Collage íntimo

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martes, 27 de noviembre de 2012

El 40 cumpleaños de "Martha11"

Estos días, celebramos el 40 cumpleaños de una de las personas que más significan para mí: mi hermana Marta.
Si yo nací en octubre del 71, ella llegaba al mundo en noviembre del siguiente año cuando yo apenas había cumplido el año de vida. Por aquella época aún vivíamos en Zaragoza y, mientras mi padre, a sus 28 añitos, comenzaba a abrirse camino en el mundo laboral en aquella España predemocrática de la serie "Cuéntame", mi madre se batía el cobre fuera de su tierra, bregando con sus tres primeros hijos.
Se acercaba el frío invierno aragonés. Pilar tenía dos años y medio; yo uno y Marta acababa de nacer llenando el gélido piso de la calle Carmen con la luz de sus enormes ojos oscuros. Mi abuelo Fernando la llamaba "la Long Plays", pues decía que sus ojos eran como dos discos LP (de los grandes de vinilo, vamos, para que nos entendamos). Las cosas de mi abuelo...
No exagero cuando digo que he sentido (y siento) a mi hermana Marta como un verdadero trozo mío desprendido en otro cuerpo. Desde que tengo uso de razón, nuestro nivel de conexión, de amor, de comunicación, de comprensión y de cercanía ha sido superlativo. Insuperable, diría yo. Me sobra imaginación y no soy capaz de imaginar qué virtudes podrían adornar a una hermana que pudiera considerar mejor.
Y hoy, al celebrar su redondo cumpleaños, tan sólo quiero dar gracias a Dios por regalármela y por los 40 años que lleva enriqueciendo mi vida.
Aunque años más tarde llegó el pequeño Nachete, me crié técnicamente rodeado de niñas. Según cuentan las crónicas, durante aquellos primero años yo era un verdadero torbellino. Imagino que poseído por el dios maño de los desastres, andaba siempre liándola parda para deleite de mis hermanas y desesperación de mamá y papá. Martita era lo opuesto, la bondad hecha niña. Mientras yo lanzaba zapatos por el balcón o desatornillaba lámparas, ella se bebía los tres vasos de leche puestos en la mesa, para que no nos regañaran a ninguno. Pilar andaba un poco a su bola, con el carácter algo para adentro y encontrando "gilis" de colores (pseudoobjeto infantil invisible) por todas partes... Y, luego, el que se tragó las pastillas del abuelo fui yo...jaja
Total, que así fuimos creciendo. Ya en Sevilla, en el piso de "Las Dueñas" y convertidos en medio personitas, descubrimos la camaradería, el juego, la amistad, el compañerismo y la risa, fruto de la suerte de crecer en el seno de una familia rebosante de esa bendita normalidad, no tan acelerada, de aquellos años; finales de los setenta e inicio de los ochenta.
Creo que nos unieron dos cosas por encima de las demás: el juego y el humor. Recuerdo cientos de escenas jugando tanto dentro de la casa como fuera, en el patio. En casa, nos paseábamos con las mantas haciéndolas deslizar por el parquet, y fuera, al elástico. Nos turnábamos para jugar a juegos elegidos por ella o elegidos por mí. Recuerdo tu "nick" cuando jugábamos en el viejo Spectrum 128K: "MARTHA11", por aquellos once añitos como once soles... Mi sueño, acabar una vez una partida de La ruta del tesoro, nunca se hizo realidad; pero, ni falta que hacía. Siempre me meto con ella por eso, pero ahora sé que aquello no era importante, como no es importante conocer cuántas manzanas le quedan a Pedro (que tenía ocho) si le da tres a Miguel. Lo importante es aprender a restar. Entonces, lo importante era aprender a vivir. Estar juntos, pasarlo bien. Querer estar más tiempo juntos. Crecer.
Yo era un poco pesado (como ahora, pero menos) e insistía, en parte porque cuando uno empieza un juego, es para terminarlo... ejem, y en parte porque disfruto muchísimo estando con ella.
Y, así seguimos creciendo, compartiéndolo todo: hicimos la primera comunión juntos, fuimos al campamento juntos, luego los años del bachillerato juntos, estudiábamos juntos en la cocina, salíamos con los mismos amigos y nos fuimos convirtiendo en los padres puretas que ahora somos juntos. Siempre juntos, siempre unidos, siempre conectados y queriéndonos.
Hacíamos juntos la maleta para el campamento y yo me reía de su capacidad de resumir al elaborar la lista, como aquella célebre línea que decía: "cinturón dibujitos" que tanta risa nos daba. Los primeros amores, correspondidos o no; los primeros novietes, las primeras inquietudes de índole sexual... (uysh, se me ha escapao). La risa estaba presente siempre, ora en forma de amor por lo escatológico (¡Por Dios bendito!, ¿quién tiene como color favorito el marrón? jajaja), ora en forma de sonidos guturales, de emisión de derivados lácteos chocolateados por las mismas narices, ora por mis innovadoras recomendaciones para combatir el acné juvenil, ora por nuestras grabaciones de divertidos vídeos domésticos, ora por las imitaciones de Martes y Trece o Azúcar Moreno o lo que se terciara con el fin de echar un buen rato.
Aunque no todo fueron risas, también lloramos juntos cuando nos arrancaban de nuestro Maranchón natal de madrugada, sin tiempo para despedirnos de los amigos y amores del verano... ¡Dioss, qué adolescencia más malaaaaa!
Ni que decir tiene, que, aparte de adorarla con pasión, es una mujer a la que admiro brutalmente, pues es de esas desengañadas madres de la irrupción de la liberación de la mujer. Absorbida por el trabajo que desarrolla profesionalmente y por las interminables horas de ingrato trabajo doméstico en el cuidado de su casa y de sus hijos, sale a flote siempre con una sonrisa y con la cara bien alta que deben llevar las personas que saben que han cumplido. No hay día que no pueda acostarse sin pensar "hoy he vuelto a dar el 120%" porque siempre da más. Sus hijos son tres verdaderos soles, rebosantes de inteligencia, simpatía y bondad, y siempre me ha llenado de orgullo ver cómo los ha sacado para adelante junto a su carrera profesional. Su casa rebosa calor y siempre está abierta para la familia y los amigos, sin importarle el trabajo que le depare antes o después. Sus puertas se abren una y otra vez, para que no falte dónde echar un rato a gusto, sin apreturas. Igual te prepara un arroz negro en dos minutos que unas fajitas de pollo o una tarta de esas de tres quesos de la thermomix. Si te despistas un segundo, ha hecho un brownie y una ensalada gigante o unos bocatas de salchichón...
¡"Martha11" ha cumplido cuarenta años! Fiuuuu... se dice pronto. Cuarenta años de cariño, de bondad y de risas juntos. Cuarenta años de felicidad y de orgullo. Cuarenta años de sentirte cerca y de querer acabar todas las partidas que juguemos, de quererte con toda mi alma y de sentirme el hermano más afortunado sobre la faz de la tierra; por tenerte y por lo que me llega de ti.
Te quiero, hermana. Adoro esos ojos oscuros y todo el universo que guardan detrás.
Un día de estos vamos a tener que bebernos otra botella de limoncello a medias... ¡que son dos días!

martes, 3 de abril de 2012

Las "40 primaveras" más preciosas del globo terráqueo

Un Martes Santo lluvioso es tan buen día como cualquier otro para contar lo que sigue.
Y, aun a riesgo de que esto se convierta en una ristra de entusiastas exaltaciones con motivo de los cumpleaños de mis seres queridos, hoy tengo la necesidad de caer en la reincidencia consciente y temeraria.
Cuando Nacho cumplió años sentí la necesidad de contar cosas.
Hoy (29 de marzo) cumple 40 años la mujer que da sentido a mi existencia y no puedo consentir que sea menos que su cuñado. Que luego me canea. Ejem...
El Miércoles Santo de 1972 nació en Sevilla la mujer más especial de la que se tiene conocimiento en el universo explorado. La NASA lo ha confirmado. Una preciosidad de criatura de cabellos oscuros, tez clara y enormes ojos que unos días son pardos y otros verdes; con más luz que una mañana de mayo y más brillo que la pantalla de mi iPad.
Los orgullosos padres: Ana (una señora cuya bondad, cariño y abnegación no tienen límites) y Enrique (un señor cuya bondad, ternura y sentido de la responsabilidad no tenían límites, hasta que nos dejó hace casi 8 años) la criaron entre dos hijos varones, en lo que fue una infancia dichosa y llena de esa bendita normalidad de los años 70 y 80.
Su barrio de Nervión y, en concreto, la avenida de Ramón y Cajal, tuvieron la suerte de verla crecer; de notar las caricias de sus primeras pequeñas pisadas correteando bajo los arquitos de "las casas baratas", arropada por una gran familia a la que siempre ha adorado.
El destino quiso que nuestra misma vocación nos acercara a ambos al campus sanitario de la Macarena y nuestra similitud de intereses, caracteres, aficiones y preocupaciones nos hiciera definitivamente inseparables.
En tercero de carrera me cogió el cuerpo mu tonto y repetí, cayendo en su clase. Ella ya me había echado el ojo (lo dice ella, no yo), pero yo acababa de salir de una relación breve, extraña y cansina que me alejaba del mínimo deseo de comenzar otra. No obstante, aquella risueña, jovial y preciosa jovencita, haciendo uso de todas sus armas de seducción, se fue apropiando poco a poco de mi bomba cardíaca y todo mi aparato cardiovascular. Yo me repetía una y otra vez frases de desánimo, con la intención de apartarme de una posible nueva relación pero cada vez me descubría a mí mísmo deseando llamarla, llamándola, quedando y enamorándome un poquito más.
Era la hermosa época del tonteo, de los requiebros, de las barriladas y las fiestas de la facultad, de las bromas, los piropos, la guasa y la picardía intencionada, en la que cada mirada significaba lo pretendido y cada palabra obtenía el efecto buscado. Los ratos a solas provocaban taquicardias y, un roce de manos, el infarto agudo de miocardio. Mi reticencia inicial (inusitada en un machote ibérico en edad de merecer) alargó el proceso del cortejo, otorgándole una belleza y una honestidad que hoy valoro más que nunca y aprecio con el valor de las cosas que caen por su propio peso.
El día que comenzamos a salir era un frío día de diciembre, en las vísperas de las fiestas navideñas. Estuvimos en una barrilada en la facultad desde medio día y celebramos que el resto de amigos se fueran pronto. Nos quedamos a solas y hablamos, hablamos, hablamos, mirándonos, rozándonos las rodillas y las manos de vez en cuando. Sus enormes ojos brillaban y llenaban de luz aquel cutre bar de desayunos y parroquianos cercano a la facultad y transmitían el tonto deseo de detener el tiempo, tan propio de niños y enamorados. Por la noche se celebraba la fiesta de cumpleaños de mi amigo Paco (un abrazo, amigo) y, más tarde, había una fiesta de la facultad en la Venta Pilín a la que no podíamos faltar y finalmente tuvimos que desanudar muestras miradas y marcharnos. Tras dejarla en la parada del autobus, enfilé la calle San Luís hacia mi casa y descubrí que llevaba sus guantes en los bolsillos de mi abrigo. Ya no podía devolvérselos. Los que aquel día deambularon por aquella calle vieron a un joven caminar sin rozar el suelo, ensimismado, hipnotizado, esnifando cual drogadicto el aroma que desprendían aquellos sencillos guantes negros de lana: mitad aquel dulce perfume de Agatha Ruiz de la Prada, mitad el aroma de su blanca piel.
A la altura de la plaza del Pumarejo llegué a la conclusión de que me había enamorado para toda la vida. Hasta el mismo tuétano. No me equivoqué mucho.
Por la noche, en la fiesta, nos buscamos y nos encontramos. Ella me encontró primero y me tapó los ojos. Otra vez ese olor... "¿Agatha?", pregunté yo. Lo demás puede obviarse por obvio, valga la redundancia. Nos besamos y comenzamos a querernos como si hubiésemos sido creados sólo para eso. A día de hoy he de confesar que sólo he sentido crecer el más grande amor en mi interior, sin la menor duda, sin vacilar, con la fuerza de la convicción y la determinación de la pasión; lleno de verdad, de grandeza y vocación de perdurar. Cuando dio la vida a nuestros hijos, perdí definitivamente la capacidad de describir con sencillez lo que significa para mí. La palabra amor suena ridícula a su lado por parca y escueta, por tímida y mentirosa. La palabra amor, nombrada junto a su nombre pierde la grandeza que otros le han dado y mueve más a la risa que al asombro. La palabra amor se le queda corta y no hay nada que hacer al respecto.
Ya hemos andado casi el mismo camino en la vida juntos que separados y hemos compartido dolor y dicha. He aprendido que la suerte me sonrió el día que cruzó nuestros pasos y puso en mi vida una mujer como ella, tan igual a mí y tan inigualable. Tan llena de amor, de ternura, de belleza, de fuerza, de sabiduría y de cordialidad. Con esa inagotable (es una forma de hablar, porque se me duerme a las 21.38h) energía para trabajar para su casa y para sus hijos, para ser mi apoyo firme y mi brújula y mi inspiración.
Para que os podáis quitar de encima todo el almíbar que he derramado, os confesaré que no todo es risas y bailes en nuestra vida. Disicutimos como todas las parejas, pero hasta para eso hay que tener talento y ella, tras discutir no se siente agusto porque le parece que no somos nosotros y suele pasar por mi lado silbando (mal y con una nota, porque no ha sabido nunca) una cancioncilla tonta; entonjces yo, que soy muy perspicaz, sé que me está mostrando la bandera blanca. Otras veces, cuando no ha habido cancioncilla silbada, cuando me meto en la cama (siempre después que ella) se me abraza por la espalda, a traición, en una suerte de maravillosa traición que busca la paz y el regreso del amor que nunca se había ido.
Tampoco le hace mucha gracia que yo siempre ande por ahí apuntándome a una ronda de aspirinas. Y me pone esa carita de cordera degollada que me parte el alma. Sé que en el fondo me entiende, pero es de "esas" que no quieren pasar ni un segundo más de los extrictamente necesarios sin su amorcito, cenar un bocadillito de sardinas (de luxe, eh, con tomatito, lechuga y mayonesa) y dormirse viendo Anatomía de Gray echada sobre mi costado. A veces incluso acepta ver alguna de mis películas "de chinos" de las mías. Yo sé que a veces echa de menos nuestra cómoda vida de novios, nuestros paseítos por el centro, poco dinero pero mucha ilusión; pero es feliz en su vida de esposa y madre, a pesar de todo lo estresante, cansino y monótono que esta vida conlleva. 
En fin, que jamás la veréis contar un chiste ni pegar una carrera que no sea estrictamente necesaria pero, sin duda, es una bellísima persona, no porque yo lo diga, sino porque siempre está pensando en los demás. LLeva el bolso lleno de cosas por si le hacen falta a los demás, siempre tiene un rato para una amiga, si necesitas lo que sea de ella (que te haga un recado, que te cosa algo, que te cuide a los niños, que te compre tal o cual cosa... lo que sea) ella te lo da. A mí me lleva el coche a pasar la ITV, a por mis pastillas al médico, me hace dulces para que lleve al trabajo, mil cosas así...
En fin, que parece que quiero venderla y nada más lejos de la realidad... la quiero sólo para mí.
Por favor, no escuchéis lo que sigue que es sólo para ella:
Amorcito, preciosidad, reina mora, chiquitina mía, te quiero más de lo humanamente posible. Te adoro sobre todas las cosas. Te quiero siempre, en todo momento y sin reparar en la intensidad. Contigo soy el hombre más feliz del mundo y quiero que hoy, en tu 40 cumpleaños tú lo seas también.
¡Lo habéis leído, so cotillas!
Te quiero más que infinito. Un millón de besos.

lunes, 5 de marzo de 2012

A propósito de Nachete...

Mi hermano pequeño nació un sábado, tal día como hoy (1 de marzo) hace 32 años.
Yo tenía ocho años y medio, como decíamos entonces, y despertamos en la compañía de mi tía Sol, por entonces aún una jovencita soltera. Le habían pedido que viniera a cuidarnos cuando mi madre se puso por cuarta vez de parto.
Cuando volvieron del hospital percibí con sorpresa que mi minúsculo hermanito tenía la cabeza un poco apepinada, con la forma aerodinámica de un obús. Entonces no lo entendí, básicamente porque no entendía casi nada. Hoy día empiezo a comprender un poco ese diseño especial de la parte más prominente de su anatomía; de hecho la más incisiva según la postura en la que se disponga su cuerpo, como por ejemplo para correr mucho, lanzarse a la piscina de cabeza o volar cual tenaz superhéroe.
A medida que fueron pasando los años y mi hermano fue creciendo, nuestra relación se fue estrechando o ensanchando, según se mire.
Con pocos años era como un tierno juguetito para los tres mayores. Alucinábamos al ver su carita cuando varias veces durante el mes de enero volvíamos a colocar todos los juguetes de los reyes magos en el sofá y repetíamos la escena de la mañana del 6 de enero. Su rostro era un maravilloso poema. Luego fue creciendo y los mayores empezamos a pelearnos por la papilla de fruta que dejaba por las tardes. Dichos cambios en la dieta, inherentes al desarrollo, hacían que ya no nos apeteciera presenciar cómo mi madre le cambiaba el pañal cuando se hacía caca. Si no, que se lo digan a mi amigo Fali que una vez en el patio de Las Dueñas pegó una tremenda arcada-con-propina al contactar sensorialmente con uno de sus "pastelazos". En fin, como decirlo, que el niño se nos hacía grande.
Comenzó a ir al Jardín de Infancia "Las Dueñas", donde se enfundó sus primeros disfraces en las fiestas de fin de curso; recuerdo uno naranja de pollito que no tenía desperdicio. Y luego al cole; primero al de los pequeños y luego al de los mayores, como está mandado. Ahí comenzó ya a venir todo el día pegadito a mí, de un lado para otro, siempre enredado entre las piernas, como el perrillo de George Valentine, el actor de cine mudo protagonista de "The artist". Yo lo llevaba a judo y a jugar al fútbol, le paseaba por los pasillos en una manta, le enseñaba los mejores escondites de la casa, tumbado en el sofá, le hacía volar subido a mis piernas, le enseñé los secretos para componer un buen equipo de chapas y los trucos del Spectrum Plus, le pasaba una y otra vez en el SúperCinexín las películas de Flash Gordon y Mickey y la lámpara mágica, yo que sé...
Durante muchísimos años compartimos cuarto. Cuando yo era un adolescente, él ya se había convertido en un niño grande, medio persona, si se me permite la expresión, y me lo llevaba a todas partes. Con mis amigos, a jugar al fútbol, al club juvenil de la parroquia, de aquí para allá, creciendo, creciendo, creciendo sin piedad ante mis ojos.
Luego llegó la edad del pavo y empezó a ponerse un poco pavo; ¿qué decir?, esa edad es lo que tiene. Nada serio; algo desobediente y desafiante ante la autoridad local, o sea, yo. Ahí tuvimos nuestras pequeñas diferencias pero no llegó la sangre al río y pronto las aguas volvieron a su manso cauce, permítaseme la redundancia de sendas metáforas fluviales.
Un buen día, de repente, descubrí fascinado que me había sobrepasado en edad. Se había vuelto muy maduro, se había echado novia y tripa, vestía ropa clásica y lucía patillas modelo "los-cuñaos-de-eso-es-así". Hecho un pureta, vamos. Andaba siempre para arriba y para abajo, de sarao en sarao, devorando cofradías en Semana Santa y cerrando casetas en Feria, guitarreando en el Rocío y carnavaleando en los carnavales... ¡Pura vitalidad! Mi primo de Madrid, Juancar se partía el pecho con las explicaciones de mi madre ante la evidente dificultad para tenerlo sentado cinco minutos: "Es que tiene mucha vitalidad".
Mas, ¡ay, granuja!, que el enano pinchaba en los estudios... ¡Pero cómo no iba a pinchar, si tenía los libros con el precinto! Tras pasar fugazmente por la escuela de peritos agrícolas, decidió dar el salto a lo que parecía ser una vocación más real, el magisterio. Y ahí fue enderezando su vida, aprobando asignaturas el tío con la metralleta ra-ta-ta-ta-ta y finiquitó la carrera con decisión y solvencia.
Una nueva disyuntiva en su vida. ¿Que camino tomar? ¿Opositar o buscar trabajo? Ahí surgió el germen de su aventura americana consistente en un enriquecedor bienio en Carolina del Norte. El pueblo de Hickory no ha vuelto a ser el mismo desde que él estuvo y luego se fue. Él no ha vuelto a ser el mismo desde que se fue y volvió. La vida le enseñó a vivir y creció para adentro. Se sentía como un vergel... como un pozo... (guiño para el artista y sus entusiastas seguidores). Entonces era sólo él. Él y su vida. Él y su trabajo, su coche, su apartamento de alquiler, sus muebles, sus cuentas, sus amistades, su dieta, su ahorro... Él y la distancia. Él y su soledad.
Lo que a otros podría haber afectado negativamente, a él le enriqueció y le convirtió en un completo adulto. Sentía y pensaba diferente a como lo hacía tres años antes. La madurez le alejaba de la agitación que antes le atraía. Algunos amigotes andaban algo estancados en lo que ahora constituía su pasado y su cuerpo le pedía pasar página. Pasar las páginas de tres en tres.
En su segundo año en los EEUU de NA se dedicó en cuerpo y alma a preparar las oposiciones de magisterio y tres cuartos de hora después de bajarse del avión en el aeropuerto de San Pablo (es una forma de hablar) se presentó y aprobó las oposiciones. ¡Con nota! El niño se nos había convertido, de la noche a la mañana, en funcionario del estado en su cuerpo de maestros en su sección de lengua extranjera o como se diga.
Casi al tiempo de comenzar a trabajar, comenzó casi por azar a dar sus primeros pasos en el mundo de la farándula (narración oral, eso). Un conocido cuentero sevillano (Carloco) pagó su cláusula de rescisión y se hizo con sus servicios, pasando ambos a fundar la compañía de títeres y cuentacuentos NoNiNá (http://webnonina.blogspot.com/). Desde entonces, sólo o acompañado, dedica su tiempo libre y parte del tiempo recomendado por los expertos al reparador sueño, a deleitar a niños y adultos con sus cuentos y sus obras de títeres, habiéndose convertido en un verdadero experto en llenar las bocas de sonrisas y los corazones de felicidad.
Y lo más importante de todo, se le ve feliz. Disfruta brutalmente con todo lo que hace. Su cabeza ya no está tan apepinada como cuando llegó a casa recién nacido (de pelo ahora anda parecido), pero su vitalidad es la misma de siempre, aunque con significativas mejoras en la canalización. Ni que decir tiene que en ello influye notablemente su conSciente espiritualidad. Para las personas como él deberían existir los días de 26 ó 27 horas, aunque los calendarios se embarullaran un poco. Le falta tiempo en cada uno de los días que vive. Sus días son algo así: por la mañana se va a correr y luego ensaya los títeres o crea marionetas, luego almuerza frugalmente y se va a trabajar (habitualmente de tarde); al salir, cuenta cuentos a niños en una biblioteca de Montequinto y luego a adultos en El Colectivo o La Estación. Se acuesta a las mil y, al día siguiente, vuelta a empezar. Otro día se va a contar a Villamartín o a Aznalcóllar o anda haciendo un curso de teatro o le sale una animación para un cumpleaños, hacer de maestro de ceremonias en una boda o poner al Tío Grillo en Adivino en una librería.
El tío, solito, se ha cargado el refrán ese de "Quien mucho abarca, poco aprieta", porque abarca y aprieta como el pulpo gigante de siete brazos. Y luego está el efecto que produce en las personas: los rostros que le ven y le escuchan. Eso sí es un espectáculo. Da igual que se trate de niños o de adultos, el efecto es el mismo. Antes de que se den cuanta, se los ha metido en el bote y le observan embobados, con esa medio sonrisilla de complicidad, de admiración, de satisfacción, de disfrute... como si les hubiera hecho cosquillitas en el alma con su grave voz y las elegidas palabras. Yo a veces, cuando voy a verle, me debato ante la disyuntiva de mirarle a él u observar las reacciones en los rostros del público con lo que siempre me pierdo algo.
En fin, tampoco creáis que es todo un paseo de rosas, que también tenemos nuestras diferencias, como cuando hablamos de politiqueos o de la invasión de los chinos o de alguna película sobre la que diferimos. Ciertas cosas las vemos de forma diferente, pero, ¿no es eso lo más normal del mundo?
Sé que ahora se siente intimidado porque yo he relanzado mi carrera artística con el anuncio de la primitiva, y teme dejar de ser el artista de la familia (jaja) y no sé cómo hacerle saber que nuestras carreras artísticas nunca nos separarán porque le quiero con locura; le quiero todo lo que se puede querer a un hombre con quien compartes sangre y alma, alguien a quien te sientes profundamente adherido pese a esas inevitables zonas de menor cohesión en nuestras pequeñas fronteras.
¿Qué por qué cuento todo esto? Pues porque no me lo podía callar.
Hoy celebro que hace 32 años que legaste a mi vida, hermano.
Te quiero.

domingo, 23 de octubre de 2011

Mis 40 castañas y una gran noche



Como diría Paco Umbral, "he venido a hablar de mi cumple".


La semana pasada fue mi 40 cumpleaños. Yo no he sabido qué es eso de la crisis de los cuarenta ni nada por el estilo. Todo el mundo me pregunta: ¿Qué, cómo lo llevas? Y yo: ¿Qué cómo llevo el qué? Que no, que no, que no me pienso deprimir. Tengo ya más años que un bosque, pero me siento bien, mi gente está bien y yo soy feliz…


El día real de mi cumpleaños fue un día absolutamente normal. Madrugué, fui a trabajar por la mañana. Atendí pacientes. Regresé a comer a casa y en familia. Hicimos todas las cosas que se hacen con los niños: llevar y traer del cole, hacer deberes, jugar, bregar, bañarlos, hacer cenas, leer cuentos… Y, como colofón, nos cenamos un delicioso "sandwichito" que hizo mi señora y nos dormimos viendo alguna de esas series de criminales y polis que tanto nos gustan…


Bueno, lo confieso, a mitad de la tarde sufrí una pequeña crisis existencial. Me llamaba la gente para felicitarme y me preguntaba: ¿Qué hacéis hoy? ¿Haréis algo especial, no? Y me fui agobiando, pensando: ¡¡¡¿Es que al final no vamos a hacer nada especial hoy, o qué?!!! Me irrité un poco tontamente porque, luego, me di cuenta de que realmente no quería hacer nada más que lo que hice: estar con mi mujer y mis hijos y disfrutar de ellos y de un maravilloso día "normal".


Para el sábado andábamos preparando una fiesta, de esas que quedarán para el recuerdo. Elo siempre me reprocha que no le he dejado que me haga una fiesta sorpresa, y es que, desde que empezó el año tenía en mente que quería montar este sarao. Me hacía mucha ilusión juntar a todos los amigos con los que he compartido cosas y tiempo durante estos años y, dado que celebraciones familiares hago todos los años (incluido éste) quería que tuviera un carácter joven y desmelenado… (sí, claro, desmelenado). Por ello decidí prescindir de padres, madres, tíos, tías, abuelos, abuelas, niños y niñas. Además, tampoco quería que se me convirtiera en una boda, por lo que hube de limitar la lista, dejando fuera, con todo el dolor de mi corazón, a muchos conocidos, antiguos y actuales compañeros de trabajo y resto de familia propia y política.


Al final, tras mucho pensar, planificar y preparar el sarao, llegó el día y todo salió perfecto. Elegí el bar SUR, en la calle Carlos Cañal de Sevilla, porque nos encanta y porque es de unos amigos, Diego y Carlos. La crisis hace que el negocio ande con la bandera a media asta y un achuchón les vendría muy bien. Además, el SUR ha sido testigo de dos exposiciones de mis cuadros y allí celebramos con la familia el bautizo de nuestro mayor; o sea, que forma un poco parte de nuestras vidas.


Al final, acudieron unas 70 personas entre amigos y primos. A cada uno de ellos les tengo que dar las gracias de todo corazón por estar en mi cumpleaños y en mi vida. Los quiero con todo mi alma y me siento afortunado de contarles entre "los míos". Finalmente, hubo también muchos otros "de los míos" que no pudieron venir, por un motivo u otro… bodas, despedidas de soltera, viajes, cuidado de hijos o padres, reuniones de antiguos alumnos, distancia insalvable… a todos los tuvimos muy presentes y los echamos de menos.


Sííííí, ya lo sé, sobró comida por un tubo. Se nos fue la mano. Y es que no es fácil calcular para tanta gente y siempre te da miedo quedarte corto. Diploma de honor a la paciencia para mi "Chiqui" que ha sido mi mano derecha y parte de la izquierda en todo este montaje. ¡Dios, qué capacidad de currar y qué talento para los fogones! Evidentemente, sin ti hubiera sido imposible… bueno, te quiero tela pero tampoco hay que mentir, imposible no, mucho más difícil y peor en todos los sentidos. Te quiero taco, amorcito, ya lo sabes.


La guinda del pastel la puso mi hermano Nacho con uno de sus espectaculares montajes. Ya sabéis, ¡¡¡pura vitalidad!!! Añadió a la reunión de un grupo de personas unas pinceladas de espectáculo, una pizca de poca vergüenza, un saco de cariño, dos sacos de recuerdos, tres cucharadas de nostalgia, dos puñados de talento, cuatro espuertas de risas y una pizca de guasa. Todo muy bien removido y mezclado hasta que el auditorio no podía parar de reír. Sólo puedo tener palabras de agradecimiento hacia él por elevar a infinito el resultado de la fiesta que yo había soñado. Algo empecé a sospechar cuando me dijiste algo mustio que estabas super-liado y no habías podido preparar nada… jeje. Y voy yo el lunes y te meto dos golitos… ainnnsss. Te quiero, enano, ya lo sabes. Eres grande.


Por lo demás, sólo puedo añadir (que ya estará pensando mi primo Luis que no hay manera de que resuma un poco…) GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS Y MIL GRACIAS A TODOS. Gracias por una noche especial que no es más que el reflejo de una vida especial junto a todos vosotros.


Que nadie se enfade, pero quiero hacer algún agradecimiento concreto (sin orden de importancia):


Gracias a los familiares menos jóvenes por comprender su ausencia. Ésta no guardaba relación alguna con el cariño que siento por ellos, sino más bien con el concepto de fiesta que yo había pensado. Gracias, papá y mamá por darme la vida y por darme esta vida. Os quiero todo lo que se puede físicamente. Gracias, Ana por quererme como a un hijo y por esa "peaso" de tarta. En dos palabras, im-presionante.


Gracias por su especial esfuerzo (económico y kilométrico) a los amigos de Maranchón: Juancar, Mª José, Íñigo "el terror del Rockefeler" y "la stripper" Javi. No tengo palabras. Sin duda, ha sido un fin de semana a tope de power.


Gracias a todos por vuestros maravillosos regalos. El 16 de octubre mi casa parecía el 6 de enero.

Gracias a esa gran pandilla de mis amigos de toda la vida, los de "Las Dueñas"+"El campamento"+"Las chiriperras del Pino"+"allegados"+"etc" por acudir en masa (¡incluso las recién paridas!) y, sobre todo, por la reunión del día previo para haceros la foto en el portal 8 de las dueñas. La foto es un precioso recuerdo, pero lo que hay detrás de ella es un recuerdo inolvidable. El iPad tampoco está mal, eh…jaja. A ver si me entero cómo anda, el condenao.

Gracias a mi pandilla del cole por acudir al enésimo cumpleaños del año. Todavía queda el de Paco y "las repescas"… ¿Quién da más? Prometo esas fotos que luego nunca mando con mi peaso de Flash "Gordo"…


Gracias a "mi" pandilla de Elo por volcarse, a los que vinieron de Madrid, Córdoba, Jerez, Ceuta, Nervión… jaja. Nos vemos ya tan poco que cualquier ratito juntos sabe a gloria. La perfección hubiera sido que no hubiera faltado nadie.


Gracias a todos los primos paternos y maternos, incluidos los que querían venir y no pudieron. Gracias a Rocío y Pepe por su especial esfuerzo. Me encantó teneros a todos a mi lado ese día.


Gracias a mis hermanos por estar siempre ahí y ser, cada uno a su manera, como son. No puedo imaginar lo que hubiera sido mi vida sin ellos, sin su presencia y sin lo que me enriquecen cada día. Gracias a todos, hermanos carnales y políticos, por vuestra inestimable ayuda con tartas, salmorejos, preparativos, animación, recogida final, etc. Os debo dos.


Gracias a otros amigos que vinieron un poco sueltos; gracias Eva y Beni, gracias Juani y Cristina, etc. No quiero empezar a nombrar para que no se me pase nadie. Bueno, ya lo he hecho.


Con la R: algo que yo no sé hacer… Resumir.


Con la G: palabra que se usa para expresar agradecimiento…

...Gracias.