Collage íntimo

Collage íntimo
Trocitos...
Mostrando entradas con la etiqueta familia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta familia. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de octubre de 2015

La despedida de nuestra casa de Las Dueñas

Cuando uno se casa y forma un nuevo hogar, abandona aquel que habitó y en el que creció hasta hacerse "persona humana". Luego uno vuelve con bastante frecuencia y, en las visitas, cierta nostalgia se apodera de los recuerdos amontonados en cada rincón, guardados en cada cajón, detrás de cada puerta, en la imagen de cada pequeño e insignificante objeto… Pero uno va volviendo y volviendo, y no parece importante desprenderse de ellos porque uno sabe que siguen allí y es posible recobrarlos siempre que lo desee. Evidentemente, la emotividad está en nuestra memoria y en nuestros sentidos, pero nace de lo vivido, de su recuerdo… (hummm… recordar… re-cordar, del latín "recordare", o sea, volver a traer al corazón). Y esa vivencia, ese recuerdo siempre tiene ubicación en un espacio físico.
¿Qué a qué viene todo esto? Sí, claro, perdón. Hace unos meses se vendió por fin el viejo piso de "Las Dueñas", donde me crié, crecí y me hice la persona que ahora soy. Y, aunque pueda parecer excesivo, siento que se desprende una pequeña parte de mi vida. No de las personas, que gracias a Dios, siguen a mi lado, y son lo que realmente importa. Ni de los recuerdos, claro. Eso no me preocupa porque los guardo a buen recaudo. Pero sí desaparece la posibilidad de acceder al espacio físico, a su cálida acogida, al olor de sus maderas, a la evocación inevitable, al café en las viejas tazas, al tacto del viejo sofá, al sonido de los viejos cacharros, a cada imagen retenida…
Por motivos que no vienen al caso, su venta era inevitable y necesaria. Hace mucho tiempo. Al final, como todos deseábamos, llegaron unos compradores y hubo apretón de manos. Fumata blanca. ¿Cuándo se entrega? Marzo o abril. Habrá que despedirlo, pensé yo, como quien despide a un viejo amigo de la infancia que lo sabe todo de ti, que te vio crecer bajo su cobijo, que presenció todas las risas y algunas lágrimas vertidas, que te resguardó de la inclemencias meteorológicas y vitales, que, sin ser humano, casi podría saber más de ti que tú mismo porque mira y calla, porque su alma se ha forjado de las nuestras.
Tras varios intentos, encontramos la fecha: el sábado santo. Un día raro y, a priori, poco apropiado por las complicaciones obvias para acceder al centro, pero no había mucho margen. Era el día.
Yo quería haber preparado algo gracioso, una especie de lista de "cosas para hacer", actividades divertidas en recuerdo de todas esas cosas que recordábamos haber hecho de niños como parte de nuestros juegos o quehaceres cotidianos.
Se me ocurrió que podíamos darnos paseos unos a otros sentados/tumbados en una manta, deslizándonos por el tibio parquet, como cuando éramos niños. Por turnos, uno tiraba y otro era transportado gracias al deslizamiento de aquellas dos viejas mantas, una azul y otra amarilla, dando vueltas a través del pasillo, entrando por una puerta del salón y saliendo por la otra. Nuestros hijos alucinarían con el jueguito, pensé.
Se me ocurrió que podíamos poner los viejos discos de vinilo o las casetes de Joan Manuel Serrat (al que adoraba mi madre), de zarzuelas como Los Gavilanes (que entusiasmaban a mi padre), de José Manuel Soto o Pimpinela (que escuchaba mi hermana Marta) o de grupos de rock y heavy metal (que escuchábamos Pilar y yo). Por aquella época de viejos recuerdos, Nacho todavía no ponía mucha música y, gracia a Dios, aún no existían los Teletubbies ni los Cantajuegos que hoy día tanto y tan despiadadamente han machacado los oídos de los abnegados progenitores.
Se me ocurrió escenificar pasajes clásicos de imborrable recuerdo como cuando nos grabamos en vídeo (aquella vieja videocámara que pesaba un quintal métrico). Como aquella vez que yo no quería pelarme y me obligaron porque parecía un "melenudo" y, de forma teatral, aportábamos argumentos como si fuéramos el abogado y el fiscal en una película de juicios. Luego llegaba Marta de la calle y, sin saber de qué iba el tema, al ver la cámara funcionando, con pasmosa soltura, se incorporaba a la obra diciendo entre llantos "mamá, he ido a ver a Pepe a la cárcel y no me han dejado entrar" y con las mismas reía estrepitosamente o fingía sonoros eructos (¡Ay, me mata!) y ya no podíamos seguir de la risa que nos entraba.
Se me había ocurrido hacer un poco "el epiléptico", actuación que tanto debía adorar mi madre porque, cada vez que venía alguien a casa, en uno u otro momento, me decía "anda, niño, haz el epiléptico". Y yo lo hacía, claro. ¿No lo iba a hacer? El epiléptico y lo que fuera...
También pensé poner unos vasos de colacao e intentar beberlos y, justo en ese momento, hacer reír a Marta, con la intención de que se expulsara el marrón-violáceo líquido lechoso por los orificios de la nariz. O intentar hacer aquello que tantas veces intentamos para grabar un vídeo para el programa "Vídeos de primera" (que hubiera sido de esos tan malos que siempre decíamos "¡Ese está preparado!") con el huevo que explotaba unos segundos tras sacarlo del microondas. Yo no sé cuántos huevos destrozamos aquel día…
Finalmente, por un motivo o por otro (por falta de tiempo, de ganas o de lo que sea), la iniciativa no se llevó a cabo y ahí quedó el intento. La falta de tiempo o de lo que sea, ya se sabe. Tampoco pasaba nada porque lo verdaderamente importante es que nos íbamos a reunir con aquel motivo y acabaríamos pasando uno de nuestros magníficos ratos en familia que, al fin y al cabo, era lo importante. Pero, durante la Semana Santa me llamó Nacho para hablar sobre el tema y preparar algo. Para mí ya era imposible porque el Miércoles Santo tenemos el día completo y el jueves nos íbamos a la playa hasta el mismo sábado, así que él dijo que se encargaría de preparar algo.
Y, finalmente, llegó el día. La abuela Maty se esmeró. Ricas viandas por doquier, bebidas frescas, mesa puesta. De gala,  más o menos.  A nuestro estilo. Todos dispuestos a pasar un buen rato y a añadir otro gran recuerdo a nuestras memorias. Como siempre, acabamos en la cocina, el rincón favorito de la casa (¡qué buena obra aquella ampliación, quitándole el trozo a la entrada!). Nacho había preparado una especie de concurso de preguntas sobe todas aquellas anécdotas tan recordadas y al cabo de un rato nos dolía la barriga de reírnos (y de comer, claro… somos Terceños de pura cepa). Cada pregunta nos obligaba a revivir un pasaje, una anécdota, un recuerdo y, tras éste, afloraban diez más que no nos permitían seguir hacia la siguiente pregunta. Pero daba igual, estábamos disfrutando tanto que no importaba demasiado respetar un itinerario preasignado. Nuestros hijos, que andaban por la casa jugando, supongo que de tanto escucharnos reír, acabaron sentados en nuestros regazos o en el suelo, escuchando nuestras cosas, alucinando un poco con nosotros y con nuestra particular forma de entender la familia y la vida en general. Se confirma la teoría de que uno puede emocionarse y aprender a la vez que se parte el pecho de risa y se come un canapé de lo que sea con un buchito de moscatel de Chipiona.
Recordamos algunos novios que habían traído a casa las niñas. Aquel que quería ser piloto y hablaba sin separar su blanquísima dentadura. O el otro que mandaba grandes tarjetas y muñecos de peluche (el gorila aviador acabó siendo el juguete sexual de aquel perrillo que tuvimos que, por callejero o por su nombre africano, gastaba una libido y un apetito genital desmesurado.
El perro se llamaba Ngé N'Domo porque era negro y en homenaje a un personaje homónimo de la película fetiche de nuestra familia "Amanece, que no es poco", una pequeña maravilla surrealista muy de nuestro gusto. No sé cuántas veces la habremos visto… Tantas, que dejamos de contar.
Recordamos las visitas de los primos americanos, nuestra adorada Pili Agvent y varios miembros de su familia, en diferentes ocasiones. Y aquella vez que simulé darme golpes en la cabeza contra la mesa (de la cocina, claro) y ella gritaba asustada porque creía que eran de verdad. Su visita durante la EXPO'92 en la que Pilar trabajó en un pabellón (no recuerdo) y nos facilitaba pases VIP para los otros.
Recordamos las interminables bromas, algunas más pesadas que otras. Como aquella vez que, estando solos en casa (estudiando, claro), al llamarme Marta, decidí no responder y asustarla un poquito… culminando mi bromita con una entrada triunfal en su dormitorio con un trapo en la cabeza y un cuchillo en la mano. Luego me asusté yo con la reacción de mi hermana… ¡Qué edad más mala!
Y, yo qué sé… un montón más. Confesiones al cabo de los años. Como cuando confesamos a Pilar que, cuando salía y Marta y yo nos quedábamos mustios en casa un viernes por la noche, consolándonos con una pizza congelada, odiábamos cuando ella JUSTO llegaba cuando estaba saliendo la pizza del microondas y entraba por la puerta diciendo: "¡Hummm… pizza!".
Cuando Nacho era pequeño y nosotros ya "grandes" y ya sabíamos todas las cosas que había que saber… ejem… tras la mañana de Reyes, durante una o dos semanas, de vez en cuando, poníamos otra vez todos los juguetes en el sofá y le decíamos "¡Nacho, que han venido otra vez los Reyes magos!" y nos íbamos corriendo al salón a ver otra vez su cara.
Reímos a carcajadas metiéndonos con mi padre (tiene buen encaje, el hombre) por cómo aderezaba los helados y su desaforada afición a los dulces navideños. Era capaz de convertir una triste porción de corte de helado (vainilla y chocolate, por favor) en un prodigio de la repostería creativa a base de trocearle galletas, espolvorearle Nescafé, chorrearle coñac y tres o cuatro virguerías más. Y luego a rebañar bien con la cucharita…  Y el acopio clandestino de mantecados, polvorones y figuritas de mazapán en el bolsillo de la camisa de estar por casa para echar la sobremesa viendo alguna película de Tarzán o de cowboys. O, ¿por qué no?, alguna bíblica como "La túnica sagrada", "Barrabás", "Ben Hur", etc.
Confesé cómo la entrada siempre me recordó a aquella vez en que llegaba yo de la calle, cagándome como un mirlo, de esas veces que crees que no llegarás DE VERDAD, y, al entrar, pido paso abriendo la puerta de la calle, al grito de "¡¡¡Que me cagoooo!!!" y justo en la entrada, estaba mi madre hablando con su amiga Reyes Padura. Creo que conseguí llegar porque, de la vergüenza, corrí más que Tarzán (Johnny Weissmuller, por favor) delante de los cocodrilos.
La mesa del salón me recordó a los grandes eventos, las grandes cenas y almuerzos, casi siempre en esas ocasiones, acompañados por otros familiares, amigos, etc. Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año nuevo… O, como aquella vez que vinieron unos amigos vascos y les hicimos el número completo, con sombreros de ala ancha, instrumentos, cantes populares y toda la pesca. Yo creo que no temieron por sus vidas, pero sí que estaban rodeados de una familia de pirados.
La entrada (además de a mis urgencias intestinales) me recordaba a mi abuela Matilde que, siempre, nada más entrar y mientras se estaba quitando el abrigo, decía su mítica frase "Que yo me voy ya, eh". A ella también me recordaba el sillón del salón en el que cantó junto a su hermana Teresa aquella canción de las calles de Sevilla que tanto me recuerda a ella, a su mirada divertida y tierna, a su cálido abrazo.
La cocina y la mesa de la cocina también me recuerdan a mi abuelo Pedro y a su parsimoniosa forma de hacer las cosas, su meticuloso cortar, sus calculados preparativos, sus manos ancianas, lentas pero seguras… También me recuerdan al día a día, a las comidas, a las cenas, a las horas de estudio, a las visitas cercanas, a las pompas de jabón, a la masa de los rosquillos y pestiños, a los tortihuevos, a los platos de plástico verde y las servilletas verdes con el transfer de Mazinger Z, a los bocadillos de chocolate y de queso con carne de membrillo, al primer radiocasette INTERNATIONAL (me cayó una bronca porque quería hacerlo funcionar sin leer las instrucciones… vaya tela), a aquel "Brainstorming" que hicimos para darle nombre a la colchonería. Era verano y hacía muchísimo calor. Decid lo que se os pase por la cabeza, dijo mi padre. Y yo decía "El calor… El sudor…". En aquella mesa yo había crecido y había dado unas pocas de papillas a mi sobrina Marta que ahora es ya una mujer. Allí había echado Marta el colacao por la nariz de tanto reír. Allí había estallado el huevo recién sacado del microondas. Allí habíamos vivido infinitas horas de felicidad.
En fin, no quiero aburrir, porque también estaba el patio. Del que nuestra madre nos hacía subir haciendo tintinear su anillo contra el cristal de la ventana. En él pasamos horas y horas de inolvidables y sencillos juegos. Casi a diario, jugábamos a "Visto", "Poli-ladrón", al "Coger" y al "Coger el alto". A "Bombilla" y a "Sevilla". A la "Correa" y a otros mil juegos. Luego, esperábamos a que el portero se fuera para jugar al fútbol o buscar el los bombos de la basura. Si había un tambor de Colón, con el platillo jugábamos al "Matar". Si había alguna botella de plástico, jugábamos al "Bote", etcétera.
En verano buscábamos el fresco de los portales o el patio blanco (que era cubierto) y jugábamos a cartas, juegos de mesa o a partidos de "chapas". Recuerdo que un verano de mundial organizamos un campeonato de chapas y cada uno llevaba dos equipos: los míos eran Brasil y URSS. Allí jugaba con amigos, algunos que aún hoy conservo: Mauro, Francisco, Fali, Chema y Javi, Lolo, Jorge, Esteban y Quico, Germán, David... Había otros mayores y menores con los que, a veces, jugábamos también. No tanto porque los mayores abusaban y los pequeños no dejaban que abusáramos de ellos… En fin, lo de siempre. Pura vida.
A ver, que anécdotas hay cientos en cada familia y vosotros no tenéis la culpa de que yo esté melancólico. Estos son mis recuerdos y es imposible que tengan el mismo significado para cualquier otra persona que los lea, ni siquiera mi familia, que tendrán los suyos propios, otras visiones, otras nostalgias. Es que me pongo a escribir y no hay manera de pararme. Sólo quería hacer un pequeño homenaje a esa casa que tanto ha significado en nuestras vidas, a la familia con la que he tenido la suerte de habitarla y la mis padres, las dos personas que hicieron todo ello posible. Ahora sé lo que cuesta crear un hogar y quiero agradecerle, a ellos especialmente, haber sido los artífices y responsables de tantos y tantos maravillosos recuerdos, de poner en marcha mi vida al abrigo de una familia inigualable, de tanto amor y con el cobijo de unas paredes tan cálidas y que tanto han sabido de mí.
GRACIAS, MAMÁ Y PAPÁ. VOSOTROS SOIS MI HOGAR.

--
Salvador Terceño Raposo

martes, 3 de junio de 2014

La primera Comunión y la segunda Comunión

Querido hijo Salva:
No sé qué edad tendrás cuando leas esto, pero espero, de todo corazón, que te vaya todo muy bien y que seas muy feliz.
Te escribo esta carta-en-el-tiempo porque sentía la necesidad de escribir en mi blog sobre todo lo ocurrido esta semana pasada en torno a la celebración de tu primera comunión. No tenía muy claro a quién dirigir mis palabras y, se me ocurrió que, como siempre las dirijo a nadie-en-concreto, por una vez, para otorgarle la profundidad que requiere la ocasión, estaría bien dirigirla directamente a la persona interesada: tú.

Si no lo has descubierto ya, pronto descubrirás que muchas veces las emociones se viven de forma diferente a lo esperado. Recuerdo, por ejemplo, cuando leí aquella romántica monición en la boda de Andrés y Noelia y estuve llorando todo el tiempo, con aquella voz de pito y la nariz congestionada. Había leído aquel texto (que yo mismo escribí) varias veces en casa con total serenidad y solvencia pero en la iglesia, no sé qué me pasó. Quizá que estaba hablando del amor, de mi forma de amar a mamá…

Pero esto no viene al caso, quizá como ejemplo de lo inesperadas e impredecibles que pueden ser las emociones a veces. Me refiero, concretamente, al día que celebramos tu primera comunión: el pasado sábado, 24 de mayo de 2.014.

Como es lógico por tu edad, has estado ajeno a todos los preparativos y complicaciones que han surgido. Igual ya has sabido que inicialmente habíamos pensado hacer un almuerzo íntimo en familia, con los abuelos, titos y primos. Algo sencillo, sentaditos y sin complicaciones. Luego, empezamos a pensar en personas a las que íbamos a echar de menos, como nuestros tíos y primos, y algún que otro amigo (porque, todos, sería imposible) y cambiamos de idea. Ello suponía complicarnos bastante en la organización, pero, con un presupuesto solo algo mayor, podríamos invitar a mucha más gente. El tito Enrique nos ofreció la misma acogedora y bonita hacienda en Espartinas que había conseguido para Merceditas y solo quedaba elaborar un menú y dar cuatrocientos paseos al Makro, a la carnicería, a esto y a lo otro. La tita Mercedes se ofreció a hacernos unos litros de ese salmorejo tan rico que ella hace, la tita Marta un par de sus riquísimos brownies que tanto te gustan, Andrés nos recogería las tortillas de Kilómetro 1, en Bormujos, Yoyo se encargó de conseguirnos una freidora… Luego, el abuelo Salva nos ayudó con la impresión de los recordatorios y con la cizalla, Olga te prestó la chaqueta nueva de Álvaro, para que fueras hecho un pincel, Yoyo una chaqueta y una corbata de Armandito para que Quique fuera hecho otro pincelito. Mami estuvo planificándolo todo desde el principio, como solo ella sabe hacer, con mimo, con ilusión, con mucho trabajo y dedicación. No sé si recuerdas que hizo cientos de galletas, aquellas tuyas con el dibujo del recordatorio que yo te hice y las que regalamos a Armando y María. El tito Enrique nos acompañó y ayudó con las compras y organización y la prima Mari se vino el viernes con nosotros a ayudarnos con la limpieza y preparativos. Seguro que, como yo, todavía tiene metido en la nariz el olor de aquellas naranjas podridas que cubrían el Patio Zahorí cuando llegamos. Mami te preparó una mesa de chuches, chocolatinas y galletas verdaderamente impresionante. Con tanto amor, que la mesa estaba a rebosar… de amor. Ya habrás visto las fotos. Raquel, la madre de Alejandra nos regaló una caja enorme de bombones Lindt. Laura, la mamá de Martín, nos hizo aquellas grandes y preciosas flores de papel que la decoraban. Volvimos a colocar aquel "Photocall" tan chulo que había fabricado la tita Mercedes, esta vez con tu nombre y algunos adornos extra. Ya habrás visto en las fotos lo bien que lo pasó la gente posando poniendo caras con aquellos bigotes, sombreros y gafas… ¡Fue divertidísimo! Me acuerdo especialmente del primo Pedro, el hijo de mi primo Pedro, que no paraba de colocarse adornos unos encima de otros: las gafas, la peluca, dos sombreros, tres colgantes, un bigote, tres corbatas…jajaja.
Creo que debo recordarte cómo se portaron todos contigo: la gran cantidad de regalos que te hicieron, sin duda un absoluto aunque inevitable exceso. No sé si recuerdas cómo te insistí yendo de camino hacia la hacienda en que abrieras cada regalo con tranquilidad y dieras un gran beso y abrazo a quien te lo hubiera regalado, dándole las gracias y diciéndole que te encantaba… no como esos niños que abren un regalo detrás de otro, casi sin mirarlos y sin dar las gracias ni nada… Sinceramente, lo hiciste genial. Recuerdo cómo no eras capaz de articular palabra cuando te dimos la guitarra eléctrica que tanto deseabas tener. Recuerdo que yo te preguntaba insistente desde detrás de mi cámara de fotos: "¿Salvi, te gusta?" Y tú mostrabas esa sonrisa que me vuelve loco y no decías nada. Yo te volvía a preguntar y tú con la misma sonrisa silenciosa. "Hemos acertado", pensé, "No puede ni hablar".
Las malas lenguas me decían: "¿Pero, esto es un regalo para el niño o para el padre?" Y yo respondía al chascarrillo: "Para el niño, para el niño." Y pensaba para mis adentros: "Para mi niño de mi alma".
Espero que, a día de hoy, hayas aprendido a tocarla y seas algo así como el Jimmy Hendrix de Bellavista.
No sé si recuerdas el esfuerzo que hicieron Olga, Pepe y Álvaro, que tenían las tres comuniones ese día y tuvieron que repartirse y pasar unas horas en cada una de ellas. Y Ricardo, Mari Carmen y Paula, que tenían dos. Y Mili, Víctor, Elena y Victorcito que vinieron desde Chiclana para estar contigo.
Además, Olga y la abuela Ana nos habían echado una mano quedándose con vosotros mientras el jueves y el viernes hacíamos doble turno con los preparativos. ¡Qué suerte tenemos!
Por allí anduvo el tito Lolo haciendo fotos chulas de las suyas (porque yo andaba bastante atareado y, aunque iba haciendo, estaba en otras cosas) y encima nos hizo el favor de ir hasta casa porque, con las prisas, se nos había quedado allí la bolsa con las galletas de los recordatorios. Menudo lío.
Al final, un montón de gente nos ayudó a recoger todo, las mesas, las sillas, etc. Ricardo y Mari Carmen, El tito Fernan, Marta, el primo Juani…yo qué sé, mucha gente, seguro que se me olvida alguno (que me perdonen, eh, buen rollo…).
Igual ni sabes que el viernes a medio día todavía no habían arreglado aquella avería eléctrica que nos tenia en vilo porque a 24 horas de la celebración estábamos sin luz. Por allí andaban tres electricistas del ayuntamiento de Espartinas dando vueltas, con cara no sé si de póquer o de llevar un farol, tocando aquí y allá y diciendo de vez en cuando: "A vé, pruebe usté ahora". Y nada. A mamá le iba a dar algo. Cuando por fin vimos una bombilla encendida, rompió a llorar como una pava… la tensión acumulada, claro.
Por la noche, subí con el abuelo a llevar la chacina y el queso y la freidora y ahora la freidora no funcionaba. "¿Y cómo le digo yo esto a Elo ahora?", pensaba yo. La freidora me daba un poco igual, pero a mami le iba a dar un vahído, seguro… El sábado por la mañana Yoyo nos consiguió otra y agüeluco fue a buscarla muy tempranito, tan dispuesto y diligente como siempre…

Y tú dirás… ¿Aparte de para alargar el post, para qué me cuentas todo esto? Pues, por varios motivos.
Primero, para que tengas el recuerdo de muchas cosas que con el tiempo desaparecen de nuestra mente.
Segundo, porque quiero aconsejarte que nunca temas meterte en algún fregado gordo, en más complicaciones de las necesarias, a cambio de hacer algo que de verdad sientes como reunirte con tu familia y amigos. Que no te dé miedo ni pereza el trabajo, el esfuerzo, lo inesperado, los cambios, tomar decisiones… Que tengas la fuerza mental que ello requiere. Cuando pase el tiempo, aprenderás que la familia y los amigos es casi lo único de valor que tienes realmente en la vida y lo valorarás como se merecen.
Tercero, que cuando trabajas duro y pones el corazón, siempre aparecerá gente que te ofrezca su ayuda. Aparecerán manos de aquí y de allí que te aliviarán la carga y te allanarán el camino… Y ese golpecito de suerte que siempre se necesita. Es importante dejarse ayudar por los demás, porque requiere el ejercicio de la humildad y con ello también das la oportunidad a los demás de sentir el indescriptible placer que se siente cuando te olvidas de ti mismo para hacer algo por otra persona. Pocas acciones te van a reportar tanto placer como esa.

Y tú dirás… ¿Pero no ibas a hablarme de esas veces en que tus propias emociones te sorprenden? Pues, hijo, tienes toda la razón. Quería contarte cómo todos estos preparativos nos habían mantenido algo alejados de la profundidad y la trascendencia que la ocasión requería. Toda la semana previa corriendo de aquí para allá, sin poder estar un rato tranquilos para hablar, para reflexionar, para intercambiar unas frases sobre el significado de esa comunión que ibas a recibir, sobre cómo te sentías, sobre cómo me sentía yo… Y, claro, llegó el día. La noche, mamá y yo nos habíamos acostado cuando eran ya más de la una. Saqué mis "diazepanes" y le dije a mami: "Toma, mami, uno pa ti y otro pa mí". Y nos acostamos con el cuerpo repletito de cansancio y satisfacción. Todo estaba hecho. Bueno, faltaba la dichosa freidora, pero ¿qué más daba ya?
A primera hora lo de la freidora estaba resuelto y solo teníamos que hacer dos cosas: ponernos guapos y llegar a la hora (por una vez). Nos fuimos duchando, afeitando (eso solo yo, claro) y acicalando, vistiéndonos con nuestras mejores galas, todos estrenando ropita, barruntando ese maravilloso día que estaba por llegar. Recuerdo cuando os llamé para peinaros que os dije:
-Chicos, hoy un poquito de gomina, ¿eh?
Y vosotros, claro:
-¡Nooo, gomina nooo!
Y yo:
-Venga, que hoy tenemos que estar muy guapos que es la comunión de Salvita. Solo un poquito para que nos duren los pelitos en su sitio…
Y, claro:
-Noooooo, gomina, noooo…
Me acordé de Genaro, mi profesor de biología de BUP/COU y le cité:
-Que no estoy diciendo que si queréis que os ponga gomina. Que os informo de que os voy a poner gomina. A ver esas cabezas…
Luego el peinado con mimo, con la raya trazada con tiralíneas y los cabellos humedecidos, bien colocados. Sin prisa.
Recuerdo que Quique comenzó a decir esa frase que tanto os gusta decirme cuando os peino: "¡Papá, que no vamos a una boda! Y, a mitad de camino, cuando iba por la sílaba "bo" se detuvo y me miró sonriendo, como pillado…
Hicimos las cosas bien y llegamos muy prontito al Colegio Buen Pastor. Recuerdo que, por el camino, hablé por teléfono con Andrés (con el bluetooth, en abierto), con quien había quedado en la calle santo Domingo de la Calzada para darle el recibo para recoger las tortillas. Y me dijo:
-Quillo, que te estoy guardando un aparcamiento en la calle. ¿Tardas mucho?
-No, tío, vamos por San Francisco Javier. Dos minutos. Quillo, gracias, de verdad.
-Venga, te espero. Salvo que me tenga que pelear con un negro (hay "gorrillas" negros por esa zona), jajaja…
Y, cuando colgamos, preguntaste:
-Papá, ¿Andrés se va a pelear con un negro?
Mamá y yo no pudimos evitar reírnos con la ocurrencia. Te lo explicamos. Lo del negro y lo de ese gran amigo que es Andrés, que hace lo que se le pide y además, lo que no se le pide.

Y tú dirás, ¿pero, no me ibas a contar lo de esas emociones que a veces te cogen por sorpresa? Sí, hijo. Ya sabes lo pesados que somos los padres a veces. Y yo en especial. Pero es que quería aprovechar para insistirte en la importancia de cuidar y conservar a los amigos. Los amigos de la infancia con frecuencia acaban diluyéndose con el paso de los años, pero, con frecuencia también, se da el caso de que tiene uno la suerte y el talento de conservarlos para toda la vida. Para ello, hay que quererlos, cuidarlos, comprenderlos y tolerarlos aunque uno no los comprenda del todo. Ahora, día sí y día no, por esas tonterías del patio del colegio, vienes diciendo que ya no eres amigo de este o del otro y al día siguiente quieres que se venga casa con esa vehemencia de los ocho años que no sabe escuchar un no por respuesta. Sé que pronto madurarás y me gustaría que ese fiel sentimiento de amistad sea uno de los valores que gobiernen tu vida.

Una vez en el colegio, los encuentros, los besos, los piropos y las frases esperadas y necesarias. Los niños con sus corbatas de siempre, algo mejor compuestas de lo habitual. Las niñas con sus blancos vestidos y sus diademas de flores. Todos con esas sonrisillas nerviosas y el dulce dolorcillo de barriga de los grandes momentos. El alocado trámite de las fotos y el vídeo, la espera y, por fin, la entrada a la capilla.

Tuvimos la suerte de que nos tocara asiento en el primer banco y la perspectiva era estupenda. Pronto entrasteis todos, con vuestras manitas unidas delante del pecho y esas muecas de los labios nerviosos que se aprietan, se mueven y enseñan los dientes sin mucho control. La ceremonia se desarrolló de forma amable, íntima y recogida. Fuisteis participando a través de las lecturas y ofrendas y respondiendo a las preguntas del divertido padre Raúl, poniendo en evidencia que vuestra envidiable espontaneidad se mantenía intacta y que los nervios seguían haciendo de las suyas. Toda la ceremonia estuvo acompañada, de forma realmente hermosa, por unos bien elegidos cantos dirigidos por míster Miguel, aquel profe de inglés que estuvo unos años en nuestro cole. A veces con la guitarra, otras con el piano. La quietud de la capilla, vuestra imagen en el altar, la ceremonia reinante y la emotiva música envolviéndolo todo consiguieron emocionarnos hasta el punto que mami (al igual que otras muchas mamis) lloraban, sonaban suave y discretamente sus narices y enjugaban las lágrimas con cuidado de no echar a perder el trabajado maquillaje de sus ojos. Yo, que ya sabes que soy bastante llorón, también anduve hecho un trapillo, con un nudo en la garganta, los ojos como si me hubiera entrado arena y enjugando alguna lagrimilla empecinada en salir de mí. Yo miraba al padre Raúl, su rostro sereno. A la adorable seño Almudena, vuestra catequista y responsable de Pastoral del colegio. A la seño Manoli, seño de religión también. El rostro orgulloso y feliz de vuestra seño Valme, todo bondad y dulzura, como es ella. Observaba a los otros padres y madres en los primeros bancos, con los ojos humedecidos, a los fotógrafos y camarógrafos haciendo su trabajo con toda la discreción que podían, a míster Miguel que dirigía al coro con suaves movimientos de cabeza y cuello, pues tenía las manos ocupadas tocando las teclas del piano. Y todo era perfecto.
Tú andabas algo repatingado en tu silla pero, ya antes, en una "conversación de gestos" que habíamos tenido, me había comprometido (con un firme asentimiento con los labios ligeramente apretados) a no decirte nada más. Supongo que aquello también era perfecto porque no eras más que un niño. Haciéndote mayor, pero un niño.
Cuando llegó la hora de la comunión, el padre Raúl recomendó expresamente que se acercaran a comulgar aquellos que estuvieran preparados, es decir, quienes hubieran realizado la confesión. Me llamó la atención esa poco habitual advertencia expresa de algo consabido y pensé que igual había poca cantidad de formas consagradas. Dudé un poco, pues no me había confesado, pero deseaba compartir esa comunión contigo y di por supuesto que Dios daría por buena aquella pequeña desobediencia. Tras verte recibir tu primera comunión, me levanté a comulgar y volví a mi sitio, donde me arrodillé y uní mis manos sobre mis ojos cerrados.
"Por favor, Dios mío, dame tiempo", recé inesperadamente. "Gracias por este día, por mis hijos y mi esposa, por mi familia. Gracias por todo lo que considero una maravillosa vida". Y ahí me rompí del todo, llorando discretamente, con la cara tapada por mis manos en el gesto natural de la oración. "Permite que crezcan sanos y llenos de bondad y dame tiempo para verlo…" Me sentí mal por ese impulso egoísta de pedir por mí pero, hijo, así brotó desde mi corazón. Llevaba un par de semanas con una especie de bulto en la pierna izquierda que me tenía preocupado. Ya sabes que yo no soy muy asustón para estas cosas de la salud. Mami suele asustarse más y yo tiendo a quitarle importancia a las cosas y a pasar un poco. Pero el bulto había crecido y recurrí a consultar con Cristina, una compañera radióloga del hospital, para que me echara un vistazo con el ecógrafo. Esto fue el miércoles antes de la comunión. Me dijo que era líquido y que no parecía verse nada más, aunque no sabía muy bien de dónde había salido. Se me vino encima un ramalazo de hipocondríaco y comencé a pensar demasiado en tumores, diagnósticos y en la muerte. Una estupidez, claro. Lo más probable, según me han dicho luego dos traumatólogos es que sea algún tipo de derrame fruto de un traumatismo. Pero esa semana fue dura. Muy dura. A mami no le conté nada de esto porque bastante teníamos ya con el problema de la luz, las galletas, la freidora y los contratiempos como para que yo le pusiera la cabeza en órbita con mi bultito. En fin, te cuento todo esto porque probablemente, dentro de unos años, cuando leas mi blog, esto se nos haya olvidado y quiero que sepas que aunque tuve ese impulso egoísta de pedir en primera instancia por mí, eras tú en lo único que pensaba, en tu corazón, en tu futuro, en tu cuerpo espigado, en tus grandes paletas de conejillo, en tu pelo engominado a regañadientes, en tu impaciencia con los besos que te tiraba y mis insoportables indicaciones sobre cómo sentarte adecuadamente, en los celillos que le tienes a tu hermano, en cómo me duele no ser capaz de conseguir que sufras menos, que no te enfades, que comprendas cuánto me duele cuando te riño, castigo o doy un catecillo en el culo. Pensaba en ti, en cómo sería tu futuro, tu vida. En cómo esquivar todos los escollos que nos van a amenazar bajo las olas. Pensaba en lo orgulloso que me siento de ser tu padre y en la imposibilidad de describir cuánto te quiero.

Ayer fuimos a misa otra vez y recordé cuando días antes de tu primera comunión nos preguntaste "¿Y la segunda y tercera comunión cuándo son?" Estuviste sentado a mi lado, nos cogíamos la mano. Yo te explicaba cosas.
-Papá, ¿y me van a dar vino?
-Creo que no, hijo. En las misas normales no suelen darlo.
-¿Solo la hostia?
-Normalmente sí.
-Ahora vamos y cuando el sacerdote te diga "El cuerpo de Cristo" tú abres la boca… ¿Sabes lo que tienes que decir?
-Sí, "Amén".
-Muy bien. No vayas a hacer cosas raras con la boca con la hostia dentro, eh… Luego te vuelves derechito a tu sitio, te arrodillas y rezas un ratito. Cuando acabes, te sientas normal y ya está.
Cuando estábamos los dos arrodillados le miraba con el rabillo del ojo y veía cómo estaba mirándome él a mí. Cuando me incorporé para sentarme, él hizo lo mismo, como si hubiera estado esperando esa señal para saber que ya era el momento.

Te quiero con toda mi alma, hijo. Felicidades por tu Primera Comunión.
Gracias por mirarme de reojo.

--
Salvador Terceño Raposo

lunes, 4 de julio de 2011

La vida y la muerte

Jueves 30 de junio. De guardia otra vez.
23:31h: Me llama la coordinadora de enfermería para decirme que viene para el hospital la abuela de una compañera. Está muy mal, sin más datos.
23:54h: Empiezan a llegar algunos familiares. Hablo con Carmen (nombre ficticio, claro) la hija de la abuelita (madre de nuestra compañera). La conozco de otra vez que vinieron con la abuela a urgencias por una caída. Ay, Salva, qué alegría que estés tú. Le doy dos besos. Comienzo con la anamnesis antes de tener delante a la paciente. 92 años, Enfermedad de Alzheimer desde hace 2. Deterioro agudizado los últimos meses. En estado vegetativo desde hace un mes y medio. Hoy se ha puesto fatal.
00:08h: Llega la ambulancia y entra una camilla a la velocidad del rayo. Sobre ella jadea inconsciente y semiincorporada la anciana. Tiene mala pinta. Me acerco inmediatamente a la cama de observación a la que la han pasado y aprecio una piel pálida y sudorosa, algo violácea. Su respiración es rápida y los estertores se escuchan desde la distancia.
00:15h: Le digo a la enfermera que la monitorice mientras la exploro. Vía periférica, sueroterapia de mantenimiento, aspirar secreciones. La auscultación es tan mala como esperaba, el corazón late débilmente, desatura al 86% incluso con administración de oxígeno. ¿Saco sangre analíticas cuando coja la vía?, me pregunta la enfermera con las comprensibles dudas. Sí, los tres tubos. Bueno, no, ¿para qué? Sí, sí, sácala. Total, ya que la estamos pinchando...
00:22h: Sube la intensivista y cuando la ve me mira con esa expresión en la cara que lo dice todo. Yo le devuelvo la mirada y asiento sin hablar. Échale un ojo que voy a hablar con la familia.
00:25h: Salgo a la sala de espera y encuentro a Carmen con su otra hija. Ha estado llorando. Me interroga con esa mirada que también lo dice todo, buscando algo de información en mis ojos. ¿Cómo está la abuela? Mi rostro no quiere darle buenas noticias. ¿Desde cuándo está así?, pregunto. Unas horas. La miro a los ojos. Está muy mal, Carmen. Es un primer paso antes de decirle que se está muriendo. Carmen rompe a llorar y niega con la cabeza, como si no lo creyera. Pongo mi mano en su brazo. Ven a la consulta.
00:30h: Cierro tras de mí la puerta para tener intimidad y nos sentamos en la consulta de urgencias. Segundo paso. Carmen, la abuela se está muriendo. ¿Tan pronto? Llora sobre el hombro de su hija. Ahora podemos bajarla a la UCI, que empiecen a ponerle vías, tubos y medicamentos. Estará sola y no creo que sirva para gran cosa. O subirla a planta con vosotros y asegurarnos de que no sufre. Carmen mira a su hija que, a su vez, la mira a ella. Hablan en voz baja, se susurran, se cogen de las manos. Mamá, hay que asumirlo y dejar que esté tranquila. Carmen suspira, me mira y me dice que se suben a la planta.
00:41h: Curso el ingreso y me acerco a la observación a ver cómo está la abuela. Le han aspirado las secreciones y le han puesto 2 miligramos de morfina según indiqué; respira menos ruidosamente, con algo más de paz. Llega la nieta que es nuestra compañera. Viene muy guapa porque había salido con unos amigos. Dos de ellos la acompañan. Más llanto. A esta abuela la quieren mucho, eso se nota inmediatamente. Acaricio su frente tibia y húmeda. Tomo su pulso y la ausculto de nuevo. La tensión y la saturación descienden ligeramente. El rostro aparece ligeramente más sereno.
00:49h: Terminan de prepararla para el traslado a planta. Me vuelvo a la consulta para cursar el ingreso de la paciente y pautarle el tratamiento. Veo un par de pacientes más.
01:50h: Me llama la enfermera de la planta para decirme que la abuela ha fallecido. Subo con la enfermera de urgencias y el celador, que también quieren dar su pésame a la familia y un beso a nuestra compañera. Al entrar en la habitación Carmen se nos abraza llorando. ¡Qué poco te has equivocado!, me dice. Yo le dejo que me abrace y la abrazo. Lo siento en el alma, Carmen. ¡Qué buenos habéis sido!, llora mientras se abraza con la enfermera de urgencias que llora también porque se le ha removido el recuerdo de sus pérdidas. Besamos al resto de la familia, incluída la cuidadora sudamericana que llora desconsolada.
01:55h: Paso a la estancia contigua donde yace inmóvil la abuela en la cama. Su piel está aún algo sonrosada, aunque con un tono ligeramente más céreo y agrisado. Tiene la boca entreabierta. Confirmo la muerte tras auscultarla, comprobar la inmovilidad de sus pupilas y ver la línea plana que dibuja el electrocardiógrafo en el papel contínuo.
02:03h: Vuelvo a la otra habitación donde esperan los familiares para comunicar lo que ya saben. Carmen está algo nerviosa. Les ofrezco un ansiolítico y mi particular punto de vista de las cosas que, aunque lleno de razón, no consuela: pensad en los 90 años que la abuela ha vivido con mucha calidad. Es que se ha ido muy rápido. Mejor así, Carmen, mejor así.
02:09h: Sugiero a las enfermeras y auxiliares que, antes de preparar y amortajar a la anciana, dejen pasar a la familia para que se despidan un rato de ella. Se alternan los llantos con los besos entre familiares y al relajado cuerpo de la anciana. Salimos de la habitación.
02:15h: Actualizo la evolución de la paciente en su historia: exitus.
04:43h: Relleno el certificado de defunción mientras el empleado de la funeraria explica los pormenores y costes de todo el procedimiento. A través de su DNI conozco dónde nació y reconozco su rostro sonriente en una foto con unos diez años menos. Anoto en el dorso de mi mano izquierda el número de certificado para incluírlo en la historia. Doy el pésame a un hijo que no conocía y salgo de la sala.
Se llamaba Margarita (nombre ficticio, claro).

Viernes, 1 de julio. La mañana siguiente en casa.
08:30h: leyendo mi correo, me entero de la noticia de que un antigua compañera y amiga muy querida está embarazada. Nos escribe a varios amigos un alegre email en el que nos da la buena nueva.
Miro el dorso de mi mano izquierda y ahí sigue, escrito a boli, el número del certificado de defunción que firmé de madrugada en el oscuro y silencioso hospital.
Miro la pantalla del ordenador y allí veo comenzar una nueva vida.
Se cierra el círculo y todo adquiere algo más de sentido.
Me doy una ducha y preparo unos colacaos para los niños.
La vida sigue.