, me pasó algo extraño. Fuera de suponerme un alivio o un desahogo, se apoderó de mí una extraña sensación de vacío. Me faltaban ellos. Mi estación de penitencia ha adquirido una nueva dimensión, la de dedicarla a ellos y sin ellos, parecía perder parte de su sentido. Hoy se me han saltado las lágrimas cuando Elo me ha dicho que poco después de salirse, Quique se dio cuenta de que me habían dejado solo y se emocionó y se le enrojecieron los ojos. Recordándolo en la comida se le han saltado las lágrimas mientras se reía nerviosamente. A mí se me ha hecho un nudo en la garganta y se me han saltado también. No creo que haga falta explicarlo.
Finalmente, me dediqué las dos horas que restaban de vuelta hacia la calle Adriano a decir a la gentes y niños que esperaban que no me quedaban caramelos, estampitas ni medallitas y que no les podía dar cera. Entre vez y vez traté de rezar algo y a ratos me dedicaba a algo que siempre me ha gustado, que es observar a la gente.
Las pandillas de niños y niñas en plena edad del pavo que tontean y flirtean, algunos ya pasean con novia y se les nota aunque traten de disimularlo. Los grupitos de chicas adolescentes que en primavera florecen y rompen en hermosas mujeres. Los grupitos de chicos adolescentes adornados con el peinado de moda entre los futbolistas que portando auriculares, siguen los goles de la final de la Copa del Rey. Veo en los matrimonios rondando la cincuentena con hijos preadolescentes que aún no salen solos, el reflejo de mi próxima etapa. ¿Así seré yo? Me pregunto. Algunas parejas se cogen de la mano y se hacen muestras de cariño. Otras esperan con los hijos en medio. Las novias de algunos nazarenos caminan a su lado, llevan el móvil en la mano y teclean no sé qué cosa que parece no poder esperar. Una señora mayor pregunta qué tramo es, sin quedar claro si desea que llegue el paso o que todo aquello acabe pronto. En el hueco de un bar, unos novios retozan sentados, el detrás de ella. Él es muy poca cosa y ella una mujerona que cierra los ojos mientras el chico se esmera en hacerle caricias por el rostro con sus manitas delicadas. A ratos deja las caricias y le da besitos en la sien y la mejilla. Luego sigue con las caricias. Tras un rato, le ofrece su mano derecha para que ella la coja con la suya izquierda y él apoya las dos sobre el generoso seno de la chica, quedando con los ojos cerrados los dos inmóviles.
Hay un conato de pelea entre un joven alto y musculoso y un hombre bajito y delgado con aspecto de no querer envejecer que tiene en brazos un niño con toda su cara. Parecen dos gotas de agua. El canijo es un poco cani y parece haberle soltado una fresca al forzudo que le echa una mirada y hace ademán de girarse con el puño apretado.
-¡Cuando quieras! -Le grita el hombre cani con el niño en brazos-. ¡Tú y yo! ¡Tú y yo!
El adonis va con una señora que parece su madre por la edad y por cómo lo empuja hacia adelante para alejarlo de la trifulca cogido del brazo.
El niño en brazos (que tendrá unos tres o cuatro años) mira a su padre y no consigo descifrar qué puede pasar por su mente. Algo debe estar aprendiendo y grabando en su "disco duro".
Delante mía va un nazareno que parece conocer a media Sevilla. Durante toda la procesión, ha ido saludando tanto a personas situadas en nuestro lado como en el lado contrario, sin preocuparle abandonar su puesto y atravesarse. Es un tipo súper entrañable. En varias ocasiones me ha hecho comentarios sobre los niños, muy amigable y cordial, incluso cariñoso. Me entran ganas de hacerme amigo suyo.
-Soy el cuñado de Alfonso –le dice a alguien dándole catorce caramelos.
-Soy Javi, el primo de Lola –le grita a una mujer al otro lado, acercándose a saludarla.
-Soy el vecino de Manuela, tu prima –y le pega un abrazo a un señor con bigote.
Se abraza con los diputados en varias ocasiones y comentan asuntos varios repetidas veces. Se vuelve y me pregunta qué tal acabaron los niños. Estoy a punto de pedirle el teléfono.
-Soy Javi, tita –dice tirando un puñado de caramelos como si fuera un rey mago.
-Perdona, puedes tirarme la lata de cocacola –le pide a una chica cruzándose a la acera de enfrente. Luego vuelve a su sitio. Luego vuelve a la acera de enfrente y le da una medallita a la chica-. Oye, que gracias, eh.
Saluda con la mano a un grupo en segunda fila. Les lanza unas estampitas.
Cuando ya estamos a punto de entrar, se abraza a uno de los vigilantes a la entrada de la capilla.
-Otro año más –le dice-. Soy Javier.
Y le da unas cariñosas palmaditas en la cara al otro. Este tipo es mi ídolo.
Entro por fin en el templo sintiéndome aún vacío, incompleto. Salgo a la calle por la puerta de atrás a respirar aire fresco. Saco el teléfono. Elo me ha mandado una foto de los niños muertos de risa al llegar a casa. Se les ve cansados, pero inmensamente felices. Se me llena el alma de vida, de emoción. Tecleo en el Whatsapp "Te quiero" y varios de esos iconos que tiran un besito en forma de corazón y salgo hacia el paseo de Colón donde he quedado con el santo de mi padre que viene a recogerme.
Una vez en casa, todo está en calma. Los niños ya duermen. Elo medio se despierta y me pregunta balbuceando ¿qué tal? Me quito la túnica y la cuelgo.
En el cuarto de baño me miro en el espejo. Tengo "mu" mala cara y "mu" malos pelos. Meto los pies en agua caliente mientras me como una torrija y el placer se multiplica. Me acuerdo de mi madre, de Nacho, de mi padre, de mi tía Conchi. Pienso en Elo que duerme en la habitación de al lado y ya es una de esas sacrificadas madres de la semana santa. Sacrificio doble porque, además, ha dejado de ir a ver salir como cada año hacía con sus padres, su hermandad de San Bernardo. Me acuerdo de mi suegra y de mi suegro. Me acuerdo de las caras de felicidad de los niños y, finalmente, me acuesto.
Cansado pero feliz.
Salvador Terceño Raposo
lunes, 13 de enero de 2014
¡Tempus fugit! ¡Carpe diem!
miércoles, 28 de septiembre de 2011
Los modélicos padres del siglo XXI
Me explico.
Estamos en la era de la información y la comunicación. A diario, recibimos continuas andanadas de consejos, recomendaciones, advertencias, pautas e incluso alarmas sobre los más variopintos temas. Con frecuencia llegan desde alguno de las decenas de canales de televisión y, cada vez con más frecuencia, a través de internet (la red o el email).
Habitualmente, asimilamos una información bien presentada como una información veraz y rara vez contrastamos la fiabilidad de la fuente o de su contenido. Es algo así como aquel "lo ha dicho la radio" que otorgaba absoluta credibilidad a una información por el mero hecho de tener su origen en dicho medio.
¿Que a qué viene todo esto? Pues de una conversación que he tenido esta semana con una querida amiga a cerca de los hijos y cómo educarlos correctamente. Mi amiga Olga (un beso, guapura) es una auténtica madraza. Se dedica en cuerpo y alma a su hijo con total convicción, abnegación, dedicación, cariño e interés. Siempre anda preocupada de darle lo mejor. El otro día, en el parque, comentábamos lo difícil que resulta ser padres, más aún con lo fino que debemos hilar hoy día... por lo mucho que se nos exige y todo lo que se nos "prohibe".
Hablando de un caso conocido de un niño de 6-7 años que los padres son incapaces de dominar, surgió la inevitable e impopular frase: "Porque no le han dado dos buenas tortas a tiempo". La dije yo; lo confieso y lo mantengo a pesar de lo impopular y trasnochado de la sentencia. Olga añadió: "Pues, a mí, mi padre me avisaba una vez y, a la siguiente, me arreaba un bofetón", o algo así. Claro, el bofetón no llegaba casi nunca porque uno no daba lugar a ello, con la advertencia era más que suficiente... Y aprendíamos.
Me recordó a aquella conversación de los dos guardias civiles en la genial película "Amanece que no es poco" (José Luís Cuerda, 1988):
---Lo de dar guantazos es un esquema muy sintético que conviene utilizar poco, y utilizarlo bien, casi en plan poético diría. ¡Zas! ¡Zas!. Como algo prodigioso. ¿Tu me entiendes?
---Sí hombre, claro, ¿no te voy a entender?
En fin, película para quien quiera echar un magnífico rato de humor surrealista-rural-intelectual y enriquecerse con un poco de ese otro cine que ofrece algo diferente.
Que nadie me entienda mal, eh, que no voy a hacer apología de la violencia...
Total, que comenzamos a hablar sobre los bombardeos que recibimos por todas partes sobre lo que, hoy día, debemos y no debemos hacer si queremos ser unos PADRES MODÉLICOS: no dar un azote, no levantar la voz, no darles fritos ni chocolate, no darles chuches, que hagan varios deportes e idiomas, que toquen un instrumento, no darles antibióticos, jugar varias horas con ellos, sociabilizarlos, que no vean mucha tele, el padre tiene que ser autoritario y tierno, la madre tiene que ser maternal y severa, debemos estar muy informados y preparados, debemos ser comprensivos y empatizar, fomentarles la creatividad y la psicomotricidad, participar en las actividades del colegio, promover su autosuficiencia y su autoestima, hacer cientos de deberes con ellos, establecer canales de comunicación, yo que sé...
Tanto, que es imposible no sentirnos frustrados. Pero, ¿cuántas de estas cosas debemos hacer realmente?
Al final, todos coincidimos en que bendita fue la mano dura que tuvieron nuestros padres, aunque ésta, alguna que otra vez, cayera con todo su peso sobre nuestras mejillas o posaderas. Sin duda, ello contribuyó a establecer una jerarquía en la que nosotros fuimos los últimos monos y no los reyes del mambo, como son ahora muchos hijos malcriados que se suben a las barbas de sus padres y se atreven a tratarles, no sólo de igual a igual, sino con la superioridad de quien se sabe con el poder.
Siempre agradeceré los sabios consejos de mi madre que me decía cuando "comencé a ser padre": tu hijo no te puede hablar o tratar de igual a igual, debe saber que no es igual que tú; que él es el hijo y está por debajo tuya; que tú eres el padre y eres quien manda...
Siempre agradeceré el ejemplo de autoridad y disciplina de mi padre. Su distanciamiento en el sacrificio de mi amistad en aras de una sana y educativa relación padre-hijo.
Siempre agradeceré a mis padres cada uno de los "cates" que me dieron en el culo y de las veces que supieron renunciar a la sonrisa y a mi cariño inmediato a cambio de reñirme, castigarme y ponerme en mi sitio, pues no hay nada como saber cuál es el sitio de uno en cada momento para que todo vaya bien.
Educar es muy difícil, pero más difícil es cuando uno no hace lo que tiene que hacer y los hijos toman el mando. Ésto acaba haciendo sufrir a todo el mundo, a los padres en primera instancia y a los hijos a medio-largo plazo.
Huyamos de ser "Padres-colega" o "Hiperpadres" y seamos, simplemente, padres.
Educar es frustrar.
Educar es decir no.
Educar es castigar.
Educar es dar un azote, si fuera necesario.
Educar es que tu hijo no te comprenda; que llore y que te deteste.
Educar es marcar límites y delimitar jerarquías; poner las cosas y a las personas en su sitio.
Educar es enseñar, dirigir, explicar, insistir, hablar, adiestrar, corregir...
Educar es obligar y prohibir.
Educar es dar ejemplo.
Educar es estar dispuesto a renunciar.
Amo a mis hijos. Los adoro. Disfruto con ellos y con su cariño y su risa. Deseo que sean felices y que se conviertan en personas educadas, inteligentes, responsables, justas y formales. Y, estoy convencido, de que éste es el único camino posible: que yo sea su padre y no su colega. Que sea un referente que les establece límites y normas y sepa decirles "no" por convicción. Que conozca sus necesidades reales y las satisfaga. Que sea capaz de privarles del pernicioso exceso de todo y de transmitirle mi amor incondicional, cualesquiera que sean sus logros, para que se sientan aceptados.
En fin, el impopular y duro camino de la frustración.
PD: besos para papá y mamá, para mis hijos, para mi mujer, para Olga y todos los que tenéis hijos y andáis envueltos en este trajín.
miércoles, 3 de agosto de 2011
Las vacaciones
El verano y las vacaciones son, para mí, tiempo de vivir despacio y recuperar recuerdos bastante remotos.
Probablemente ese vivir despacio es lo que verdaderamente otorga sentido a las vacaciones en clara contraposición al cotidiano ajetreo de prisas, carreras, horarios y bocinazos en los semáforos. Esa rutina de despertador-ducha-café-coche-trabajo-niños-colacaos-mochilas-colegio-tráfico... milagrosamente sustituida por esa otra de dormir-enredarse-en-las-sábanas-café-en-la-terraza-periódico-bañador-protector-solar-flotar-en-el-mar-chiringuito-gazpacho-sardinas-asadas-siesta-piscina-tinto-de-verano-paseo-atardecer-helado-conversación-cartas...
Estos días puedo dedicar gran parte de mi tiempo simplemente a observar lo que me rodea y poner a prueba mis sentidos y su memoria. Puedo dedicar horas a leer, cosa que habitualmente hago muy a salto de mata. Siempre ando con mi libro cerca y a ratos le voy dando achuchones hasta que, cuando me doy cuenta, ya le quedan menos de cincuenta páginas.
Puedo dedicar todo el tiempo que me dé la gana a observar a mis hijos. En la playa, observo perplejo el cuerpo de mi hijo mayor. Su torso cada vez más desarrollado acompaña sin esfuerzo y con agilidad al resto del cuerpo en sus piruetas sobre la arena. Bronceado, con el brillo de las gotas del agua del mar sobre su piel, parece no percibir cómo crecen sus músculos y se desborda de vida. Incapaz de controlar su energía, es incapaz de caminar y se desplaza haciendo volteretas laterales sucesivas de un lado a otro. Su cuerpo no habla; grita. Él no sabe que yo sé que me observa cuando juego con el pequeño y contabiliza las veces que le hago volar, que le abrazo o que le mordisqueo la barriga. Siempre tengo una o dos más para él, para que le salgan las cuentas del pequeño príncipe destronado y todo esté en su sitio.
Observo al pequeño y alucino con su progresión. Ha crecido delante de nuestras narices casi sin darnos cuenta. Es un bichito delgado y fibroso que, sin las cualidades atléticas de su hermano, dedica cada uno de sus movimientos a imitarlo hasta la risa. El otro día les pregunté si querían hacer no-sé-qué y él, antes de contestar, miraba al mayor buscando respuesta. El mayor dijo que no y él, inmediatamente, negó con la cabeza. Ofrecí la misma propuesta de forma algo más atractiva y el mayor cambió de opinión ante la atenta mirada de su hermano que, sin demora, asintió también con su menuda cabeza. Algún torpe comentario debí añadir que hizo que el mayor volviera a cambiar de opinión, ofreciendo una nueva y rotunda negativa que se vio seguida por la esperada negativa de su fiel clon, que a ratos se convierte en una especie de minúsculo y adorable “clown”.
Observo largamente a mi mujer. Suelo observarla mucho pero, estos días, tengo la suerte de poder hacerlo más y mejor. Su pelo está algo más claro y alborotado de lo normal ‒el viento de poniente, es lo que tiene‒ y sus ojos, raro es el día que no se muestran más verdes que pardos entre los párpados entornados por la fuerza de sol. Su piel habitualmente blanca ya ha tenido tiempo de broncearse y curtirse, llenándose de vida y hermosa jovialidad. Este año pienso ponerme “negra”, repite sabiendo que eso es imposible. En el fondo, se conforma con broncearse y sentirse más guapa. A ratos, vagueo más de lo aceptable y su rostro se endurece ligeramente en una mueca de callada desaprobación, pero pronto las aguas vuelven a su manso cauce.
Observo a las gentes y sus costumbres.
Observo al discreto cuidador de origen hispanoamericano que pasea a un anciano por la piscina. Observo la confianza que muestra el anciano hacia su cuidador en el relajado rostro.
Observo a los jóvenes socorristas que concentran firmemente su mirada en los grupos de turgentes jovencitas apiñadas en el césped sobre sus toallas.
Observo a las madres que no dejan de ser madres en la playa y limpian mocos, arropan con toallas, preparan meriendas, limpian culos, untan cremas y reagrupan chanclas y rastrillos.
Observo a los negros vendedores de baratijas que pululan por la playa cubiertos de ropa, mostrando vistosos vestidos, divertidas pulseras y relojes de imitación, regalando sonrisas entre su verborrea de palabros en un castellano básico a medio camino entre el “Yo Tarzán, tú Jane” de Johnny Weissmüller y un gutural Swagili.
Observo los cuerpos de los bañistas y me topo con la cruda realidad de obesidad que nos rodea. Obesos que, en muchos casos, beben cerveza, comen patatas fritas y bollería y retozan de sol a sol sobre su toalla, ajenos por completo a los beneficios que les podría reportar un buen paseo.
Observo a las chabacanas pandillas de niñatos aspirantes a “ninis” que se despatarran o se amanceban, mientras ensucian y molestan. Con sus musculados, perforados y tatuados cuerpos en continua exhibición, su música bakalaera a todo volumen y su culto a la estupidez, gritan, corretean, se lanzan al agua, hacen peleítas levantando arena, juegan al fútbol repartiendo balonazos y se encaran con los ancianos que se atreven a recriminarles su comportamiento.
Observo a una abuela que deja el croché para acunar a un bebé y tararearle una melodiosa nana.
Observo a un abuelo que juega a la petanca con dos niños que deben ser sus nietos. Por su rostro intuyo que ni se acordaba de la última vez que ganó a algo.
Observo a una madre de mediana edad que quita la arena bajo la ducha a la salida de la playa a un hijo con algún tipo de grave parálisis motora. Mientras lo sujeta bajo sus axilas con el abrazo de uno de sus fuertes brazos, con el otro recorre cada rincón de su cuerpo para frotarlo con agua limpia. Él sonríe y se estremece en una mueca porque parece estar algo fría.
Observo a la empleada del supermercado que, hastiada de tanto veraneante, no encuentra motivo para dar una vez tras otra los buenos días y pasa mecánica y cansinamente los productos por el lector óptico a la espera de un “beep”. Siete con cinco. ¿Quieres las cinco? Lo que usted quiera. No, lo que quieras tú, le respondo. Se encoge de hombros y acepta con desgana la pequeña moneda cobriza.
Observo a los niños mayores que, con un móvil en una mano y la Nintendo DS en la otra, se agrupan en pandillas tras la hora de la cena. Llevan sombra en el mostacho y van guapos, arreglados y peinados y alguno, incluso acabará el verano con novia.
Observo a un tipo cuarentón que, escondido tras su ordenador portátil, no puede evitar andar observándolo todo y teclea, teclea, teclea...




