Liz Taylor ha muerto.
Con ella se va una de las más bellas mujeres de la historia del cine.
Durante estos días veremos en cada noticiario y programa temático, multitud de reseñas biográficas calcadas unas a otras. Los periodistas harán su trabajo y buscarán datos en la red para contarnos una vez más lo de su turbulenta vida amorosa, lo de sus ocho matrimonios, lo de su tormentosa relación con Richard Burton. Nos repetirán hasta la saciedad aquello de su gran amistad con Rock Hudson y su determinada lucha contra el SIDA. Volverán a pasar esas imágenes cogidas de la mano de Michael Jackson, recordándonos lo íntimos que eran y aquellas últimas apariciones televisivas que quedarán para el recuerdo.
Al parecer nadie nos va a contar nada que ya no sepamos. Echo de menos la emisión de algún elegante documental en el que lleguemos a conocer un poco más a la mujer que fue. O una entrevista en V.O.S.E. en que, libres de los corsés de la interpretación y el doblaje, palpemos en su esencia la calidad de la persona, su timbre de voz, su forma de sonreír, de mirar, de callar, de pensar…
Por otra parte, cada vez que perdemos a una de estas míticas estrellas, me hace tomar consciencia de cuán lejos queda aquella forma de hacer cine que, al igual que la hermosa Liz, ya nunca volverá.
La era digital, los efectos especiales y las grandes superproducciones, con el único y loable fin de recaudar ganancias, han relegado a un segundo plano al ARTE, a la preocupación por la belleza y la narración visual, por el texto estudiado, por la fotografía sublimada, por la partitura perfeccionada y la interpretación volcada, a veces desde las vísceras y otras desde el alma.
Good bye, Cleopatra!
¡Adiós, séptimo arte!
