Collage íntimo

Collage íntimo
Trocitos...
Mostrando entradas con la etiqueta película. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta película. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de noviembre de 2012

Así va la vida

Hace unos días fui al hospital materno-infantil de Virgen del Rocío. Mis amigos Andrés y Noelia, tras un interminable y agotador proceso, por fin han tenido a sus pequeños. Andrés nació hecho un toro, evitando la unidad de prematuros y ya está en casa con sus papis. Julia nació con algo menos de peso pero guapísima, hecha una bicheja revoltosa y sin problemas, aparte de que precisó un par de semanas de engorde y maduración al calorcito de la incubadora. La pequeñita Ángela, de forma precoz hace ya algunas semanas, nos robó para siempre ese trocito de corazón. Tras darnos toda una lección de fuerza y supervivencia, tomó un atajillo antes de tiempo hacia el cielo, desde donde seguirá cuidando de sus dos hermanos.
Andrés, Noelia, Andrés y Julia, tras meses de enorme desgaste y sufrimiento, ya son una gran familia. Un poco atípica, pues andan ahora aún desbordados por los agobios y trastornos comunes a todos los padres primerizos. No obstante, con tanto amor, tantas ganas y deseos de hacerlo bien, sólo es cuestión de tiempo que las aguas vuelvan a su cauce y vivan con la normalidad de cualquier otra familia, sólo pendientes de catarros, gormitis y facturas...
A todo esto, mi amigo Andrés andaba detrás mía para que fuera un día con él a la visita de las 19:15h a la unidad de prematuros a conocer a la pequeña Julia. Salvando los habituales escollos por compromisos laborales y familiares, un día por fin, conseguimos coincidir y quedamos allí. Cuando llegamos a la unidad estaba allí Noelia, cosa que, aparte de alegrarme sobremanera, me resultó inesperada. ¿Estás preparado para entrar? ¿Para entrar a ver a tu futura ahijada?, (o algo así) me dijo Andrés, mirándome a los ojos con esa intensidad tan suya. ¿Có... cómo? Yo me sentí anonadado, superado, emocionado, halagado... infinitamente honrado. Mil cosas más. Nos abrazamos los tres con fuerza, besándonos y con esos nuditos invisibles en las gargantas. El resto puede ser bastante obvio... así que os lo ahorro.
La alegría ha sido indescriptible. ¡Claro que estoy preparado! Sólo deseo estar a la altura y corresponder a la confianza y el cariño con los que he sido obsequiado. Millones de gracias.
En fin, así va la vida.
Durante estas últimas semanas me he leído un librito que me ha llegado brutalmente al corazón y que, no me cabe la menor duda, me hará ser mejor persona para ejercer esta nueva responsabilidad de la que he hablado antes. El libro me lo prestaron y recomendaron mis queridos Armando y Yoyo y ha superado las expectativas con creces. Se llama "Martes con mi viejo profesor", del periodista y escritor Mitch Albom. Narrado en primera persona y reflejando hechos y experiencias reales vividos por el mismo Mitch Albom y su profesor de la universidad Morrie Schwartz. Tras entablar una hermosa relación durante los años de universidad, alumno y profesor se separan y Mitch desarrolla una exitosa carrera en el mundo del periodismo deportivo, lo cual le aboca a llevar una vertiginosa y superficial vida, olvidándose de todo lo aprendido durante los años de universidad. Quince años después, Mitch conoce por casualidad la noticia de que su viejo profesor sufre una enfermedad degenerativa que lo abocará sin remedio a la muerte en cuestión de meses. Entonces, Mitch decide tomar un avión y acercarse a ver a su viejo profesor. Ese será el primero de una serie de encuentros semanales (cada martes) durante los cuales desarrollaran una tesis sobre la vida y sus principales temas y pilares. Mientras Mitch toma notas y realiza grabaciones con la intención de hacer llegar los pensamientos de Morrie a todo el mundo, se impregna y deja renacer en él los profundos valores que permanecían sepultados. La muerte, el matrimonio, el miedo a la vejez, la amistad, nuestra cultura, cómo perdura el amor, el perdón, el mundo, el dinero, la familia, las emociones, el arrepentimiento, el sentimiento de lástima por uno mismo... todo lo que para mí, constituye lo verdaderamente importante en la vida.
Me ha emocionado hasta la lágrima y me ha empujado a tomar notas mientras leía y a desear aprender más sobre los demás y sobre mí mismo. Por eso hoy os lo recomiendo.
Por ahí en medio, durante este largo periodo de ausencia, fuimos al cine a ver "Lo imposible" de Juan Antonio Bayona (segunda película tras "El orfanato", que no he visto aún). Por decirlo de forma resumida, hacía tiempo que no lloraba tanto viendo una película. Sinceramente, soy un poco nenaza para estas cosas y suelo emocionarme bastante hasta el extremo de sorber mocos con brutal intensidad, si se presenta la ocasión. La película, en mi opinión, entre otras muchas tiene dos importantes virtudes que consiguen mover tales sentimientos. La primera, que está basada en hechos reales. Todo lo que transcurre durante los 107 minutos de cinta, ocurrió de verdad, a personas reales, españolas.Lo trágicos hechos que vivieron María Belón, su marido Enrique y sus hijos Lucas, Tomás y Simón durante el tsunami que asoló la costa de Tailandia durante la Navidad del año 2004. Con espléndidas interpretaciones, Naomi Watts y Ewan McGregor dan vida al matrimonio, genialmente acompañados por los tres niños, entre los que destaca el que da vida al hijo mayor, un revelador Tom Holland.
La segunda virtud estriba en la vocación de conmover con sobriedad, sin caer en lo melodramático. Conmueve salvajemente todo el daño físico sufrido por los protagonistas, con especial mención para una sublime Naomi Watts a quien acompañamos en su periplo llenos de agitación y desasosiego. Y conmueve hasta lo más profundo del alma la emotividad que rezuma cada fotograma, la capacidad para mostrar y desgranar los sentimientos de pérdida, de miedo, de dolor, de incertidumbre... si se me permite la licencia, con más intensidad en las relaciones paternofiliales que en las de la pareja.
Los aspectos técnicos relacionados con la recreación del desastre, pese a ser magistrales, quedan en un segundo plano. Quizá, como debe ser para que la película sea considerada una muy buena película de forma global y no una de esas películas de desastres y efectos especiales estúpidamente superficiales.
No me atrevería a decir que se trata de una obra maestra, pero sí una muy buena película, de brillante realización y capaz de emocionar con sus interpretaciones y dejarte el corazón tocado por unos días. Ni que decir tiene que merece la pena verla, por supuesto, en pantalla grande.
En fin, así va la vida.
Prometo no tardar tanto la próxima vez...

viernes, 7 de septiembre de 2012

Intocable: una película inolvidable (o el humor como terapia)

Ea, pues ya pasó el verano. Bueno, si queremos ser cronológicamente rigurosos, hemos de reconocer que aún le restan un par de semanillas que son una mera transición hacia el otoño. Lo que pasa es que a mí, ayer, ya me dieron fuerte y flojo en mi segunda guardia desde la vuelta, tenemos los bolsillos "pelaos" de pagar uniformes, libros y material escolar con el 21% de IVA y el cuerpo medio se me está haciendo. Vamos, que se me está antojando comerme un polvorón y tocar la pandereta...
Pero, ¡qué diablos!, no estoy aquí para hablar del verano, las vacaciones y nuestro veraneo en particular que, por otra parte, ha sido estupendo, recorriendo varias playas de la costa gaditana y dándolo todo en mi Maranchón natal, disfrutando de la hospitalidad de Yoyo y Armando, de Juancar y Mª José, de Isabelo y Loli, de Merce y Alfonso, de mi hermana Marta y mi cuñado Lolo... ¡Rediós! Hemos estado de gorra medio verano... debe ser la crisis y la prima de riesgo. En fin, que millones de gracias a todos los que nos habéis acogido y hecho disfrutar. Os queremos a tope.
Pero, bueno, había dicho que no hablaría del veraneo y ya la estoy liando parda. Hoy quería volver a hablar de una película: evidentemente, la del título del post.
"INTOCABLE" (Francia, 2011), dirigida por Olivier Nakache y Eric Toledano (http://www.filmaffinity.com/es/film217719.html) y que espero que ya muchos hayáis disfrutado.
Hace unos meses, mi querida amiga Yoyo me dijo: "tienes que ver INTOCABLE; te va a encantar". Luego añadió: "Estoy deseando leer tu entrada del blog sobre ella". Y luego babeó un poco hablando de nosequé negro mu fuerte y mu guapo que bailaba de maravilla... y algunos comentarios entre subidos de tono y verduscones que no puedo reproducir en horario infantil...
En fin, darling, que te dedico esta entrada con mucho cariño: ¡Va por ti!
Como siempre, por cortesía de Fimaffinity, la sinopsis:
Philippe, un aristócrata que se ha quedado tetrapléjico a causa de un accidente de parapente, contrata como cuidador a domicilio a Driss, un inmigrante de un barrio marginal recién salido de la cárcel. Aunque, a primera vista, no parece la persona más indicada, los dos acaban logrando que convivan Vivaldi y Earth Wind and Fire, la elocuencia y la hilaridad, los trajes de etiqueta y el chándal. Dos mundos enfrentados que, poco a poco, congenian hasta forjar una amistad tan disparatada, divertida y sólida como inesperada, una relación única en su especie... (FILMAFFINITY).
Creo que no destripo nada porque, cualquiera que haya visto el "trailer" es capaz de obtener una visión global de la historia que va a presenciar durante algo más de 100 minutos. Tampoco se trata de una película en la que el final o su desenlace inesperado soporten un gran peso. Es, más bien, una película edificada sobre los sólidos ladrillos que son esos sentimientos que huyen de relamerse o flagelarse, bien unidos por ese infalible cemento mezclado a base de ingredientes que nunca fallan: la sensibilidad, la inteligencia y el humor.
El argumento, pese a estar inspirado en una historia real (quizá sea esa su mayor virtud), no brilla por su originalidad. Que un millonario tetrapléjico busque cuidador y elija al que el sentido común le haría enviar más lejos y que, éste, resulte ser maravilloso resulta algo previsible. No obstante, donde la película brilla es en la forma de narrar la historia, en su lenguaje, en sus detalles, en la complicidad de los protagonistas y secundarios, en un fresco e inteligente guión lleno de chispa y en unas interpretaciones conmovedoras. La banda sonora te cautiva y te acorrala entre el siempre evocador piano de Ludovico Einaudi, algunas eternas piezas de música clásica y algunos conocidos hits de la música de los 70 (George Benson, Terry Callier, Nina Simone...). El baile que se marca Driss en la fiesta de cumpleaños de Philippe te deja boquiabierto (y a algunas, babeando...jaja) y te descubre insospechadas habilidades en este joven actor.
Los gags se suceden con ritmo vertiginoso y funcionan a la perfección, haciéndote casi olvidar que se trata de un tetrapléjico y su cuidador, cuando más bien parecen dos amigotes haciendo de las suyas y pasándolo en grande, terminando la película contagiado de una felicidad, un buen humor y un buenrrollismo al alcance de pocas cintas.
Creo que ya alguna vez he contado cómo es esa sensación que me hace notar cuándo una película me ha parecido buena: es eso de que durante un par de semanas no puedo dejar de pensar en ella (es una forma de hablar, claro). Me ronda todo el día la cabeza y me obliga a pensar. Parece como si su director hubiera acertado a colarse en mi cerebro y tras tocar algunas fibras y resortes, la película me interroga de forma constante. Pienso mucho en INTOCABLE porque pienso mucho en la enfermedad, porque la tengo muy presente por mi profesión y por la situación de algunos seres queridos.
¿Qué es lo que hizo que Driss (Omar Sy) resultara el cuidador perfecto para Philippe (Francoise Cluzet), devolviéndole las ganas de reir, de disfrutar y de vivir? Un inmigrante negro de clase baja, recién salido de prisión, mal vestido y sin la menor titulación sanitaria. Muy sencillo: le trataba con normalidad, sin sentir lástima por él, sin recordarle en cada momento lo dramática de su situación. Conseguía que se olvidara de la parte de su cuerpo que no volvería a funcionar, haciéndole disfrutar al 300% del 20% que mantenía operativo. Y, sobre todo, sobre todo, sobre todo, derrochando humor. Haciéndole reir, literalmente troncharse de la risa, golfear, bromear, intercambiar golpes de ingenio, pincharle, rozar lo irreverente. El humor como terapia: en resumidas cuentas. El humor como bálsamo, como tratamiento paliativo y curativo, como respuesta a lo que no tiene respuesta, como único, lógico, definitivo e inmejorable antídoto contra la tristeza.
La lógica que tan pocas veces usamos, la coherencia que tan olvidada tenemos: dar normalidad al que la ha perdido, dar risa a quien ha sido invadido por la tristeza, situarnos en el lugar de aquella persona a quien pretendemos comprender.
Todo esto me reaviva esa triste realidad del tiempo en el que vivimos que valora más lo académico que lo personal, lo cuantitativo que lo cualitativo, lo físico y tangible sobre lo humano o lo espiritual. No soy un friki ni un iluso, la formación y la profesionalidad son fundamentales; sólo defiendo que no lo son todo. Que, debieran, al menos, ser complementadas con altas dosis de humanidad, de empatía, de sensibilidad y, ¿por qué no?, de humor.
Cada día, en mi vida y en mi profesión, trato de elevarlas, incluso por encima de de lo razonable. Sólo espero que consigan su propósito, haciendo llegar a otras personas, algo más que paracetamoles o augmentines... Y me gusta pensar que puedo ser un poco como Driss, algo menos negro, de napia igual, bailón pero con menos estilo, tan cortito de currículum y con la misma capacidad de arrancar una sonrisa y de tocar en ese huequito que hay entre el corazón y el alma.
Dios me oiga.

domingo, 1 de julio de 2012

El primer día del resto de tu vida

Como buen escritor (¡já!) siempre he tratado de huír de las frases tópicas y manidas. Lo recomiendan todas las guías para escritores novatos. Y no traigo a colación ese título porque sea aficionado a prescindir de todas las sensatas recomendaciones que escucho o leo, sino porque es el título de una buena película que vi ayer.
Mi señora se durmió, pero no por aburrimiento, sino por sueño y porque se "envicia" y se "endroga" con el sofá y con los cojines. Y, mira que es pequeño nuestro viejo sofá...
La peli se llama "El primer día del resto de tu vida" (Rèmi Bezancon, 2008. Francia). http://www.filmaffinity.com/es/film692756.html
Es una de esas películas sin puñetazos, recreaciones virtuales ni efectos especiales. Todos los golpes que se dan caen sobre el alma y resuenan por sus recovecos más íntimos. Os la recomiendo, básicamente, porque le encuentro varias sencillas virtudes. A saber:
Lo que cuenta no es nuevo, es más, es tan viejo como la vida y las personas, pero su grandeza radica en la forma en la que lo hace; la verosimilitud de sus cercanos personajes y la proximidad en lo que les pasa.
Recorre territorios comunes a los sentimientos y recuerdos de cualquiera de nosotros, tanto por las interrelaciones familiares como por los cruciales momentos de transición que viven cada uno de ellos. Y, por encima de todo, la delicada y sensible forma en que está narrada, con una especial capacidad del director para reflejar esos pequeños detalles de la vida que, siendo insignificantes, resultan precisos para engrandecerla.
Os guste más o menos, invito al que no se sienta identificado en algún momento de la peli a volver cuanto antes al lejano planeta del que vino.
Otras virtudes: pues, qué decir, una banda sonora muy por encima de la media habitual en la que se recopilan grandes temas.
Por encima de todo, consigue moverte infinidad de recuerdos y todos esos sentimientos que, sabiendo que están ahí, con frecuencia son olvidados durante largos periodos de tiempo. Demasiado largos. La importancia de la familia, del cariño, del ejemplo, de la responsabilidad y la paternidad, de la educación, de la comunicación, del trabajo, de la confianza, de la empatía... y de tantas otras cuestiones que, a menudo, obviamos por la ferocidad con que nos empuja la vida.
Me ha gustado la película porque me ha hecho recordar, sentir y valorar todo lo que tengo y que doy por supuesto, todo lo que puede ganarse o perderse por una decisión equivocada, todo aquello que vertebra y cohesiona y compone mi cotidianedad y, por consiguiente, mi vida.
Por no aburrir más, otro día os hablaré de otra peli que vi ayer (¡Sí, vimos una en la siesta y otra por la noche! ¡Viva el verano!) y que me gustó también muchísimo: "Un dios salvaje", la última de Roman Polanski (2012). Dos matrimonios encerrados en un piso diseccionando involuntariamente sus vidas y diciéndose de todo los unos a los otros. ¡Apoteósica! Ahí os la suelto, por si queréis verla.
Hace poco también vimos una reciente "precuela", la entretenida y muy aceptable "El origen del planeta de los simios" de Rupert Wyatt, 2011.
Ella me empujó a volver a ver "El planeta de los simios" original (no el pastiche de Tim Burton, 2001), de Franklyn J. Schaffner, 1968. Una inconmensurable peli de ciencia-ficción que inevitablemente te hace replantearte la condición humana y sus posibles consecuencias. Como dice Javier Ocaña en Filmaffinity, "Una de las mejores películas de Ciencia-Ficción hechas hasta la fecha. Mantiene todo su esplendor, sobre todo por su apocalíptico final: si no sabes cómo acaba la película tienes toda mi envidia".
Ah, y os tengo que hablar de la trilogía de El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972, 1974, 1990) que la he visto estos meses y aún la estoy digeriendo cual cinéfilo rumiante. Igual debería ver de nuevo las tres antes de pronunciarme, pero entiendo que sean unamimemente consideradas entre las 10 mejores películas de la historia del cine...
Uy, uy, uy... que me lío.
Ojalá estuviéramos siempre abiertos a aprender todo lo que algunas películas están dispuestas a enseñarnos.
¡Qué grande es el cine!


--
Salvador Terceño Raposo

sábado, 10 de marzo de 2012

The artist: un películón que te hace enmudecer

El día de Andalucía fui con mi amada esposa al cine.
Esa mañana, de forma paralela al sentimiento patriótico autonómico, creció en mí unas incontenibles ganas de ver una película en la gran pantalla. La noche anterior, la 84ª gala de entrega de los premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas (los Oscars) encumbraba a una película inusual, por su factura y por su valentía: "The artist".
No es por ponerme medallas, pero desde que oí hablar de ella me moría de ganas por verla. Evidentemente, tras las 5 estatuíllas (mejor película, mejor director, mejor actor protagonista, mejor vestuario y mejor banda sonora original), mi ansia cinematográfica se disparó hasta convertirse en "ansia viva".
Mi amigo Coque me había contado un suceso verídico profundamente triste: cuando fue al cine a verla (N. Plaza) se acercó a la taquilla y pidió su entrada para la sala en la que proyectaban "The artist":
-Señor (no creo que le dijera "señor" pero bueno, queda mejor), que es una película muda... -informó la taquillera, como tratando de quitarle las ganas de verla.
-Sí, sí, ya -repuso mi amigo-, deme la entrada por favor.
-Pero es que es en blanco y negro -insistió la chica.
-Ya lo sé, señorita -insistió Coque-. ¿Me da la entrada por favor?
Silencio incómodo.
-Verá, señor (sigo sin creer que le dijera "señor"), es que es una película muda y en blanco y negro y no se pasa en todas las sesiones, sólo en algunas...
De verdad, yo creo que esto es pa echarse a llorar. Cinematográficamente hablando, claro.
Estamos tan sumergidos en lo comercial, lo zafio y la más profunda incultura, que el verdadero arte, lo bello, lo sensible, lo inteligente... apenas tiene la posibilidad de sobrevivir saliendo a flote entre los prejuicios y la estupidez. La gente no quiere ver esas películas y, a la primera de cambio, los cines dejan de ponerlas. Entiendo que todo es negocio y lo que no produce se quita, pero, ¡que me parta un rayo si no es una verdadera pena!
Michel Hazanavicius ha ideado y dirigido maravillosamente una deliciosa película que te cautiva y te asombra desde el minuto uno. Aparte de ser en blanco y negro y muda, informo a los escepticos que no sean capaces de imaginarlo por si mismos, que la película narra una cautivadora historia, tiene un inteligente guión aunque casi no tenga diálogos (escasos subtítulos leídos), unos actores principales y secundarios que bordan el difícil papel mudo, una banda sonora sublime (Ludovic Bource) que lo envuelve todo, dando luz sonora al mudo silencio, un vestuario absolutamente verosímil y todo, todo, todo lo necesario para convertirla en una obra maestra, un clásico del séptimo arte.
La película narra de manera ágil, hábil y entretenida la historia de George Valentin (Jean Dujardin), una idolatrada estrella del cine mudo de los primeros años de Hollywood y su declive y caída en el ostracismo con la llegada del cine sonoro a finales de los años 20 del pasado siglo XX. La historia del cine contada a través de la vida de sus más directos protagonistas, los actores... las fulgurantes estrellas que tan pronto suben como se estrellan y desaparecen hechos añicos.
Si hay conflicto, hay historia. En este caso el conflicto se manifiesta en dos facetas, el conflicto en la industria cinematográfica que se divide entre los seguidores y los detractores del "nuevo" cine sonoro y el conflicto personal de George Valentin que se niega a evolucionar, a aceptar lo inevitable: que los tiempos cambian, los cambios llegan y, según reza la inflexible máxima de la naturaleza, sólo quien se adapta, sobrevive.
Para colmo, el célebre actor vive un matrimonio en el que el amor brilla por su ausencia y de su esposa sólo recibe desdén o, en el mejor de los casos, indiferencia. Su pequeño y simpático perrito (es-pec-ta-cu-lar) le acompaña a todas partes, suponiendo la única relación sincera y perdurable de la estrella. Entonces conoce accidentalmente a una chica, Peppy Miller (Bérénice Bejo), una joven y preciosa aspirante a actriz que irrumpirá en su vida de forma que ya no podrá volver a ser la misma.
En fin, no quiero contar más porque espero sinceramente que vayáis al cine a verla. Merece cada uno de los 6,20 euros que cuesta la entrada y te deja la indescriptible sensación de no haber visto jamás nada igual. Sus brillantes escenas aún permanecen en mis retinas y se han aferrado a mi cerebro con una fuerza inusual; la música aún vibra en mis tímpanos y mis labios la tararean involuntariamente hasta el punto que, en ocasiones, me sorprendo a mí mismo caminando alegre como George Valentin, silbando su melodía, con las manos en los bolsillos y mi perrito imaginario revoloteando alrededor de mis pies, contagiado de su luminosidad, de su alegría, de su vida.
Estoy seguro de que las siete personas que estábamos aquella noche en la sala salimos igual de satisfechos y, ¿por qué no?, felices, tras ver "The artist".
¡Sea Vd. joven y vaya al cine!
(¡Qué recuerdos!)

miércoles, 11 de enero de 2012

Dogville: si no la has visto, le debes algo a tu cerebro!

Hay películas y películas, eso ya se sabe.

Que sea un amante del buen cine no me convierte en un friki ni me incapacita para disfrutar de algún producto esencial y descaradamente comercial, de la misma manera que uno se deleita ante "Las meninas" de Velazquez, "La gioconda" de da Vinci o el "Guernica" de Picasso y, además, es capaz de disfrutar un rato de los dibujos a tiza que pinta en el suelo un artista callejero.

Recuerdo comedias como "Resacón en las vegas" y "Bienvenidos al norte"; románticas como "Algo para recordar" o "Notting Hill"; thrillers como "Más allá de la duda" o "Poder absoluto"; o de acción como cualquiera de "Arma letal" o "La jungla de cristal" que me han entretenido e incluso interesado. Y confieso que difícilmente podría resistir la tentación de volver a verlas si me las encuentro una noche zapeando por los variopintos canales de nuestra TDT.

Pero, para mí, una buena película debe tener algo más. Sin entrar en detalles técnicos de producción y montaje, etc., la concepción de la película ha de nacer en torno a la necesidad de transmitir algo; una idea, un conflicto, unos valores, una inquietud, un problema; una denuncia... Ese origen, unido a un buen guión, buenos actores y un buen director, han de dar, necesariamente, un buen producto.
Según mi experiencia, todas las buenas películas han provocado en mí dos efectos inequívocos. El primero es esa sensación de satisfacción, de plenitud, en el momento de terminar de ver la película. El segundo, es que se me quedan rondando por la cabeza y sus pensamientos durante varios días, haciéndome recordar escenas, personajes, sensaciones, frases o situaciones.

La última película que he visto me ha dejado ese "efecto secundario" que aún me dura. No puedo evitar recomendarla, aun a riesgo de que alguien me suelte a los perros...
Como ya sabéis por este blog, mi señora ya tolera con cierto gusto las películas "de chinos" que a veces le pongo; incluso, a veces, me dice: "pon una de las tuyas". Hace unos meses puse Dogville (Lars von Trier, 2003) y a los dos minutos estaba resoplando incómoda. Yo soy un hombre casado y sé cuál es mi sitio. Además soy un as pillando las indirectas; así que la tuve que quitar. Hace poco me acordé de ella y decidí verla, pues mi madre me la había recomendado en múltiples ocasiones con esa vehemencia habitual que adoro.
Entiendo que es una peli que necesita una oportunidad por parte del espectador. Tiene una estética absolutamente inusual (y pienso que sorprendentemente genial), casi sin decorados, simple y oscura, cercana a lo teatral, que choca y, por lo extraño, puede provocar cierto rechazo inicial.
Si uno consigue darle esa oportunidad y se deshace de los perniciosos prejuicios, inmediatamente comienza a meterse en la narración, en la historia, en sus personajes y acaba absolutamente dentro del pueblo de Dogville.
A lo largo de un prólogo y nueve capítulos, su director, el genial danés Lars von Trier, desgrana una historia y expone sus cartas sobre la mesa dispuesto a que juguemos una partida con la mente expuesta a golpes y el alma puesta al descubierto.
Copio y pego la sinopsis de la película según Filmaffinity, para que luego digan que no resumo:
"Grace llega a la remota localidad de Dogville huyendo de una banda de «gangsters». Persuadidos por las palabras de Tom, que se ha erigido en portavoz de la pequeña comunidad, sus integrantes se avienen a ocultarla. Grace, en justa correspondencia, acepta trabajar para ellos. Sin embargo, cuando Dogville sea sometido a una intensa vigilancia policial para dar con la fugitiva, sus habitantes exigirán un acuerdo más favorable, que les compense del peligro que corren al darle cobijo. Grace aprenderá, de un modo brutal, que en este lugar la bondad es algo muy relativo. Pero ella guarda un secreto que no quiere desvelar. (FILMAFFINITY)".
Me cortaría una mano antes de contar el final de una película. Bueno, no, pero no lo voy a hacer. Aun así, el final no es lo más importante; esta no es una película policiaca ni un thriller o una de misterio en que, a la postre, se desvela quién mató a novia del detective. Ésta es una película que desnuda y denuncia la condición humana. Nos muestra de lo que seríamos capaces llegado el momento o si las circunstancias así lo condicionan. Muestra cómo el ser humano, de forma individual o colectiva bajo el amparo de una sociedad, es capaz de lo peor, tanto por acción como por omisión y, al ser testigos desde el exterior, tomamos consciencia de que ningún amparo, ningún auspicio, ninguna excusa o justificación, legitiman ciertos comportamientos egoístas, violentos denigrantes y deshumanizantes como los que tienen lugar en Dogville.
La creación y construcción de los personajes me parece sublime. El ritmo narrativo que de desarrolla tiende a la perfección y me recordó al conocidísimo "Canon" de Pachelbel en el que van incorporándose instrumentos y se va acelerando el ritmo a medida que avanza la obra, de forma casi imperceptible. Los actores, a pesar de la teatral puesta en escena, resulta verosímiles en la pantalla, con especial mención para Nicole Kidman (Grace) que lleva con facilidad el durísimo peso de semejante papel protagonista. Me cuesta ver a otra actriz capaz de meterse con holgura en tan brutal papel.
El resto de actores, habitantes de Doville hacen unos notables papeles secundarios. Si se me permite la licencia, a Paul Bettany (Tom) entran ganas de darle dos buenas guantás, porque no se puede ser más tonto. Y los veteranos Lauren Bacall, Ben Gazzara y James Caan aportan con su sutil solvencia un estimable peso a la obra.
Que sí, que sí, que ya acabo.
Motivos para verla:
1-Te vapulea la mente y el alma. Te hace pensar y "sufrir".
2-La valentía del director.
3-La original puesta en escena.
4-Es diferente y conmovedora, pero de verdad, no como los telefilmes de después de comer.
5-Hay que ver el "Guernica" aunque sea un poco raro, en blanco y negro y no se entienda del todo bien.
Asumo que este tipo de películas no tiene porqué gustar a todo el mundo: la recomiendo porque a mí me ha gustado, porque creo que enriquece a quien la ve y porque me apetece, claro. Espero que la disfrutéis.
¡Qué grande es el cine!
Besos para todos.

martes, 9 de agosto de 2011

Mediatarde en Sevilla, Midnight in Paris

Ayer fuimos al cine. ¡Dios! Ni me acordaba de la última vez que vimos una peli en pantalla grande... No sé...¿"Ben Hur"? Bueno, tonterías aparte, si no me falla la memoria, creo recordar que la última vez (pelis infantiles a un lado) fue otra de Woody Allen, "Conocerás al hombre de tus sueños". También me gustó.
Y es que Woody me vuelve loco, por si no lo sabéis.

Ayer disfrutamos de "Midnight in Paris" y de un Woody Allen absolutamente en forma, lleno de inspiración y con la madurez tras la cámara de un viejo tipo con mucho talento que arrastra a sus espaldas la friolera de 42 películas, la mayoría de ellas geniales.

Allen es un maestro. Su habilidad técnica no es discutida por casi nadie y es, precisamente, en su propio lenguaje, en sus temas y en sus personajes, donde obtiene el reconocimiento de sus fans y de la crítica. También su obsesiva reincidencia temática es el origen de la mayoría de las críticas de sus detractores que suelen recriminarle que siempre habla de lo mismo. Pero, claro, lo que queda tras quitar todo lo aportado por aspectos técnicos es la esencia: es Woody Allen. Y, probablemente, o te apasiona o acabas odiándolo. Tampoco pasa nada.

En "Midnight in Paris", apoyado en unos magníficos actores y en un escenario inmejorable -la incomparable ciudad de París-, Allen despliega sus mejores armas, el humor, la sensibilidad, los personajes, los diálogos, y dibuja una fantástica comedia romántico-fantástica en la que un escritor (Owen Wilson) persigue sus sueños al tiempo que, por pura necesidad y por suerte para él, se aleja de su vida real.
Gil sueña con escribir una novela y con vivir en la lluviosa Paris, pero es guionista en Hollywood e Inez, su prometida -una caprichosa hija de papá- se ha empeñado en vivir en Malibú. A pesar de que estos no tragan a Gil, acompañan a los padres de Inez en viaje de negocios a París, aprovechando la ocasión para visitar la ciudad. Casualmente, coinciden esos días con una pareja de amigos de Inez y ella parece sentirse muy atraída por la apabullante intelectualidad de Paul. Gil se siente fascinado por la ciudad y detesta los planes que Inez prepara con sus odiosos padres y su pedante amigo y, pronto, comienza a hacer planes por su cuenta. Una noche, Inez se va a bailar con Paul y su novia y Gil, ligeramente borracho, decide irse al hotel dando un paseo. Se pierde y, al sonar las campanadas de la medianoche, algo extraño y fantástico ocurre: de repente, sin saber muy bien cómo ni porqué, se encuentra en la París de los años veinte (del siglo XX) y comienza a alternar con los grandes personajes literarios y artísticos de la época, Scott y Zelda Fitgerald, Cole y Linda Porter, Gertrude Stein, Pablo Picasso, Salvador dalí, Luís Buñuel, Ernest Hemingway, Josephine Baker, T. S. Elliot, Belmonte... Allí conoce también a la hermosa Adriana...

En fin, no quiero contar más. Allen consigue sumergirnos inmediatamente en una ciudad, en un ambiente, en unos personajes y en una historia que nos atrapa y no nos suelta. La maravillosa selección musical del genio de Brooklyn lo envuelve todo, de principio a fin y sirve de hilo conductor en una historia que viaja sola, plácida y divertidamente, y en la que disfrutas tato que jamás te planteas si lo que está ocuriendo es posible o no. La verosimilitud de los hechos no es lo importante aquí, su belleza, su lógica, su trasfondo, es lo importante. Perseguir los sueños es importante. Amar es importante. París es importante.

Entiendo que no soy un observador imparcial y objetivo, pues Woody Allen me pirra, pero sólo puedo decir que la película es buena, divertida y muy entretenida; un romántico homenaje a París y a las personas que no pueden evitar perseguir sus sueños aunque ello signifique nadar a contracorriente.

¿Qué más puedo decir?
Que lo último que había visto fue Kung-Fu Panda 2... ¡y que también me gustó!
Que puedes ver Linterna verde, Thor, Capitán América, Tron, Cars 2, Los Pitufos, etc en 15 cines y a Woody Allen en sólo 2 y de milagro.
Que me he perdido El discurso del Rey en pantalla grande.
Que odio las pelis en 3D.
¡Que nos costó 7 euros cada entrada!
Que me encanta ver los créditos finales de las pelis de Woody Allen, con esas letras blancas sobre fondo negro y el jazz sonando a tope, todavía con el regusto de la peli en los ojos...
Que me niego a ver Vicky Cristina Barcelona porque todos el mundo dice que es un bodrio.
Que en la calle hacía 40ºC.
Que estábamos 7 personas en la sala.
Y que os quiero, hombre.
Eso.