Collage íntimo

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jueves, 9 de octubre de 2014

“VERANO AZUL”, “BOYHOOD” Y EL SACERDOTE CON ACENTO SOVIÉTICO

Bueno, pues ya pasó el cálido verano. Hace tiempo. La pura verdad es que me he relajado tanto y he tenido el tiempo tan ocupado, que no he sentido la necesidad de escribir en el blog. He estado leyendo mucho y he disfrutado de eso. A veces se me ocurría alguna cosilla, pensé en las típicas imágenes veraniegas, pero ya he hablado alguna vez de eso y tampoco quiero repetirme y aburrir al personal. Este año, no.
Pero llevo ya unas semanas con esta idea revoloteando por dentro de mi cabeza y me apetecía hablar de ello. A mediados de verano nos enteramos de que estaban reponiendo la famosa serie "Verano azul". Unos primos y amigos ya la estaban viendo. Hacía unos días que había empezado a emitirse a la hora del almuerzo, pero soy partidario enfermizo de no ver nada "ya empezado". Soy absolutamente incapaz de ver una película que lleve ya empezada cinco minutos… Pero, gracias a las nuevas tecnologías y  la televisión a la carta de TVE, pudimos iniciarla desde el primer capítulo.
Desde que los niños comenzaron a crecer y a ser medio personas, tenía clarísimo que quería que vieran esta serie. Mejor aún, verla con ellos. Guardaba un recuerdo virgen, por decirlo de algún modo, de aquel primer disfrute en su estreno de 1981. El recuerdo de una primera y única visión con ojos de niño, sin el vicio de alteraciones posteriores, de los "filtros" ejercidos por cada renovada perspectiva de diferentes edades. Me agradaba la idea de haberlo conservado así. Quizá por eso he descubierto tantas y tantas cosas al cabo de los años; porque ha pasado el suficiente tiempo, el necesario, y "mis ojos" han cambiado mucho.
"Verano azul", aparentemente, puede parecer una serie "infantil". Podría también, entre los que me incluyo, ser considerada como "familiar". Personalmente, y haciendo un órdago a la grande, diría más: creo que es una serie imprescindible para padres que quieran descubrir algo más de la vida y de los hijos, y aprender a disfrutarla como si fueran niños. Sirve, además, para aprovechar y ver algo "en familia" en ese aparato doméstico que nunca descansa. Recomiendo olvidarse de los Pokemon y de las noticias y llenar bien el sofá de cuerpos menudos y menos menudos, entrelazados, abrazados, bien juntitos… Y aprovechar las historias que se van sucediendo a lo largo de estos 19 capítulos de una hora, y aprovechar las diversas y cotidianas situaciones que en ellos se nos presentan para hablar, explicar y educar a nuestros hijos… Con medida y mesura, ¿eh?, que como se den cuenta de que aquello huele a encerrona educativa, salen por piernas y no hay quien los pille. Que ya sabemos cómo se las gastan.
En mi humilde y poco experta opinión, Antonio Mercero realizó en 1981 una de las grandes obras maestras de la televisión. Lo que ocurre, es que, a menudo, a aquello que se presenta con un tono amable y divertido, rápidamente lo clasificamos como obra menor, carente del fondo y la enjundia que tienen las obras puramente dramáticas. Craso error.
Esta serie, en mi opinión, y envuelta en un agradable tono de comedia infantil, es un gran drama cuyo tema principal es el viaje iniciático que nos lleva a todos de la infancia a la edad adulta. Esa edad crucial en que se descubren los grandes sentimientos, las grandes verdades y los terribles secretos de la vida de los mayores. Ubicada cronológicamente en un largo verano, de aquellos en que los hijos permanecían en el lugar de veraneo con las madres mientras los padres, salvo quizá un par de semanas, quedaban como "Rodríguez", solos en la vivienda familiar. Alguna que otra película del "landismo" ha nacido de ese concepto ibérico y cachondón, pero ese es otro tema… A lo largo de los capítulos y del verano, se suceden conflictos en torno a los grandes temas de nuestra existencia y van siendo tratados de forma tierna y aleccionadora. La paternidad, la amistad, la pérdida, el paso a la vida adulta, la política, los celos, la rivalidad, el amor, la sexualidad, la enfermedad, el conflicto generacional, el compañerismo y la solidaridad, y temas que entonces apenas comenzaban a brotar como el ecologismo y el divorcio.
Los padres de los chiquillos (salvo Agustín, el modélico y cercano padre de Bea y Tito) parecían no acertar nunca con la tecla en la difícil tarea de la educación y se indignaban e incomodaban con la amistad surgida entre los chicos y el binomio compuesto  por Julia, la solitaria pintora (María Garralón) y el viejo marinero y pescador Chanquete (Antonio Ferrandis). En el fondo, se deja entrever que el irresoluble misterio residía en algo tan sencillo y eficaz como saber escuchar, dedicarles tiempo, atenderles, preocuparse por sus cosas, empatizar con sus preocupaciones y sus problemas.
Aparte de deliciosamente divertida y llena de enseñanzas, esta serie es una magnífica ocasión para hacer eso, dedicarles tiempo, hacer algo tan sencillo como "ver la tele con ellos" y aprovechar para hablar y para aprender. Me refiero a nosotros.
* * *
Relacionada, en cierta forma, con estas sensaciones paterno filiales experimentadas con Verano Azul, necesito hablar de la película "BOYHOOD" (2.014), un film de Richard Linklater, director al que adoro y del que ya os hablé en relación a aquella trilogía "Antes del amanecer", "Antes del atardecer" y "Antes del anochecer".
Igual habéis escuchado algo sobre esta película (o incluso la habéis visto). Es esa cuya primera genialidad reside en su idea conceptual: contar la historia de la infancia de un niño (y su entorno familiar) usando a los mismos actores durante doce años. Al inicio de la película, Mason (Ellar Coltrane) tiene seis años y esta acaba cuando cumple los dieciocho y se marcha a la universidad. No recuerdo que "esto" se haya hecho antes y sólo por eso creo ya merece la pena ir al cine a verla. Un amigo me preguntó: "¿Pero la película tiene algo más o solo es "eso" de que son los mismos actores?". En mi opinión "eso" es sólo la punta del iceberg, el brillante germen que la hace brotar, pero el resto, el desarrollo de la historia, el afinado guión, las medidas interpretaciones, la insólita verosimilitud, la transparencia de intenciones, la emocionante verdad que muestra en cada personaje, en cada situación, en cada sentimiento.
Lo último que desearía es destripar la película contando qué ocurre e ella, pero, dado que no se trata de un thriller en el que es crucial no desvelar quién es el asesino hasta el momento final y dado que su secreto reside en haber sabido mostrar con genialidad pasajes de unas vidas normales y corrientes (de ahí su subtítulo "Momentos de una vida"), creo que puedo permitirme hablar un poco sobre ella. No mucho, tranquilos.
Mason (Ellar Coltrane) es un niño de seis años, de carácter más bien introvertido. Vive con su madre, joven, separada y abnegada, (Patricia Arquette) y su hermana (Lorelei Linklater). El padre (Ethan Hawke), un aspirante a músico que parece haber desaparecido de la faz de la tierra, sobrepasado por la precoz e indeseada paternidad, de repente vuelve a contactar con ellos y a formar parte de sus vidas en forma de visitas de fin de semana. Así inicia su andadura esta película, a lo largo de la cual se van sucediendo acontecimientos mágicamente cotidianos (con los que resulta fácil identificarse) y a veces dramáticos, propios de cualquier familia moderna.
La madre (Patricia Arquette) no parece ser capaz de controlar su vida, siempre corriendo de un lado para otro. Volcada en los continuos cuidados que precisan sus dos hijos pequeños, sufre el abandono de si misma y de su vida emocional. Cuando los chicos han crecido un poco, decide estudiar para labrarse un futuro. Pronto comienza una relación con un carismático profesor de la facultad. Se suceden una serie de relaciones y cambios de residencia que con frecuencia la alejan de la estabilidad buscada. Finalmente, tanto personal como profesionalmente, su vida parece asentarse, coincidiendo con la época en que los hijos comienzan a ser mayores y a hacer planes por su cuenta.
El padre (Ethan Hawke), es un tipo divertido, gran hablador y práctico consejero. Pretende ser músico. Cuando vuelve a sus vidas, su ex mujer le recrimina constantemente su inmadurez y falta de responsabilidad y compromiso. Durante las actividades de los fines de semana, a base de forzar un diálogo constante, consigue lo que parece un logro imposible para ella (por culpa de las ingratas e interminables tareas cotidianas) interiorizar en sus corazones, conocer sus inquietudes, sus necesidades y divertirse juntos. Aunque su posición es cómoda, pues carece de cargas diarias y aparece sólo el fin de semana para ratos de ocio, ejerce una gran labor de asesoramiento, de escucha, de complicidad y cercanía. Y, aunque de forma independiente, consigue convertirse un complemento indispensable para la educación inevitablemente apresurada de su exmujer.
La hermana (Lorelai Linklater) es una hermana algo mayor, distante y poco afín a Mason. Durante toda la película se mantiene alejada de él y rivaliza abiertamente en lo que parece una relación poco fluida. Mason la sufre con hábil resignación.
Doce años dan para mucho y, a lo largo de ellos, se entretejen, como en la propia vida real, las historias de Mason y de sus padres, sucediéndose momentos dulces y amargos, éxitos y fracasos, relaciones y soledades, ilusiones y decepciones, estabilidad y cambios… La madre de Mason tratando de crecer y encontrar la estabilidad emocional, la pareja definitiva. El padre, madurando y aprendiendo a asumir la triste realidad en la que la música solo será un hobby y debe resignarse a llevar una vida como la de los otros tipos normales.
Y Mason, el pequeño Mason, sin darse cuenta, librando una de las batallas cotidianas más duras que existen, la de crecer, la de madurar, la de hacerse hombre (más aún en esa peculiar cultura yanqui en la que a los dieciocho "picas billete" y comienzas a tener que buscarte la vida). Especialmente los chicos como Mason, sensibles, delicados, especiales, desplazados del prototipo de "chico popular" al que aspiran el 95% de los estudiantes de instituto norteamericanos, el triunfador, el súper-sociable, el capitán del equipo de fútbol que será coronado en el baile junto a la jefa de las animadoras. Mason no es nada de eso (me siento muy identificado con él). Es tímido, poco hablador, un poco "pa dentro", como decía Pedro Guerra. Pronto descubrimos su sensibilidad y esa forma diferente de ver el mundo que, con los años, acabará determinando su vocación y la que se intuye será su profesión.
En resumen, una película rica, cercana, identificable, tierna y amablemente conmovedora que, mostrando pasajes sencillos, me enseñó cosas de la vida que no sabía. Y, sobre todo, me regaló el milagro cinematográfico de ver pasar "una infancia" en dos horas y media, recordándome la cruel fugacidad de la vida, haciéndome tomar conciencia de lo rápida que puede pasar la de mis hijos, delante de mis narices, sin poder detenerla para alargarla, para saborearla. Todavía me dura el pellizco.
* * *
Vengo del tanatorio. Ha fallecido la madre de una amiga. Hemos escuchado misa y rezado en ambiente muy recogido. El sacerdote, que hablaba perfecto español con acento soviético, ha hablado como hacía tiempo que no escuchaba hablar a un sacerdote.  Ha comenzado diciendo: "María vivió setenta años. Yo no sé cuánto dura una vida; cuarenta años, cinco, setenta… Pero sí sé que lo importante es cómo se vive, lo que se hace con ese tiempo".  Y ha finalizado con un imperioso "¡Apresúrense a amar! La vida pasa fugazmente. Las personas desaparecen y sólo quedan sus recuerdos. ¡Apresúrense a amar! ¡Dediquen su tiempo a amar a los demás!".

El tiempo: esa cuarta dimensión que todo lo condiciona porque viaja a gran velocidad en una carretera de sentido único y que tanto nos preocupa a Linklater, al sacerdote de acento soviético y a un servidor.  ¡Apresurénse a amar!

miércoles, 14 de agosto de 2013

Ya ha ocurrido... ¡Una sala de cine vacía!

Ya ha ocurrido.
Sabía que tarde o temprano ocurriría, pero uno no acaba de hacerse a la idea por mucho que lo espere. Ayer, lamentablemente, vi una película en una sala de cine absolutamente vacía. Bueno, sin otros espectadores que nosotros, quiero decir. Ejem.
Durante los últimos años he visto películas en salas casi vacías, con apenas cinco o seis solitarias personas agrupadas en parejas o pequeños grupos. Cuando fuimos a ver "The artist" éramos cuatro; recuerdo que nos hicimos una foto con el móvil y todo. En "Midnight in Paris", quizá siete. En "Django desencadenado" recuerdo claramente que éramos seis personas, dos grupúsculos de tres amigotes. Y siempre pensaba, "cualquier día de estos veremos una peli en una sala vacía..." Y ya ha ocurrido.
Entiendo que ayer era 12 de agosto y la sesión fue a las cuatro y cuarto de la tarde. No obviaré estos aspectos. Comprendo que la película no es, precisamente, una película comercial al uso, como otras en cartelera como la nueva de Matt Damon o "Lobezno inmortal", las infantiles "Aviones", "Gru 2" o "Monstruos University". Se trataba de "Antes del anochecer", tercera película (y última) de una trilogía dirigida por Richard Linklater, iniciada en 1995 por "Antes del amanecer" y continuada en 2004 por "Antes del atardecer". Sin duda, de obligado visionado previo.
La trilogía desgrana la historia amorosa de Celine y Jesse desde su primer encuentro veinteañero en Viena (Antes del amanecer), pasando por su reencuentro en París una década después, barnizados por una joven madurez (Antes del atardecer) y, como no podía ser de otra manera, la evolución de su relación, su madurez y sus crisis en la embrutecedora y erosiva convivencia como padres de familia (Antes del anochecer).
 
Algunas críticas:
-"Uno de los grandes romances del cine de la era moderna alcanza su expresión más rica y completa en esta tercera entrega (...) Exquisita, melancólica, hilarante y catártica". Justin Chang: Variety.

-Desde la primera hasta la última escena, Hawke y Delpy sobresalen de manera brillante, vistiendo sus papeles como si fueran una segunda piel". Peter Travers: Rolling Stone.
-No es sólo más oscura que las dos películas anteriores. Es más grande, más profunda y penetrante". Owen Gleiberman: Entertainment weekly.

-"Encontrar el amor es fácil. mantenerse juntos es difícil. Hacer una película tan cálida, divertida y rigurosamente veraz sobre los que se aman y siguen tratando de ser compañeros es aún más difícil". New York Post.

-"Divertido y desgarrador estudio sobre las relaciones sentimentales. (...) Notable entrega de la serie (...) la audiencia que haya envejecido con Celine y Jesse apreciará este nuevo episodio. John DeFore: The Holliwood Reporter.
 
No quiero aburrir con más críticas. Tan sólo unas pinceladas para que conozcáis la valoración general de la crítica con respecto a esta obra.
Pero, independientemente de que me haya parecido genial tanto la película como la serie completa, no es la intención de esta entrada hablar tanto de ella como de esa sala vacía en la que disfruté tanto cogido suavemente de la mano de mi mujer.
Hace un par de días, mi viejo amigo y compañero José Luis Romo hacía un comentario en feisbu sobre su última experiencia cinematográfica. Había ido al cine por primera vez con sus dos hijos y a 7,20 euros la entrada, les había salido la broma (sin refrescos de cola aguados ni palomitas) por casi treinta euros. A nosotros nos pasó algo similar hace poco cuando fuimos a ver con los enanos "Monstruos University" (Recomendable 100%. Mucha risa. Animación genial.). Creo que en aquella sala estábamos unas 10-12 personas (tres familias, vamos).
Esto se une en mi mente a una triste noticia vista hace, quizá, un par de meses en la que se hacía una desconcertada crónica del cierre del último cine en una capital de provincia. Pontevedra, creo recordar. ¡La primera capital de provincia en la que ya no queda ninguna sala de cine abierta! Aquello me sobrecogió.
 
Como casi todos los graves problemas, éste es un problema complejo. El cine no es sólo una mera forma de entretenimiento. Detrás de las películas que disfrutamos o sufrimos en las vacías salas de cine se esconde toda una gran industria de la que dependen miles de empresas y puestos de trabajo directos o indirectos. Echar la culpa de ello a las descargas ilegales es, cuando menos, un análisis mediocre, simplista e incompleto. Pero claro, es más fácil echar la culpa a los demás que mirarse uno mismo con un sincero sentido crítico.
Que las descargas ilegales suponen una evidente vulneración de los derechos de autor y han hecho un significativo daño a la industria son hechos innegables. Que el nivel medio de las películas ha descendido a esa insípida franja entre la mediocridad y el aburrimiento, para mí, también. La industria quiere dinero y suele apostar sobre seguro. Grandes inversiones en superproducciones de acción, ciencia ficción, superhéroes y animación; gran despliegue en promoción y publicidad; y colapso en las carteleras con rápida recuperación de "la manteca" tanto en las salas de estreno como en "juguetes" y "merchandising". Las películas se mantienen en cartelera el tiempo que haga falta, mientras las pequeñas películas que llamaríamos "independientes", de esos directores menos conocidos o nada comerciales, con sus cuidados guiones, sus ajustados presupuestos y su mimada producción... ésas, apenas sobreviven un par de semanas en cartelera. Con frecuencia son clasificadas como geniales, incluso obras maestras, y, a su vez, etiquetadas como fracasos de taquilla.
 
Ayer pensaba yo... ¿cuántas personas más hubieran asistido a la proyección si la entrada costara, por ejemplo, tres euros? En esa sesión del 12 de agosto de 2013 a las 16:15h, hicieron una caja de 14,40 euros. A nada que hubieran asistido 8 personas (¡cuatro románticas parejas!), los ingresos hubieran ascendido a cerca de el doble. ¿Iría más gente al cine si costara 3 euros en lugar de 7,20? Yo estoy convencido de que sí. Independientemente de esta maldita crisis que nos come la vida, el cine es un producto caro. Con cocacolas aguadas y palomitas de tamaño mediano, mucho más.
 
La industria debe actualizarse, sí. Eso estamos hartos de escucharlo. Plataformas digitales de cine online, producciones para ver exclusivamente en internet, cine a la carta, cine gratis a cambio de publicidad... Muy bien, grandes ideas. Pero, ¿de verdad estamos abocados al fracaso y desaparición del cine en las salas comerciales tal y como lo hemos conocido toda la vida? A mí se me ocurre otra solución: actualizarse hacia atrás en lugar de hacia adelante. Volver a hacer películas buenas, de calidad, con más talento y menos inversión y, segundo, volver a plantear una política de precios razonable que atraiga al público a las salas de cine como en aquellos viejos tiempos en que costaba 250 pesetas y, si llegabas un poco justo a la sesión, te tocaba sentarte en esas primeras filas de butacas a los pies de la gran pantalla y llevarte el recuerdo de una buena peli, junto a una mijita de requemor en el cuello y en los ojos.
 
Como esta entrada va de cine, no puedo evitar alargarla un poco (me estaba quedando muy cortita...) con recomendaciones de las últimas pelis vistas este verano:
- Los miserables (Tom Hooper, 2012): En dos palabras, muy buena. Conmovedora obra cinematográfica en la que el hecho de ser un musical (extremo este que echaría para atrás a más de uno y de dos) no sólo no le resta lo más mínimo sino que la engrandece generosamente (para los amantes del género). Quizá supera la proporción razonable de lo cantado y lo hablado y se recrea en cerrados primeros planos.
- La cinta blanca (Michael Haneke, 2012): Haneke, con su demostrada pericia, y ayudado por una genial fotografía en blanco y negro, nos transporta a un pequeño pueblo del norte de Alemania a principio de siglo. Las férreas costumbres, la rigidez en la vivencia de la religión protestante y la sutil manifestación de la oscuridad que pueden albergar los seres humanos en su alma se entrecruzan tejiendo una angustiosa red que te deja sin respiración. La estampa social que dibuja con delicados trazos, nos muestra las incipientes raíces de un fascismo que años después arraigaría con trágica y demoledora fuerza.
- ¡Qué verde era mi valle! (John Ford, 1941): Esta joya del cine ganó los oscar (entre otros) a la mejor película, el mejor director, mejor actor secundario (Donald Crisp), fotografía, y dirección de actores... el año de Ciudadano Kane. Cuenta la vida de los Morgan, una familia en un pueblo minero de Gales, amantes de las tradiciones y respetuosos creyentes. La historia, contada desde los ojos de Huw, del menor de los hijos pone certeramente sobre el tapete los grandes conflictos universales: la familia, el respeto por las tradiciones, el amor platónico, la doble moral de las gentes, todo con el trasfondo de la injusticia social y laboral encarnada en los cuerpos cansados y cubiertos de carbón de los mineros. La bajada de salarios provoca la necesidad de unirse sindicalmente con la intención de ganar fuerza. Ello desencadenará el conflicto laboral en el pueblo y, en particular, dentro de la casa de los Morgan, causando el enfrentamiento de los hijos con el tierno patriarca... En resumen, una sobresaliente lección de cine, de la vida y de los sentimientos.
- Naúfrago en la luna (Castaway on the moon) (Lee Hae-Jun, 2009): pequeña y desconocida joya del pujante cine surcoreano. Narra
 la historia de un hombre, un joven ejecutivo que, fruto de una crisis existencial, se lanza desde un puente al río que pasa por su ciudad y acaba aislado como un naufrago en una pequeña isla fluvial desde la que se ve la ciudad aunque no es capaz de alcanzarla. Una joven que vive recluida voluntariamente en su habitación, aislada de todo el mundo, es la única en percatarse de su existencia e inician una peculiar relación por correspondencia. Una historia de fobias, miedos, soledad y anhelos. Una pequeña fábula sobre la sociedad moderna y las demoledoras consecuencias sobre las personas.
 
A ver si entre todos arreglamos un poco esto, hombre.
Sed felices y ved mucho cine. Se os quiere taco.
 
 

martes, 20 de noviembre de 2012

Así va la vida

Hace unos días fui al hospital materno-infantil de Virgen del Rocío. Mis amigos Andrés y Noelia, tras un interminable y agotador proceso, por fin han tenido a sus pequeños. Andrés nació hecho un toro, evitando la unidad de prematuros y ya está en casa con sus papis. Julia nació con algo menos de peso pero guapísima, hecha una bicheja revoltosa y sin problemas, aparte de que precisó un par de semanas de engorde y maduración al calorcito de la incubadora. La pequeñita Ángela, de forma precoz hace ya algunas semanas, nos robó para siempre ese trocito de corazón. Tras darnos toda una lección de fuerza y supervivencia, tomó un atajillo antes de tiempo hacia el cielo, desde donde seguirá cuidando de sus dos hermanos.
Andrés, Noelia, Andrés y Julia, tras meses de enorme desgaste y sufrimiento, ya son una gran familia. Un poco atípica, pues andan ahora aún desbordados por los agobios y trastornos comunes a todos los padres primerizos. No obstante, con tanto amor, tantas ganas y deseos de hacerlo bien, sólo es cuestión de tiempo que las aguas vuelvan a su cauce y vivan con la normalidad de cualquier otra familia, sólo pendientes de catarros, gormitis y facturas...
A todo esto, mi amigo Andrés andaba detrás mía para que fuera un día con él a la visita de las 19:15h a la unidad de prematuros a conocer a la pequeña Julia. Salvando los habituales escollos por compromisos laborales y familiares, un día por fin, conseguimos coincidir y quedamos allí. Cuando llegamos a la unidad estaba allí Noelia, cosa que, aparte de alegrarme sobremanera, me resultó inesperada. ¿Estás preparado para entrar? ¿Para entrar a ver a tu futura ahijada?, (o algo así) me dijo Andrés, mirándome a los ojos con esa intensidad tan suya. ¿Có... cómo? Yo me sentí anonadado, superado, emocionado, halagado... infinitamente honrado. Mil cosas más. Nos abrazamos los tres con fuerza, besándonos y con esos nuditos invisibles en las gargantas. El resto puede ser bastante obvio... así que os lo ahorro.
La alegría ha sido indescriptible. ¡Claro que estoy preparado! Sólo deseo estar a la altura y corresponder a la confianza y el cariño con los que he sido obsequiado. Millones de gracias.
En fin, así va la vida.
Durante estas últimas semanas me he leído un librito que me ha llegado brutalmente al corazón y que, no me cabe la menor duda, me hará ser mejor persona para ejercer esta nueva responsabilidad de la que he hablado antes. El libro me lo prestaron y recomendaron mis queridos Armando y Yoyo y ha superado las expectativas con creces. Se llama "Martes con mi viejo profesor", del periodista y escritor Mitch Albom. Narrado en primera persona y reflejando hechos y experiencias reales vividos por el mismo Mitch Albom y su profesor de la universidad Morrie Schwartz. Tras entablar una hermosa relación durante los años de universidad, alumno y profesor se separan y Mitch desarrolla una exitosa carrera en el mundo del periodismo deportivo, lo cual le aboca a llevar una vertiginosa y superficial vida, olvidándose de todo lo aprendido durante los años de universidad. Quince años después, Mitch conoce por casualidad la noticia de que su viejo profesor sufre una enfermedad degenerativa que lo abocará sin remedio a la muerte en cuestión de meses. Entonces, Mitch decide tomar un avión y acercarse a ver a su viejo profesor. Ese será el primero de una serie de encuentros semanales (cada martes) durante los cuales desarrollaran una tesis sobre la vida y sus principales temas y pilares. Mientras Mitch toma notas y realiza grabaciones con la intención de hacer llegar los pensamientos de Morrie a todo el mundo, se impregna y deja renacer en él los profundos valores que permanecían sepultados. La muerte, el matrimonio, el miedo a la vejez, la amistad, nuestra cultura, cómo perdura el amor, el perdón, el mundo, el dinero, la familia, las emociones, el arrepentimiento, el sentimiento de lástima por uno mismo... todo lo que para mí, constituye lo verdaderamente importante en la vida.
Me ha emocionado hasta la lágrima y me ha empujado a tomar notas mientras leía y a desear aprender más sobre los demás y sobre mí mismo. Por eso hoy os lo recomiendo.
Por ahí en medio, durante este largo periodo de ausencia, fuimos al cine a ver "Lo imposible" de Juan Antonio Bayona (segunda película tras "El orfanato", que no he visto aún). Por decirlo de forma resumida, hacía tiempo que no lloraba tanto viendo una película. Sinceramente, soy un poco nenaza para estas cosas y suelo emocionarme bastante hasta el extremo de sorber mocos con brutal intensidad, si se presenta la ocasión. La película, en mi opinión, entre otras muchas tiene dos importantes virtudes que consiguen mover tales sentimientos. La primera, que está basada en hechos reales. Todo lo que transcurre durante los 107 minutos de cinta, ocurrió de verdad, a personas reales, españolas.Lo trágicos hechos que vivieron María Belón, su marido Enrique y sus hijos Lucas, Tomás y Simón durante el tsunami que asoló la costa de Tailandia durante la Navidad del año 2004. Con espléndidas interpretaciones, Naomi Watts y Ewan McGregor dan vida al matrimonio, genialmente acompañados por los tres niños, entre los que destaca el que da vida al hijo mayor, un revelador Tom Holland.
La segunda virtud estriba en la vocación de conmover con sobriedad, sin caer en lo melodramático. Conmueve salvajemente todo el daño físico sufrido por los protagonistas, con especial mención para una sublime Naomi Watts a quien acompañamos en su periplo llenos de agitación y desasosiego. Y conmueve hasta lo más profundo del alma la emotividad que rezuma cada fotograma, la capacidad para mostrar y desgranar los sentimientos de pérdida, de miedo, de dolor, de incertidumbre... si se me permite la licencia, con más intensidad en las relaciones paternofiliales que en las de la pareja.
Los aspectos técnicos relacionados con la recreación del desastre, pese a ser magistrales, quedan en un segundo plano. Quizá, como debe ser para que la película sea considerada una muy buena película de forma global y no una de esas películas de desastres y efectos especiales estúpidamente superficiales.
No me atrevería a decir que se trata de una obra maestra, pero sí una muy buena película, de brillante realización y capaz de emocionar con sus interpretaciones y dejarte el corazón tocado por unos días. Ni que decir tiene que merece la pena verla, por supuesto, en pantalla grande.
En fin, así va la vida.
Prometo no tardar tanto la próxima vez...

viernes, 7 de septiembre de 2012

Intocable: una película inolvidable (o el humor como terapia)

Ea, pues ya pasó el verano. Bueno, si queremos ser cronológicamente rigurosos, hemos de reconocer que aún le restan un par de semanillas que son una mera transición hacia el otoño. Lo que pasa es que a mí, ayer, ya me dieron fuerte y flojo en mi segunda guardia desde la vuelta, tenemos los bolsillos "pelaos" de pagar uniformes, libros y material escolar con el 21% de IVA y el cuerpo medio se me está haciendo. Vamos, que se me está antojando comerme un polvorón y tocar la pandereta...
Pero, ¡qué diablos!, no estoy aquí para hablar del verano, las vacaciones y nuestro veraneo en particular que, por otra parte, ha sido estupendo, recorriendo varias playas de la costa gaditana y dándolo todo en mi Maranchón natal, disfrutando de la hospitalidad de Yoyo y Armando, de Juancar y Mª José, de Isabelo y Loli, de Merce y Alfonso, de mi hermana Marta y mi cuñado Lolo... ¡Rediós! Hemos estado de gorra medio verano... debe ser la crisis y la prima de riesgo. En fin, que millones de gracias a todos los que nos habéis acogido y hecho disfrutar. Os queremos a tope.
Pero, bueno, había dicho que no hablaría del veraneo y ya la estoy liando parda. Hoy quería volver a hablar de una película: evidentemente, la del título del post.
"INTOCABLE" (Francia, 2011), dirigida por Olivier Nakache y Eric Toledano (http://www.filmaffinity.com/es/film217719.html) y que espero que ya muchos hayáis disfrutado.
Hace unos meses, mi querida amiga Yoyo me dijo: "tienes que ver INTOCABLE; te va a encantar". Luego añadió: "Estoy deseando leer tu entrada del blog sobre ella". Y luego babeó un poco hablando de nosequé negro mu fuerte y mu guapo que bailaba de maravilla... y algunos comentarios entre subidos de tono y verduscones que no puedo reproducir en horario infantil...
En fin, darling, que te dedico esta entrada con mucho cariño: ¡Va por ti!
Como siempre, por cortesía de Fimaffinity, la sinopsis:
Philippe, un aristócrata que se ha quedado tetrapléjico a causa de un accidente de parapente, contrata como cuidador a domicilio a Driss, un inmigrante de un barrio marginal recién salido de la cárcel. Aunque, a primera vista, no parece la persona más indicada, los dos acaban logrando que convivan Vivaldi y Earth Wind and Fire, la elocuencia y la hilaridad, los trajes de etiqueta y el chándal. Dos mundos enfrentados que, poco a poco, congenian hasta forjar una amistad tan disparatada, divertida y sólida como inesperada, una relación única en su especie... (FILMAFFINITY).
Creo que no destripo nada porque, cualquiera que haya visto el "trailer" es capaz de obtener una visión global de la historia que va a presenciar durante algo más de 100 minutos. Tampoco se trata de una película en la que el final o su desenlace inesperado soporten un gran peso. Es, más bien, una película edificada sobre los sólidos ladrillos que son esos sentimientos que huyen de relamerse o flagelarse, bien unidos por ese infalible cemento mezclado a base de ingredientes que nunca fallan: la sensibilidad, la inteligencia y el humor.
El argumento, pese a estar inspirado en una historia real (quizá sea esa su mayor virtud), no brilla por su originalidad. Que un millonario tetrapléjico busque cuidador y elija al que el sentido común le haría enviar más lejos y que, éste, resulte ser maravilloso resulta algo previsible. No obstante, donde la película brilla es en la forma de narrar la historia, en su lenguaje, en sus detalles, en la complicidad de los protagonistas y secundarios, en un fresco e inteligente guión lleno de chispa y en unas interpretaciones conmovedoras. La banda sonora te cautiva y te acorrala entre el siempre evocador piano de Ludovico Einaudi, algunas eternas piezas de música clásica y algunos conocidos hits de la música de los 70 (George Benson, Terry Callier, Nina Simone...). El baile que se marca Driss en la fiesta de cumpleaños de Philippe te deja boquiabierto (y a algunas, babeando...jaja) y te descubre insospechadas habilidades en este joven actor.
Los gags se suceden con ritmo vertiginoso y funcionan a la perfección, haciéndote casi olvidar que se trata de un tetrapléjico y su cuidador, cuando más bien parecen dos amigotes haciendo de las suyas y pasándolo en grande, terminando la película contagiado de una felicidad, un buen humor y un buenrrollismo al alcance de pocas cintas.
Creo que ya alguna vez he contado cómo es esa sensación que me hace notar cuándo una película me ha parecido buena: es eso de que durante un par de semanas no puedo dejar de pensar en ella (es una forma de hablar, claro). Me ronda todo el día la cabeza y me obliga a pensar. Parece como si su director hubiera acertado a colarse en mi cerebro y tras tocar algunas fibras y resortes, la película me interroga de forma constante. Pienso mucho en INTOCABLE porque pienso mucho en la enfermedad, porque la tengo muy presente por mi profesión y por la situación de algunos seres queridos.
¿Qué es lo que hizo que Driss (Omar Sy) resultara el cuidador perfecto para Philippe (Francoise Cluzet), devolviéndole las ganas de reir, de disfrutar y de vivir? Un inmigrante negro de clase baja, recién salido de prisión, mal vestido y sin la menor titulación sanitaria. Muy sencillo: le trataba con normalidad, sin sentir lástima por él, sin recordarle en cada momento lo dramática de su situación. Conseguía que se olvidara de la parte de su cuerpo que no volvería a funcionar, haciéndole disfrutar al 300% del 20% que mantenía operativo. Y, sobre todo, sobre todo, sobre todo, derrochando humor. Haciéndole reir, literalmente troncharse de la risa, golfear, bromear, intercambiar golpes de ingenio, pincharle, rozar lo irreverente. El humor como terapia: en resumidas cuentas. El humor como bálsamo, como tratamiento paliativo y curativo, como respuesta a lo que no tiene respuesta, como único, lógico, definitivo e inmejorable antídoto contra la tristeza.
La lógica que tan pocas veces usamos, la coherencia que tan olvidada tenemos: dar normalidad al que la ha perdido, dar risa a quien ha sido invadido por la tristeza, situarnos en el lugar de aquella persona a quien pretendemos comprender.
Todo esto me reaviva esa triste realidad del tiempo en el que vivimos que valora más lo académico que lo personal, lo cuantitativo que lo cualitativo, lo físico y tangible sobre lo humano o lo espiritual. No soy un friki ni un iluso, la formación y la profesionalidad son fundamentales; sólo defiendo que no lo son todo. Que, debieran, al menos, ser complementadas con altas dosis de humanidad, de empatía, de sensibilidad y, ¿por qué no?, de humor.
Cada día, en mi vida y en mi profesión, trato de elevarlas, incluso por encima de de lo razonable. Sólo espero que consigan su propósito, haciendo llegar a otras personas, algo más que paracetamoles o augmentines... Y me gusta pensar que puedo ser un poco como Driss, algo menos negro, de napia igual, bailón pero con menos estilo, tan cortito de currículum y con la misma capacidad de arrancar una sonrisa y de tocar en ese huequito que hay entre el corazón y el alma.
Dios me oiga.

domingo, 1 de julio de 2012

El primer día del resto de tu vida

Como buen escritor (¡já!) siempre he tratado de huír de las frases tópicas y manidas. Lo recomiendan todas las guías para escritores novatos. Y no traigo a colación ese título porque sea aficionado a prescindir de todas las sensatas recomendaciones que escucho o leo, sino porque es el título de una buena película que vi ayer.
Mi señora se durmió, pero no por aburrimiento, sino por sueño y porque se "envicia" y se "endroga" con el sofá y con los cojines. Y, mira que es pequeño nuestro viejo sofá...
La peli se llama "El primer día del resto de tu vida" (Rèmi Bezancon, 2008. Francia). http://www.filmaffinity.com/es/film692756.html
Es una de esas películas sin puñetazos, recreaciones virtuales ni efectos especiales. Todos los golpes que se dan caen sobre el alma y resuenan por sus recovecos más íntimos. Os la recomiendo, básicamente, porque le encuentro varias sencillas virtudes. A saber:
Lo que cuenta no es nuevo, es más, es tan viejo como la vida y las personas, pero su grandeza radica en la forma en la que lo hace; la verosimilitud de sus cercanos personajes y la proximidad en lo que les pasa.
Recorre territorios comunes a los sentimientos y recuerdos de cualquiera de nosotros, tanto por las interrelaciones familiares como por los cruciales momentos de transición que viven cada uno de ellos. Y, por encima de todo, la delicada y sensible forma en que está narrada, con una especial capacidad del director para reflejar esos pequeños detalles de la vida que, siendo insignificantes, resultan precisos para engrandecerla.
Os guste más o menos, invito al que no se sienta identificado en algún momento de la peli a volver cuanto antes al lejano planeta del que vino.
Otras virtudes: pues, qué decir, una banda sonora muy por encima de la media habitual en la que se recopilan grandes temas.
Por encima de todo, consigue moverte infinidad de recuerdos y todos esos sentimientos que, sabiendo que están ahí, con frecuencia son olvidados durante largos periodos de tiempo. Demasiado largos. La importancia de la familia, del cariño, del ejemplo, de la responsabilidad y la paternidad, de la educación, de la comunicación, del trabajo, de la confianza, de la empatía... y de tantas otras cuestiones que, a menudo, obviamos por la ferocidad con que nos empuja la vida.
Me ha gustado la película porque me ha hecho recordar, sentir y valorar todo lo que tengo y que doy por supuesto, todo lo que puede ganarse o perderse por una decisión equivocada, todo aquello que vertebra y cohesiona y compone mi cotidianedad y, por consiguiente, mi vida.
Por no aburrir más, otro día os hablaré de otra peli que vi ayer (¡Sí, vimos una en la siesta y otra por la noche! ¡Viva el verano!) y que me gustó también muchísimo: "Un dios salvaje", la última de Roman Polanski (2012). Dos matrimonios encerrados en un piso diseccionando involuntariamente sus vidas y diciéndose de todo los unos a los otros. ¡Apoteósica! Ahí os la suelto, por si queréis verla.
Hace poco también vimos una reciente "precuela", la entretenida y muy aceptable "El origen del planeta de los simios" de Rupert Wyatt, 2011.
Ella me empujó a volver a ver "El planeta de los simios" original (no el pastiche de Tim Burton, 2001), de Franklyn J. Schaffner, 1968. Una inconmensurable peli de ciencia-ficción que inevitablemente te hace replantearte la condición humana y sus posibles consecuencias. Como dice Javier Ocaña en Filmaffinity, "Una de las mejores películas de Ciencia-Ficción hechas hasta la fecha. Mantiene todo su esplendor, sobre todo por su apocalíptico final: si no sabes cómo acaba la película tienes toda mi envidia".
Ah, y os tengo que hablar de la trilogía de El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972, 1974, 1990) que la he visto estos meses y aún la estoy digeriendo cual cinéfilo rumiante. Igual debería ver de nuevo las tres antes de pronunciarme, pero entiendo que sean unamimemente consideradas entre las 10 mejores películas de la historia del cine...
Uy, uy, uy... que me lío.
Ojalá estuviéramos siempre abiertos a aprender todo lo que algunas películas están dispuestas a enseñarnos.
¡Qué grande es el cine!


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Salvador Terceño Raposo

miércoles, 11 de enero de 2012

Dogville: si no la has visto, le debes algo a tu cerebro!

Hay películas y películas, eso ya se sabe.

Que sea un amante del buen cine no me convierte en un friki ni me incapacita para disfrutar de algún producto esencial y descaradamente comercial, de la misma manera que uno se deleita ante "Las meninas" de Velazquez, "La gioconda" de da Vinci o el "Guernica" de Picasso y, además, es capaz de disfrutar un rato de los dibujos a tiza que pinta en el suelo un artista callejero.

Recuerdo comedias como "Resacón en las vegas" y "Bienvenidos al norte"; románticas como "Algo para recordar" o "Notting Hill"; thrillers como "Más allá de la duda" o "Poder absoluto"; o de acción como cualquiera de "Arma letal" o "La jungla de cristal" que me han entretenido e incluso interesado. Y confieso que difícilmente podría resistir la tentación de volver a verlas si me las encuentro una noche zapeando por los variopintos canales de nuestra TDT.

Pero, para mí, una buena película debe tener algo más. Sin entrar en detalles técnicos de producción y montaje, etc., la concepción de la película ha de nacer en torno a la necesidad de transmitir algo; una idea, un conflicto, unos valores, una inquietud, un problema; una denuncia... Ese origen, unido a un buen guión, buenos actores y un buen director, han de dar, necesariamente, un buen producto.
Según mi experiencia, todas las buenas películas han provocado en mí dos efectos inequívocos. El primero es esa sensación de satisfacción, de plenitud, en el momento de terminar de ver la película. El segundo, es que se me quedan rondando por la cabeza y sus pensamientos durante varios días, haciéndome recordar escenas, personajes, sensaciones, frases o situaciones.

La última película que he visto me ha dejado ese "efecto secundario" que aún me dura. No puedo evitar recomendarla, aun a riesgo de que alguien me suelte a los perros...
Como ya sabéis por este blog, mi señora ya tolera con cierto gusto las películas "de chinos" que a veces le pongo; incluso, a veces, me dice: "pon una de las tuyas". Hace unos meses puse Dogville (Lars von Trier, 2003) y a los dos minutos estaba resoplando incómoda. Yo soy un hombre casado y sé cuál es mi sitio. Además soy un as pillando las indirectas; así que la tuve que quitar. Hace poco me acordé de ella y decidí verla, pues mi madre me la había recomendado en múltiples ocasiones con esa vehemencia habitual que adoro.
Entiendo que es una peli que necesita una oportunidad por parte del espectador. Tiene una estética absolutamente inusual (y pienso que sorprendentemente genial), casi sin decorados, simple y oscura, cercana a lo teatral, que choca y, por lo extraño, puede provocar cierto rechazo inicial.
Si uno consigue darle esa oportunidad y se deshace de los perniciosos prejuicios, inmediatamente comienza a meterse en la narración, en la historia, en sus personajes y acaba absolutamente dentro del pueblo de Dogville.
A lo largo de un prólogo y nueve capítulos, su director, el genial danés Lars von Trier, desgrana una historia y expone sus cartas sobre la mesa dispuesto a que juguemos una partida con la mente expuesta a golpes y el alma puesta al descubierto.
Copio y pego la sinopsis de la película según Filmaffinity, para que luego digan que no resumo:
"Grace llega a la remota localidad de Dogville huyendo de una banda de «gangsters». Persuadidos por las palabras de Tom, que se ha erigido en portavoz de la pequeña comunidad, sus integrantes se avienen a ocultarla. Grace, en justa correspondencia, acepta trabajar para ellos. Sin embargo, cuando Dogville sea sometido a una intensa vigilancia policial para dar con la fugitiva, sus habitantes exigirán un acuerdo más favorable, que les compense del peligro que corren al darle cobijo. Grace aprenderá, de un modo brutal, que en este lugar la bondad es algo muy relativo. Pero ella guarda un secreto que no quiere desvelar. (FILMAFFINITY)".
Me cortaría una mano antes de contar el final de una película. Bueno, no, pero no lo voy a hacer. Aun así, el final no es lo más importante; esta no es una película policiaca ni un thriller o una de misterio en que, a la postre, se desvela quién mató a novia del detective. Ésta es una película que desnuda y denuncia la condición humana. Nos muestra de lo que seríamos capaces llegado el momento o si las circunstancias así lo condicionan. Muestra cómo el ser humano, de forma individual o colectiva bajo el amparo de una sociedad, es capaz de lo peor, tanto por acción como por omisión y, al ser testigos desde el exterior, tomamos consciencia de que ningún amparo, ningún auspicio, ninguna excusa o justificación, legitiman ciertos comportamientos egoístas, violentos denigrantes y deshumanizantes como los que tienen lugar en Dogville.
La creación y construcción de los personajes me parece sublime. El ritmo narrativo que de desarrolla tiende a la perfección y me recordó al conocidísimo "Canon" de Pachelbel en el que van incorporándose instrumentos y se va acelerando el ritmo a medida que avanza la obra, de forma casi imperceptible. Los actores, a pesar de la teatral puesta en escena, resulta verosímiles en la pantalla, con especial mención para Nicole Kidman (Grace) que lleva con facilidad el durísimo peso de semejante papel protagonista. Me cuesta ver a otra actriz capaz de meterse con holgura en tan brutal papel.
El resto de actores, habitantes de Doville hacen unos notables papeles secundarios. Si se me permite la licencia, a Paul Bettany (Tom) entran ganas de darle dos buenas guantás, porque no se puede ser más tonto. Y los veteranos Lauren Bacall, Ben Gazzara y James Caan aportan con su sutil solvencia un estimable peso a la obra.
Que sí, que sí, que ya acabo.
Motivos para verla:
1-Te vapulea la mente y el alma. Te hace pensar y "sufrir".
2-La valentía del director.
3-La original puesta en escena.
4-Es diferente y conmovedora, pero de verdad, no como los telefilmes de después de comer.
5-Hay que ver el "Guernica" aunque sea un poco raro, en blanco y negro y no se entienda del todo bien.
Asumo que este tipo de películas no tiene porqué gustar a todo el mundo: la recomiendo porque a mí me ha gustado, porque creo que enriquece a quien la ve y porque me apetece, claro. Espero que la disfrutéis.
¡Qué grande es el cine!
Besos para todos.

viernes, 25 de marzo de 2011

Good bye, Cleopatra! ¡Adiós, séptimo arte!

Liz Taylor ha muerto.

Con ella se va una de las más bellas mujeres de la historia del cine.

Con ella se va una de las actrices con más sensualidad, personalidad y fuerza que se ha paseado por la gran pantalla. Dos Oscars y multitud de premios y reconocimientos avalan su dilatada carrera. Ni que decir tiene que ha sido una de las actrices más deseadas e imitadas, con lo que ello implica en cuanto a la justificada adoración que se le profesa a todo lo largo y ancho del planeta.

Durante estos días veremos en cada noticiario y programa temático, multitud de reseñas biográficas calcadas unas a otras. Los periodistas harán su trabajo y buscarán datos en la red para contarnos una vez más lo de su turbulenta vida amorosa, lo de sus ocho matrimonios, lo de su tormentosa relación con Richard Burton. Nos repetirán hasta la saciedad aquello de su gran amistad con Rock Hudson y su determinada lucha contra el SIDA. Volverán a pasar esas imágenes cogidas de la mano de Michael Jackson, recordándonos lo íntimos que eran y aquellas últimas apariciones televisivas que quedarán para el recuerdo.

Al parecer nadie nos va a contar nada que ya no sepamos. Echo de menos la emisión de algún elegante documental en el que lleguemos a conocer un poco más a la mujer que fue. O una entrevista en V.O.S.E. en que, libres de los corsés de la interpretación y el doblaje, palpemos en su esencia la calidad de la persona, su timbre de voz, su forma de sonreír, de mirar, de callar, de pensar…

Por otra parte, cada vez que perdemos a una de estas míticas estrellas, me hace tomar consciencia de cuán lejos queda aquella forma de hacer cine que, al igual que la hermosa Liz, ya nunca volverá.

La era digital, los efectos especiales y las grandes superproducciones, con el único y loable fin de recaudar ganancias, han relegado a un segundo plano al ARTE, a la preocupación por la belleza y la narración visual, por el texto estudiado, por la fotografía sublimada, por la partitura perfeccionada y la interpretación volcada, a veces desde las vísceras y otras desde el alma.

Good bye, Cleopatra!

¡Adiós, séptimo arte!