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jueves, 9 de octubre de 2014

“VERANO AZUL”, “BOYHOOD” Y EL SACERDOTE CON ACENTO SOVIÉTICO

Bueno, pues ya pasó el cálido verano. Hace tiempo. La pura verdad es que me he relajado tanto y he tenido el tiempo tan ocupado, que no he sentido la necesidad de escribir en el blog. He estado leyendo mucho y he disfrutado de eso. A veces se me ocurría alguna cosilla, pensé en las típicas imágenes veraniegas, pero ya he hablado alguna vez de eso y tampoco quiero repetirme y aburrir al personal. Este año, no.
Pero llevo ya unas semanas con esta idea revoloteando por dentro de mi cabeza y me apetecía hablar de ello. A mediados de verano nos enteramos de que estaban reponiendo la famosa serie "Verano azul". Unos primos y amigos ya la estaban viendo. Hacía unos días que había empezado a emitirse a la hora del almuerzo, pero soy partidario enfermizo de no ver nada "ya empezado". Soy absolutamente incapaz de ver una película que lleve ya empezada cinco minutos… Pero, gracias a las nuevas tecnologías y  la televisión a la carta de TVE, pudimos iniciarla desde el primer capítulo.
Desde que los niños comenzaron a crecer y a ser medio personas, tenía clarísimo que quería que vieran esta serie. Mejor aún, verla con ellos. Guardaba un recuerdo virgen, por decirlo de algún modo, de aquel primer disfrute en su estreno de 1981. El recuerdo de una primera y única visión con ojos de niño, sin el vicio de alteraciones posteriores, de los "filtros" ejercidos por cada renovada perspectiva de diferentes edades. Me agradaba la idea de haberlo conservado así. Quizá por eso he descubierto tantas y tantas cosas al cabo de los años; porque ha pasado el suficiente tiempo, el necesario, y "mis ojos" han cambiado mucho.
"Verano azul", aparentemente, puede parecer una serie "infantil". Podría también, entre los que me incluyo, ser considerada como "familiar". Personalmente, y haciendo un órdago a la grande, diría más: creo que es una serie imprescindible para padres que quieran descubrir algo más de la vida y de los hijos, y aprender a disfrutarla como si fueran niños. Sirve, además, para aprovechar y ver algo "en familia" en ese aparato doméstico que nunca descansa. Recomiendo olvidarse de los Pokemon y de las noticias y llenar bien el sofá de cuerpos menudos y menos menudos, entrelazados, abrazados, bien juntitos… Y aprovechar las historias que se van sucediendo a lo largo de estos 19 capítulos de una hora, y aprovechar las diversas y cotidianas situaciones que en ellos se nos presentan para hablar, explicar y educar a nuestros hijos… Con medida y mesura, ¿eh?, que como se den cuenta de que aquello huele a encerrona educativa, salen por piernas y no hay quien los pille. Que ya sabemos cómo se las gastan.
En mi humilde y poco experta opinión, Antonio Mercero realizó en 1981 una de las grandes obras maestras de la televisión. Lo que ocurre, es que, a menudo, a aquello que se presenta con un tono amable y divertido, rápidamente lo clasificamos como obra menor, carente del fondo y la enjundia que tienen las obras puramente dramáticas. Craso error.
Esta serie, en mi opinión, y envuelta en un agradable tono de comedia infantil, es un gran drama cuyo tema principal es el viaje iniciático que nos lleva a todos de la infancia a la edad adulta. Esa edad crucial en que se descubren los grandes sentimientos, las grandes verdades y los terribles secretos de la vida de los mayores. Ubicada cronológicamente en un largo verano, de aquellos en que los hijos permanecían en el lugar de veraneo con las madres mientras los padres, salvo quizá un par de semanas, quedaban como "Rodríguez", solos en la vivienda familiar. Alguna que otra película del "landismo" ha nacido de ese concepto ibérico y cachondón, pero ese es otro tema… A lo largo de los capítulos y del verano, se suceden conflictos en torno a los grandes temas de nuestra existencia y van siendo tratados de forma tierna y aleccionadora. La paternidad, la amistad, la pérdida, el paso a la vida adulta, la política, los celos, la rivalidad, el amor, la sexualidad, la enfermedad, el conflicto generacional, el compañerismo y la solidaridad, y temas que entonces apenas comenzaban a brotar como el ecologismo y el divorcio.
Los padres de los chiquillos (salvo Agustín, el modélico y cercano padre de Bea y Tito) parecían no acertar nunca con la tecla en la difícil tarea de la educación y se indignaban e incomodaban con la amistad surgida entre los chicos y el binomio compuesto  por Julia, la solitaria pintora (María Garralón) y el viejo marinero y pescador Chanquete (Antonio Ferrandis). En el fondo, se deja entrever que el irresoluble misterio residía en algo tan sencillo y eficaz como saber escuchar, dedicarles tiempo, atenderles, preocuparse por sus cosas, empatizar con sus preocupaciones y sus problemas.
Aparte de deliciosamente divertida y llena de enseñanzas, esta serie es una magnífica ocasión para hacer eso, dedicarles tiempo, hacer algo tan sencillo como "ver la tele con ellos" y aprovechar para hablar y para aprender. Me refiero a nosotros.
* * *
Relacionada, en cierta forma, con estas sensaciones paterno filiales experimentadas con Verano Azul, necesito hablar de la película "BOYHOOD" (2.014), un film de Richard Linklater, director al que adoro y del que ya os hablé en relación a aquella trilogía "Antes del amanecer", "Antes del atardecer" y "Antes del anochecer".
Igual habéis escuchado algo sobre esta película (o incluso la habéis visto). Es esa cuya primera genialidad reside en su idea conceptual: contar la historia de la infancia de un niño (y su entorno familiar) usando a los mismos actores durante doce años. Al inicio de la película, Mason (Ellar Coltrane) tiene seis años y esta acaba cuando cumple los dieciocho y se marcha a la universidad. No recuerdo que "esto" se haya hecho antes y sólo por eso creo ya merece la pena ir al cine a verla. Un amigo me preguntó: "¿Pero la película tiene algo más o solo es "eso" de que son los mismos actores?". En mi opinión "eso" es sólo la punta del iceberg, el brillante germen que la hace brotar, pero el resto, el desarrollo de la historia, el afinado guión, las medidas interpretaciones, la insólita verosimilitud, la transparencia de intenciones, la emocionante verdad que muestra en cada personaje, en cada situación, en cada sentimiento.
Lo último que desearía es destripar la película contando qué ocurre e ella, pero, dado que no se trata de un thriller en el que es crucial no desvelar quién es el asesino hasta el momento final y dado que su secreto reside en haber sabido mostrar con genialidad pasajes de unas vidas normales y corrientes (de ahí su subtítulo "Momentos de una vida"), creo que puedo permitirme hablar un poco sobre ella. No mucho, tranquilos.
Mason (Ellar Coltrane) es un niño de seis años, de carácter más bien introvertido. Vive con su madre, joven, separada y abnegada, (Patricia Arquette) y su hermana (Lorelei Linklater). El padre (Ethan Hawke), un aspirante a músico que parece haber desaparecido de la faz de la tierra, sobrepasado por la precoz e indeseada paternidad, de repente vuelve a contactar con ellos y a formar parte de sus vidas en forma de visitas de fin de semana. Así inicia su andadura esta película, a lo largo de la cual se van sucediendo acontecimientos mágicamente cotidianos (con los que resulta fácil identificarse) y a veces dramáticos, propios de cualquier familia moderna.
La madre (Patricia Arquette) no parece ser capaz de controlar su vida, siempre corriendo de un lado para otro. Volcada en los continuos cuidados que precisan sus dos hijos pequeños, sufre el abandono de si misma y de su vida emocional. Cuando los chicos han crecido un poco, decide estudiar para labrarse un futuro. Pronto comienza una relación con un carismático profesor de la facultad. Se suceden una serie de relaciones y cambios de residencia que con frecuencia la alejan de la estabilidad buscada. Finalmente, tanto personal como profesionalmente, su vida parece asentarse, coincidiendo con la época en que los hijos comienzan a ser mayores y a hacer planes por su cuenta.
El padre (Ethan Hawke), es un tipo divertido, gran hablador y práctico consejero. Pretende ser músico. Cuando vuelve a sus vidas, su ex mujer le recrimina constantemente su inmadurez y falta de responsabilidad y compromiso. Durante las actividades de los fines de semana, a base de forzar un diálogo constante, consigue lo que parece un logro imposible para ella (por culpa de las ingratas e interminables tareas cotidianas) interiorizar en sus corazones, conocer sus inquietudes, sus necesidades y divertirse juntos. Aunque su posición es cómoda, pues carece de cargas diarias y aparece sólo el fin de semana para ratos de ocio, ejerce una gran labor de asesoramiento, de escucha, de complicidad y cercanía. Y, aunque de forma independiente, consigue convertirse un complemento indispensable para la educación inevitablemente apresurada de su exmujer.
La hermana (Lorelai Linklater) es una hermana algo mayor, distante y poco afín a Mason. Durante toda la película se mantiene alejada de él y rivaliza abiertamente en lo que parece una relación poco fluida. Mason la sufre con hábil resignación.
Doce años dan para mucho y, a lo largo de ellos, se entretejen, como en la propia vida real, las historias de Mason y de sus padres, sucediéndose momentos dulces y amargos, éxitos y fracasos, relaciones y soledades, ilusiones y decepciones, estabilidad y cambios… La madre de Mason tratando de crecer y encontrar la estabilidad emocional, la pareja definitiva. El padre, madurando y aprendiendo a asumir la triste realidad en la que la música solo será un hobby y debe resignarse a llevar una vida como la de los otros tipos normales.
Y Mason, el pequeño Mason, sin darse cuenta, librando una de las batallas cotidianas más duras que existen, la de crecer, la de madurar, la de hacerse hombre (más aún en esa peculiar cultura yanqui en la que a los dieciocho "picas billete" y comienzas a tener que buscarte la vida). Especialmente los chicos como Mason, sensibles, delicados, especiales, desplazados del prototipo de "chico popular" al que aspiran el 95% de los estudiantes de instituto norteamericanos, el triunfador, el súper-sociable, el capitán del equipo de fútbol que será coronado en el baile junto a la jefa de las animadoras. Mason no es nada de eso (me siento muy identificado con él). Es tímido, poco hablador, un poco "pa dentro", como decía Pedro Guerra. Pronto descubrimos su sensibilidad y esa forma diferente de ver el mundo que, con los años, acabará determinando su vocación y la que se intuye será su profesión.
En resumen, una película rica, cercana, identificable, tierna y amablemente conmovedora que, mostrando pasajes sencillos, me enseñó cosas de la vida que no sabía. Y, sobre todo, me regaló el milagro cinematográfico de ver pasar "una infancia" en dos horas y media, recordándome la cruel fugacidad de la vida, haciéndome tomar conciencia de lo rápida que puede pasar la de mis hijos, delante de mis narices, sin poder detenerla para alargarla, para saborearla. Todavía me dura el pellizco.
* * *
Vengo del tanatorio. Ha fallecido la madre de una amiga. Hemos escuchado misa y rezado en ambiente muy recogido. El sacerdote, que hablaba perfecto español con acento soviético, ha hablado como hacía tiempo que no escuchaba hablar a un sacerdote.  Ha comenzado diciendo: "María vivió setenta años. Yo no sé cuánto dura una vida; cuarenta años, cinco, setenta… Pero sí sé que lo importante es cómo se vive, lo que se hace con ese tiempo".  Y ha finalizado con un imperioso "¡Apresúrense a amar! La vida pasa fugazmente. Las personas desaparecen y sólo quedan sus recuerdos. ¡Apresúrense a amar! ¡Dediquen su tiempo a amar a los demás!".

El tiempo: esa cuarta dimensión que todo lo condiciona porque viaja a gran velocidad en una carretera de sentido único y que tanto nos preocupa a Linklater, al sacerdote de acento soviético y a un servidor.  ¡Apresurénse a amar!

miércoles, 13 de junio de 2012

Aquellos veranos del Campamento de San Marcos...

(Esta entrada está dedicada con todo mi cariño a mi prima Quini, por su fidelidad y cariño sin límites y por esperarme cada mañana. Un besito).
Todos los años por esta época, mi cabeza se ve invadida por infinidad de recuerdos agolpados en torno a un mismo tema: aquellos maravilosos años del Campamento de Verano de la Parroquia de San Marcos. Y cada año me sorprendo, por la ternura, viveza e intensidad de dichos recuerdos, de la fuerza con que debieron ser grabados en mi memoria; pues su recurrencia estacional es tan bienvenida como pertinaz.
Algunos de los que leeréis estas lineas los vivisteis conmigo, otros descubriréis hoy aquel pequeño mundo; así que, bienvenidos.
Corría el mundialístico año de 1982 y, en su mes de junio, mi madre se veía abocada a aquella intervención de "la vesícula" que luego condicionaría de por vida sus padecimientos digestivos (un besito, mami). Tras unos días de estancia en casa de mis tíos Concha y Gustavo, se estimó oportuna mi inscripción en las Colonias de Verano de nuestra Parroquia de San Marcos. Yo tenía 10 años y aquello me pareció bastante bien, pues 17 días en la playa, haciendo deportes y actividades artísticas mejoraban ostensiblemente las perspectivas de las vacaciones.
El campamento tenía lugar en unas aceptables instalaciones, propiedad de los Padres Blancos en Mazagón, y era organizado y dirigido talentosamente por nuestro queridísimo y peculiar Padre Ernesto, párroco de San Marcos, a la cabeza de un grupo de doce jóvenes monitores. La expedición la completaban un par de expertas cocineras cuya jefa siempre fue María, asistenta del Padre Ernesto durante todo el año en la casa parroquial.
Las instalaciones se ubicaban en medio de una de esas zonas de pinares y dunas tan típicos de la costa onubense, a escasos metros de la playa. Se componía de varias edificaciones de una altura: cuatro casas (las casas número 1 y 2 para los niños, y 3 y 4 para las niñas) con tres dormitorios, aseos y duchas y un salón para actividades cada una. Otro edificio albergaba la cocina y el comedor. Otro (éste de dos plantas), el botiquín y el dormitorio de los monitores varones, también conocido polularmente como "La Bernarda". Un gran campo de fútbol de superficie arenosa e impracticable con porterías hechas de gruesa tubería acogía las actividades deportivas. En el centro del recinto, salpicado éste de pinos y bancos, se encontraba el corazón de la colonia: el mástil. En torno a él, en el amanecer y atardecer de cada día, formábamos un círculo humano y realizábamos una sencilla oración en forma de canción, mientras izábamos o arriábamos ceremoniosamente las banderas de España, Andalucía y Huelva.
Total, que, dicho y hecho; el día 1 de julio (en cuya tarde la URSS ganaría 1-0 a Bélgica) me encontré montado en el autobús que nos llevaba a Mazagón. La estancia en la colonia, ese año en la escuadra 1C, fue bastante divertida y, en fin, no es por ronear, pero recibí los diplomas de "mejor acampado", "primer premio en Expresión Plástica" y "primer premio en Modelado". En fútbol quedamos subcampeones tras la invencible escuadra 2C, que nos sacaban cuatro o cinco años y nos resultaron, de todo punto, inaccesibles.
No sé muy bien porqué, el verano siguiente no quise ir. Cosas de la mente humana (infantil, claro). Y el verano de 1984, empujado por mis padres y por mi hermana Marta (un besito, Marta, guapura) que quería ir, nos lanzamos de nuevo a la aventura.
Aquella segunda experiencia resultó mucho mejor. Quizá porque era algo mayor (12 añitos), quizá porque me cogió el cuerpo de otra forma o, quizá, simplemente porque sí, ese año me enganchó para siempre. El ambiente era algo diferente; mejor. Los monitores habían cambiado y comenzaban a venir también como acampados otros amigos del viejo patio de "Las Dueñas" como Fran, luego Fali (un abrazo para los viejos rockeros) y, año tras año, se fueron sumando otros amigos, hermanos, primos que elevaron aquella colonia a la categoría de "inigualable", por decir algo. ¡Ahí te dormistes, Carlos Pino!
El verano siguiente, con trece años, pasé a la escuadra 2B y, al siguiente, pasó algo absolutamente inesperado.
Lo recuerdo perfectamente. Volviendo con mi madre de "nosedonde" por la calle Sor Ángela de la Cruz (ahora Santa), justo al salir al cruce con la calle Gerona, delante mismo del mítico Bar Dueñas, nos encontramos al Padre Ernesto. Tras unas fórmulas de cortesía y dos requiebros, suelta el cura lo siguiente; así, sin anestesia:
-¿Entonces qué, Salva, vienes este año de mando o qué?
Él llamaba "mandos" a los monitores. Yo me quedé petrificado. Supongo que mi madre también (otro besito, mami). En fin, tenía 14 añitos, cerca de quince... No recuerdo bien el resto de la conversación. Evidentemente le dijimos que sí y nos citamos en el Centro Parroquial para hablar con el resto de monitores y todo lo lógico que se hace llegados a ese punto. Ya conocía a los monitores de los años anteriores y uno de ellos, Manolo Canales, además, era vecino de "Las Dueñas" también. Recuerdo con cariño la acogida de todos: Manolo Gámez, Manolo Remesal, Clemente, T.J., Manolo Pajuelo, Higinio, Enrique, Mari Carmen, RafiManoli, Merchi, Ana Mari, Rosa, Mayte, y resto de monitores y monitoras (seguro que se me escapa alguno). Me asignaron la escuadra 1B (9-10 años) y la actividad de Deporte, junto a José Ignacio. Nos encargábamos de dirigir la gimnasia de primera hora de la mañana y de las ligas de Fútbol para los niños y Balón-Tiro (el "matar", vamos) para las niñas. Y alguna otra actividad deportiva ocasional.
Lo del deporte por las mañanas era una inevitable pequeña tortura. A las 8 de la mañana sonaba la primera "sintonía" a través de la megafonía: "La mañana" de Grieg, creo recordar; y ahí comenzaban a aparecer aquellos delgados y adormecidos cuerpos, caminando como pequeños zombies legañosos hacia el campo de fútbol a pegar unas carreras y realizar unos sencillos y odiados ejercicios desperezantes. Luego, a las escuadras a asearse un poco y prepararse para la oración de la mañana (8:15h), el desayuno (8:40h), la limpieza de las escuadras (9:00h) ¡jajaja!, y las primeras actividades del día (10:00h y 11:00h). Con las sintonías, respectivamente del célebre "Shalom chaverim", el "Never gonna give you up" del amable y ñoño Rick Astley. Lo petó aquel año, el tío.
A las 12:00h, el "No te olvides la toalla cuando vayas a la playa" de los inclasificables Puturrú de fuá nos invitaba a coger bañador, chanclas, toalla y a correr salvajemente hacia el mar. Luego, duchita y a zampar. También salvajemente, claro.
Tras la comida había un ratillo de tiempo libre y, a las 16:00h, Rick Astley de nuevo nos informaba de que era la hora de las actividades. Tras cuatro o cinco días en el campamento uno ya odiaba profundamente a Rick Astley y había aprendido a contener ciertos impulsos homicidas. Lo que pasa es que luego, a las 17:30h sonaban de nuevo los Puturrú de Fua y te volvía a aparecer el tic en el ojo.
Cuando subíamos de la playa, otra vez a pasar por la ducha, a ponerse algo decente y otro buen rato de tiempo libre hasta la oración de la noche con la arriada de banderas y la cena (21:00). A las 22:30h (creo recordar), entre protestas, gruñidos, refunfuños e intentos de regate, sonaba "If you don't know me by now" de Harold Melvin & The Blue Notes y los grupitos se deshacían, las parejitas (¡clandestinas, claro!) se separaban y todos los acampados acababan refugiados en sus respectivas habitaciones. Allí eran reunidos por su monitor que repartía las últimas indicaciones, consejos y reprimendas del día.
Ni que decir tiene, que las habitaciones de los niños hedían de forma nauseabunda. Las de las niñas, menos. Por más que se insistía, el orden brillaba por su ausencia, la ropa, los botines sucios y los restos de comida se acumulaban bajo las literas y creo que al mayordomo de "Lo que queda del día" se le hubieran saltado los "stents" de haber asomado la cabeza por allí. Ni las broncas ni los castigos conseguían cambiar dicha tendencia al "gorrinismo" así que, lo confieso, acabábamos dándolo por imposible.
Algunos días tenían lugar actividades especiales. Era el caso de los días que, por la tarde, salíamos a dar un paseo al pueblo. Los alrededor de ochenta acampados y la mayoría de los monitores invadíamos Mazagón, centrando nuestra actividad invasora en torno al pequeño parquecito, la heladería y el supermercado donde los vándalos y vándalas arrasaban la sección de chocolates, dulces y bollería. La mayoría aprovechaba para pasar por la cabina de teléfono (pero cabina, cabina, eh) para llamar a sus padres e informar de que todo marchaba de maravilla. Ni que decir tiene que alguno llamaba llorando diciendo que quería que lo recogieran, cosa que algunos padres hacían y otros no; al menos en el primer S.O.S. No había móviles, claro. Eran otros tiempos...
Un par de días, por la noche, se celebraba un Fuego de Campamento. En él, todo el campamento se reunía al rededor de una gran hoguera y las diferentes escuadras hacían pequeñas actuaciones. Nos acostábamos un poco más tarde pero merecía la pena por ese efecto casi mágico que ha tenido siempre una reunión en torno a un fuego.
Un día se celebraba la gran mini-olimpiada campamental "El triatlón", con pruebas de velocidad, resistencia y salto de longitud. Un esperadísimo evento deportivo, con medallas para los campeones y toda la parafernalia precisa.
Durante el campamento tenían lugar tres grandes excursiones. Un día, los acampados mayores, las casas 2 (chicos) y 4 (chicas) iban de Marcha al Monasterio de la Rábida. Otro, todo el campamento iba a una finca de cultivo de fresas, la finca de "Las Madres" a recolectar fresas para nuestro consumo propio. "Tres a la bolsa y una a la boca", decíamos. Y, claro, lo hacían al revés y siempre había algún cólico de categoría.
Otro día marchábamos hasta un embarcadero donde tomábamos un barco que nos paseaba por la ría hasta dejarnos en Punta Umbría, donde pasábamos el día de forma un tanto especial. Luego, por la tarde, nos recogía de nuevo y nos llevaba de vuelta a Mazagón.
Todos los años, el 16 de julio, nos poníamos nuestras mejores galas para participar en la procesión de la Virgen del Carmen, patrona de los marineros. Se celebraba una misa y luego se llevaba la imagen hasta la playa donde era paseada por el mar en una pequeña barcaza a motor mientras otras decenas de ellas, llenas de pescadores, la seguían formando una colorida estela.
A final del campamento tenían lugar dos grandes y esperados eventos: la Verbena y la Entrega de Premios. El penúltimo día por la noche tenía lugar la Gran Verbena, espectáculo sobre un gran escenario para el que, a lo largo del campamento, cada escuadra preparaba una actuación: canciones, videoclips en playback, teatros, noticiarios chistosos, etc. En fin, tan típica como llena de simpatía. Los monitores también preparábamos alguna actuación que, modestia aparte, no quedaron mal del todo. Un año hicimos el célebre "You're the one that I want" de la BSO de "Grease". Los clásicos nunca fallan...
El último día era un día de lo más tristón y se dedicaba a la recogida de todo el material desplegado. Por la tarde, se celebraba la Entrega de Premios con diplomas, trofeos y medallas para los mejores en las diferentes actividades: plástica, modelado, actividades de aire libre (tiro y pista americana), los deportes (ligas de fútbol y balón-tiro) y los diplomas al mejor acampado y mejor acampada que reconocían a aquellos que destacaban de forma global y, sobre todo, en preciadas virtudes como el buen comportamiento, la colaboración y la bondad.
Tras cuatro años, aquellos viejos amigos, los monitores veteranos dejaban paso a otros más jóvenes y con nuevas energías. El padre Ernesto decidió que yo sería el Jefe de Campamento, en sustitución de Clemente. Aun así, mantuve mi actividad como monitor de deportes. José Ignacio se mantenía en el plantel como monitor más veterano y entraban al grupo varias chicos y chicas, acampados veteranos, Muchos de ellos acabarían convertidos en amigos para toda la vida. Andrés Casas, mi amigo del alma, Fali, Emilio FG, Pepe, AlbertoJuanma, Yose, Gustavo, Carlos Andrés, Emilio LG... entre los monitores. Mi hermana Marta, Mari Carmen, María José Casas, María José Gallardo, Loli, Inma, Evi, Inés, Mari Luz, Verónica, Mª Jesús... entre las monitoras. Espero que no se me olvide nadie.
Un grupo majísimo, con entradas y salidas, pero mucha unidad. Con ideas para nuevas actividades (como aquella Conquiliología de Mari Carmen que los niños no sabían ni pronunciar... jaja) y nuevas formas de hacer las cosas. Una de las primeras decisiones fue cambiar las viejas "sintonías" por otras nuevas: "El Bolero" de Ravel (para despertarse), "Jump" de Van Halen (para el deporte matutino), una así religiosa que no sabría decir, para las oraciones de la mañana y de la noche, "The power of love" de Huey lewis & The news (para las actividades), "Surfing USA" de los Beach boys (para la playa), "The eye of the tiger" (BSO de Rocky) (para el almuerzo), "Sweet child of mine" de Guns n' roses (para el paseo) y la nueva versión de "If you don't know me by now" de Simply Red (para acostarse).
Se dejó de ir a la finca de Las Madres y, creo recordar que algún año, la excursión de Punta Umbría se cambió por otra a Portugal. Y algún que otro cambio venido de esferas superiores... lo normal.
El tiempo juntos, la conviviencia, el esfuerzo compartido, los inolvidables buenos ratos y algún que otro mal trago; todas y cada una de las vivencias experimentadas bajo aquel sol choquero de julio, sumergidos en una atmósfera de salitre y resina, entre niños, planes e interminables días, quedaron grabadas en mi corazón y en mi memoria como a fuego sobre la fina y joven piel. Las legañas de la mañana, el café de puchero y los suízos con fuagrás, las manitas llenas de barro y escayola, los goles de la 1A, las toallas al hombro, quince niños tratando de ahogarme, el último se ducha con agua fría, el bendito gazpacho, las comidas con el Padre Ernesto, los turnos de fregado, los asaltos por la noche a la cámara, las parejitas del verano, el Correo Campamental con las crónicas y anécdotas, el día de la "programación" y el de la "pitada", las guerras de agua, las bromas, los secuestros del oso de peluche de Mari Carmen, trepar al mástil para poner las banderas, los motes, Technotronic y Snap (uf!) sonando por todo el campamento, las visitas de los padres los domingos, las guerras de almohadas, las tardes de ensayo de los cantos para la misa, el Padre Ernesto bajando la rampa, las cocineras pelando papas en la puerta del comedor, pan con chocolate para merendar, los partidos de monitores contra acampados, el suelo lleno de pinocha, las plantas de los pies endurecidas, Jesús bebiéndose el champú de fresa (¡olía de bien!), Vanessa que nunca terminaba de comer, las escapadas de "el Buitre", los niñatos del pueblo molestando, los novatos con la cara llena de espuma, Arturo y la 1B con su videoclip del Thriller, Yose durmiendo con varios colchones encima, las fotos en el embarcadero, la sopa de fideos, las botellas de refresco "La Pitusa", la ropa después de hacer la pista americana, ¡cómo pesaba la Virgen del Carmen!, los santos y cumpleaños en el comedor, chuscos de pan volando, lavar la ropa en la pila que había detrás del comedor, los turnos para las banderas, las "dos cositas" que siempre había que decir, "alegre la mañana que nos habla de ti...", "junto a ti al caer de la tarde..." y, ¿como no?, las lágrimas de la despedida...
Muchos de mis mejores recuerdos han quedado retenidos entre aquellos pinos y persisten en mi memoria emocional. Estoy convencido de que hoy no sería la misma persona que soy sin las vivencias de aquellos años, como acampado, como monitor y como jefe de campamento.
Y no puedo evitar aprovechar, aun a riesgo de colmar vuestra paciencia, para mandar tres mensajes:
El primero, para el difunto Padre Ernesto, con todo mi agradecimiento, mi cariño y mi reconocimiento por la gran labor que realizó y todo cuanto nos enseñó, directa o indirectamente. Con sus virtudes y sus defectos, jamás le olvidaremos.
El segundo para todos los compañeros y amigos con quien conviví en el campamento, tanto acampados como monitores, por llenar mi corazón de felicidad y mi memoria de hermosos recuerdos.
El tercero y último, para todos los que sois padres o lleguéis a serlo en el futuro: regaladle estas maravillosas experiencias a vuestros hijos, si está en vuestra mano. Su vida se verá increíblemente enriquecida y, probablemente, les hará personas más independientes, más fuertes y más completas en todos los sentidos.
¡Feliz verano!