Collage íntimo

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Trocitos...

martes, 10 de diciembre de 2013

Las Navidades de mi infancia

Las navidades de mi infancia se componen de retazos, de frágiles recuerdos conservados como quien conserva una preciada reliquia. Mis recuerdos, son como esos viejos y delicados paños de otros tiempos que se guardan con mimo; débiles, evocadores, incompletos… pero se grabaron con tal fuerza en aquel pequeño corazón mío que, ni aunque lo deseara con todas mis fuerzas, podría deshacerme de ellos.
En ellos, en mis recuerdos, aparecen muchas personas que ya no están, y un fino tul violeta los cubre sin remedio. Y mientras sonrío al rememorarlos noto cómo por dentro algo se rompe en un sordo e intemporal desgarro. Pero son pequeños recuerdos inmensamente felices, como sólo pueden serlo los de los niños de aquella época en que se disfrutaba sin necesidad casi de nada. Recuerdos felices, familiares y sencillos, carentes de opulencias o extravagancias.
No puedo pensar en las navidades sin acordarme de mi abuela Matilde y de las nochebuenas en su casa. Todos los tíos y primos de mi familia materna reunidos bajo el ala de la gran matriarca. Con dificultad, recuerdo algo de cuando aún vivía mi abuelo Fernando; inicialmente muy incapacitado, finalmente encamado. Pero son recuerdos muy vagos y algo lúgubres poco relacionados con la navidad, más bien con la ternura y el reparo que nos producía aquel abuelo que siempre estaba malito.
Mi abuela Matilde hacía cada Nochebuena una sopa tradicional navideña. Una sopa de picadillo que siempre hemos llamado "Sopa Pombe" e ingeríamos con deleite. Era un caldo de puchero con hierbabuena y taquitos de jamón, patatas fritas y huevo duro, picatostes y albondiguitas. Cada cálida cucharada te transportaba a la Nochebuena anterior y hacía que se te cayeran un poco los mocos de ese catarro invernal que nunca se iba. Cada Nochebuena y por aclamación popular, la abuela Matilde cocinaba también sus famosas croquetas de sabor y textura inigualables. Eran devoradas con fruición y, tan deseadas que, a veces, si tardabas en llegar corrías el riesgo de quedarte sin ellas. Ahí no existía el orden, ni la ley, ni la familia. Fuente sacada, fuente devorada.
Otro de los sabores que tengo grabados en la memoria gastronómica de aquellos años es el de la Tortera de mi abuela. Una especie de gran mantecado con canela, clavo y adornada con filigranas de azúcar molida y canela en polvo al que fui adicto durante muchos años. Me encantaba ver la habilidad con la que, en medio minuto, recortaba el círculo de papel plegado, haciendo una sencilla plantilla para decorarla.
Cuando se acercaba la media noche, el niño Jesús nos dejaba juguetes en la salita a la que íbamos todos corriendo y chocándonos aparatosamente por el pasillo. Cuando los niños nos convertimos en medio-personas, mi abuela se había convertido en medio-anciana y los juguetes fueron sustituidos por el tradicional reparto de billetes de mil pesetas que recibíamos con disimulado entusiasmo.
Algunos villancicos se cantaban, claro. Acompañados por aquellas viejas panderetas de plástico decoradas con dibujos de niños con burritos y medio huérfanas de sonajas, el rin rin de una botella de anís frotada con un cubierto y algún cacharro de bronce de los que tenía mi abuela decorando el salón. No cantábamos muy bien, pero cantábamos, que al fin y al cabo era lo importante.
Luego, al salir para casa, con nuestros pasamontañas, bufandas y trenkas bien apretadas, siempre escuchábamos aquella frase inolvidable de "las boquitas, cerradas" y corriendo hacia el SEAT 131 que nos esperaba a la vuelta de la esquina. Al subir los cinco al coche (o seis, si ya estaba Nacho) los cristales se empañaban inmediatamente y mientras escuchábamos el tintineo de la alianza de mi padre en el parabrisas al pasar la mano para desempañarlo, comenzábamos a hacer dibujitos con nuestros finos dedos en los cristales. Mi madre sus caritas de niñas, tan sutiles y perfectas. Nosotros, pues cada uno a su estilo. A mí me gustaba jugar a imitar las muñequitas de mi madre hasta conseguir la imitación perfecta y luego, claro, ¿cómo no?, mis monigotes de siempre. Había que repartir el cristal porque todos queríamos pintar y la superficie era limitada, por lo que con frecuencia terminábamos con algún enfurruñamiento que volaba pronto porque estábamos en Navidad y los Reyes magos andaban siempre mirando… ¡Niños, portaros bien, he visto por allí el brillo de una corona! Y volvía el orden al interior del viejo SEAT 131.
Durante las vacaciones, mucho juego en el patio. Los petardos y las bromas nunca faltaban. A falta de medios, siempre andábamos inventando cosas. Como aquella vez que Marta y yo nos dedicamos a echar en los buzones de los vecinos mensajes tontos escritos con la vieja máquina de escribir que no tenía eñe. Los monigotes pegados en la espalda y las bromas que año tras año comprábamos en Pichardo, en aquel travieso ritual de la mañana del día de los inocentes: los "quema-culos", los molestos "pica-picas", los chicles amargos, los azucarillos con mosca, las heridas "de pega", la tinta invisible, las bombitas de peste, las cacas de plástico… Todo un catálogo de "pequeñas e inocente maldades" que animaban un poco el ambiente y siempre nos regalaban unas buenas carcajadas.
El día de nochevieja siempre lo pasábamos con mi familia paterna. Las familias de mi tío Joaquín y de mi tía Conchi, con la siempre amable presencia de mi abuelo Pedro luciendo su frondoso pelo blanco y, tras sus gafas de pasta, aquella mirada algo triste que no podía evitar interrogar al mundo. No faltaba cada año el ritual del brindis tradicional de la familia: "¡Ausentes y presentes, de aquí en un año…!". Siempre preparábamos un juego que solía ser el celebérrimo (y casi único por aquella época) "Un, dos, tres… Responda otra vez" que nos embelesaba cada noche de los viernes. Nos repartíamos los personajes y nos disfrazábamos: uno hacía de presentador (Kiko Ledgard, por aquella época) y los demás hacíamos las actuaciones. Preparábamos pruebas para las tres habituales fases del concurso, "las preguntas", "la eliminatoria" y "la subasta". Hacíamos "playbacks" y contábamos chistes y quiero pensar que los padres se lo pasaban pipa con nuestras gracias y monerías…
Luego, las uvas con la mágica y accidentada cuenta atrás. Los incontables abrazos, besos, "tequieros" y deseos para el año que recién comenzaba. El primer anuncio del año y los especiales de Nochevieja con los números musicales enlatados de los grupos del momento, risas con los Gila, Tip y Coll, Eugenio, etc… y luego, los indispensables Martes y Trece. Cada año, grabábamos su especial y lo poníamos durante meses hasta aprendernos los gags de memoria, lo cual nos servía para conseguir unas buenas risas durante todo el año.
Hacia las tres o cuatro de la mañana, sólo para adultos (¡niños, al cuarto!), el tradicional espectáculo con chicas ligeritas de ropa. El año que Sabrina nos enseñó la teta creo que nadie lo vio porque todos andábamos revolucionados hablando de "la teta de Sabrina".
Finalmente, la esperadísima fiesta de los Reyes. Los nervios más atenazadores se apoderaban de nosotros, llenándonos de intranquilidad, tics, movimientos incontrolados, ansiedad e insomnio… sólo por una noche. Finalmente caíamos rendidos y, tras escasas horas de sueño profundo, despertábamos con aquellas preguntas en la mente: ¿Habrán venido ya? ¿O todavía no? ¿Estarán ahí ahora? ¿Qué hago si me los encuentro? ¿Qué hora será? ¿Me levanto ya? ¿Qué ha sido se ruido? Y, al final, tras minutos de tensa espera y atenta escucha, me deslizaba lleno de arrojo hasta el contiguo dormitorio de mis hermanas. La casa estaba en calma. Ya con el apoyo de los refuerzos el camino por el largo pasillo se hacía más asequible y ridículamente apiñados conseguíamos alcanzar el salón con cierta rapidez. Al poco tiempo, nuestros ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y distinguíamos con facilidad los bultos distribuidos por los sofás y la mesita baja. Suspiros de alivio. Nos acercábamos a tientas y toqueteábamos un poco con la intención de intuir la naturaleza de algunos objetos. Y algo intuíamos, claro. Luego, a la cama de nuevo con esa paz en el alma que sólo dan los sueños cumplidos. Tras dormir unas horas, de nuevo nos buscábamos los unos a los otros y corriendo al salón en esa segunda expedición a plena luz del día, exultante, sin precauciones ni miedos, con la única incógnita de que encontraríamos bajo los envoltorios. Aquel coche deportivo teledirigido de color blanco (¡sin cables!) que me esperaba detrás de una cortina es quizás de los regalos que más recuerdo de mi infancia. Probablemente lo destrocé en cosa de unos días, porque la magia es magia y los milagros son otra cosa…
El día de Reyes, todos los niños bajábamos al patio a presumir de nuestros nuevos juguetes y a conocer los de los demás y pasábamos todo el día jugando hasta que nos arreglábamos para ir de visita obligada a las casa de abuelos y tíos a recoger el resto del botín. Y prontito a casa, que al día siguiente había cole…
Tras muchos años, hoy sé que parte de la persona que soy y parte de la felicidad que hoy siento proviene del recuerdo dejado en mi alma por aquellas hermosas sensaciones y vivencias infantiles. Aquella sencillez, aquella cercanía, aquella bendita precariedad que nos proporcionaba suficiente de todo y mucho de nada…
Quizá sólo mucho de cariño y cercanía, de sencillez, de amor por las tradiciones y por la familia. 

18 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Qué bonito! Recuerdo un fin de año en el que todos nos atragantamos cuando, mientras Carmen Sevilla presentaba las campanadas y dedicaba cada una a una necesidad (por el hambre... por la pobreza...), tú dijiste: "por las ovejitas..."... ¡He llorado de risa al recordarlo!

Un abrazo,

Bea (prima)

Carlos Vega Atias dijo...

Es un brillante y completo relato de una infancia feliz en el seno de la familia reunida por las fiestas decembrinas.En todas las edades debemos de disfrutar de "ese niño que tenemos por dentro" y mantener las tradiciones placenteras. Un abrazo fuerte para todos ustedes.Feliz Navidad y mejor año 2014.

Carlos y familia.

Anónimo dijo...

Gracias Salva por tus historias verídicas y sentidas. Te encanta tocar la fibra, yo tengo más recuerdos tuyos como aquel glorioso :el terosooo" el tesoro de los piratas en una cajita con las monedas pegadas diminutas y que a tí te hizo tanta ilusión. Un abrazo tesorete,Mon

María R. dijo...

Qué suerte haber pasado pa' dentro esta noche! Gracias por el relato tan precioso y sobre todo por hacerme recordar mi propia infancia y a mis abuelos....y ultima cosa por decir: qué suerte tienen Elo, Salva y Quique por tenerte en sus vidas ¡qué privilegiados!Aunque esta noche yo también me siento afortunada... Un besote gigante (el abrazo me lo guardo para cuando te vea!)

Maria R. dijo...

Qué suerte haber pasado pa' dentro esta noche! Gracias por este relato tan entrañable y que me ha hecho recordar a mi propia infancia y a mis abuelos... y última cosa: ¡que privilegio tienen Elo, Salva y Quique por tenerte en sus vidas! Aunque yo, está noche, también me siento igual! Un besote gigante...el abrazo me lo guardo para cuando te vea.

Pilar Terceño dijo...

Y aquí estoy de guardia riéndome sola... con esta divertida y entrañable entrada recordando las navidades pasadas. mucho tendrían que comentar aquí mon y strod (jeje, mira, con pseudónimos) sobre tus navidades, pero mucho más sobre tus nochesviejas y noches de reyes... o es que no vas a decir más "¿qué? ¿jugamos a algo?" o no vas a oir más "Salva, haz el..." lo que sea, porque las imitaciones son antológicas.
Ya nos hemos hecho más mayores y ya no representamos el un, dos, tres, pero jugamos al trivial, al tabú y al diccionario, y nos revolcamos de la risa. A veces es difícil que estemos todos, cuando no está uno de guardia lo está el otro. Eso ha obligado a días de Navidad "alternativos" y "serranos", de todo ha habido.
Cada vez somos más, o por lo menos ocupamos más espacio.
A mí personalmente me sigue gustando la Navidad. Cierto que uno se acuerda de los que faltan, y algunos años hay renglones nuevos en la lista. Este año recordaremos especialmente a tía Conchi, no puede ser de otra manera. Pero no lo hagamos con tristeza, sino con dulzura. Recordemos anécdotas divertidas, no dolorosas. Al fin y al cabo es Navidad, y se supone que hay que ser feliz sólo por eso.

Anónimo dijo...

Huy, lo de "boquitas cerradas" pensaba q sólo lo decían mi madre y mis tías!! Y lo de la alianza de los padres en el parabrisas... Como siempre, haces q tus recuerdos sean los de todos.

love you, bro ;)

rachel ally

Anónimo dijo...

Salva, tu maravillosa pluma nos transporta a unos recuerdos entrañables. ¿Quién no guarda esos trocitos de navidad en su corazon y en su mente? Ya sabes que lo de los olores me pone especialmente, y con tu relato has conseguido que me lleguen los aromas de esos postres tan apetecibles que se concinaban en tu familia, sin duda, como decía mi suegra, con amor, con mucho amor.

Armando Rozados dijo...

Salva, el Anónimo anterior soy yo, Armando Rozados

Salva & co. dijo...

Hola, Bea!!! Gracias...jajaja y me acuerdo de lo de las ovejitas. Yo que soy guasón por naturaleza siempre me entran ganas de hacer bromas cuando la gente está con las uvas pero...luego lo pienso y me digo... ¿a que se atraganta uno y la lío? En fin, muchos recuerdos... besitos.

Salva & co. dijo...

Gracias, amigo Carlos Vega! Las tradiciones placenteras, como tú dices, son las que nos llenan el alma y nos dan paz...y si es en familia, mejor. Toda la felicidad en estas fechas ( en todas) también para ti y tu familia de los dos lados del charco. Un fuerte abrazo.

Salva & co. dijo...

Gracias mami! No es tanto que me guste tocar la fibra...digamos que me toco la fibra a mi mismo (con perdón) y luego lo expongo...lo que pasa es que habitualmente, lo que me toca la fibra a mí, se la toca a otras personas de igual sensibilidad...jajaja Aiiinnnssss... el "teroso"...¡¡¡Qué nerviosss!!! jaja Besitos, guapa.

Salva & co. dijo...

Gracias, María R!!! Gracias por pasar padentro hoy y todas las veces y por hacerlo siempre con tal cariño y por decir lo que dices. Evidentemente, el sentimiento es mutuo y Manuel y Emma son afortunadísimos de tenerte como "mami"... Hummm... ¡Qué bonitas las navidades con niños! ¿Nos vemos pronto, o qué? Besitos gordos.

Salva & co. dijo...

Hola, Pili! La verdad es que hay tantos y tan buenos recuerdos que me daba miedito no controlarme y relatarlos todos "pariendo" una entrada con más folios que los presupuestos generales del estado...jaja. pero claro, nuestros juegos de mesa, nuestros villancicos surrealistas con todo tipo de instrumentos, las imitaciones y guasas, papá metiéndose los mantecados en el bolsillo de la camisa y echándose en el vasito de caña un chorrito de anís seo Reguera, martha11 dándole fuerte al Machaquito, las fiestas de fin de año, los menús elaborados y las mesas bien puestas, la preparación de las uvas del "concurso"...yo qué sé...mil cosas. Y, bueno, sobre los que faltan sólo decir que siempre estarán en nuestro recuerdo cada vez que nos reunamos...ausentes y presentes...
Un besito y gracias por compartir esto (y todo lo demás). Besitos.

Salva & co. dijo...

Mi queridísima Rachel Ally Thalía, siempre pensamos en nuestros recuerdos como "nuestros" pero muchos no son exclusivos, muchos son compartidos por millones de niños cuya infancia fue vivida en aquella época de verduguitos (pasamontañas), trencas y botas Gorila... de regalos humildes e ilusión conservada. Aquella época en que los niños y niñas todavía eran niños y niñas que jugaban co muñecas y pistolas de vaqueros, combas, elásticos, soldados de a peseta, xilófonos, coches teledirigidos, cromos y recortables.
Me encanta que tengamos recuerdos en común, pero, por encima de todo, quiero que nos volvamos a ver, amiguita. Espero que te vaya muy bien por la capital. Besitos der Narigol.

Salva & co. dijo...

Querido Armando: mil gracias por tus palabras. celebro que mis recuerdos hayan sido los mismos de muchos amigos o que, simplemente, les hayan transportado a los suyos propios, haciéndoles revivir momentos felices. Dicen que el olfato es el sentido que más nos lleva a "evocar" y recordar...aunque, yo creo que lo que más nos hace recordar es eso que tu suegra ponía en todo y siempre tenía en los labios, eso que todos hemos sentido en nuestras infancias y, especialmente, durante la Navidad, eso que yo he usado para impregnar mi entrada del blog...el AMOR.
Gracias de nuevo por pasar pa'dentro, colega bloguero. Un fuerte abrazo.

Salva & co. dijo...

Ah, Thalía Green McBeal... I Luv U 2!

natividad candela dijo...

¿Que es la navidad?
Es la dulzura del pasado, el valor del presente y la esperanza del futuro. Es el deseo más genuino de que cada taza se rebase con bendiciones ricas y eternas, y de que cada camino nos lleve a la paz, a disfrutar de la vida con las pequeñas cosas que ésta nos ofrece, a dar lo mejor de ti.
Tiende tu mano al desamparados, ofrece tu hombro al acongojado, tu sabes que dar es lo que realmente muestra la grandeza de tu corazón.
Se nos da la oportunidad perfecta para dar amor a todos, ayudar a lo que lo precisan y para posibilitar una transformación en el mundo en la navidad. Hoy es el día para sembrar tu semilla, con ella siembres un nuevo día.
Feliz año 2015.
Besos desde Valencia.