Collage íntimo

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martes, 3 de abril de 2012

Las "40 primaveras" más preciosas del globo terráqueo

Un Martes Santo lluvioso es tan buen día como cualquier otro para contar lo que sigue.
Y, aun a riesgo de que esto se convierta en una ristra de entusiastas exaltaciones con motivo de los cumpleaños de mis seres queridos, hoy tengo la necesidad de caer en la reincidencia consciente y temeraria.
Cuando Nacho cumplió años sentí la necesidad de contar cosas.
Hoy (29 de marzo) cumple 40 años la mujer que da sentido a mi existencia y no puedo consentir que sea menos que su cuñado. Que luego me canea. Ejem...
El Miércoles Santo de 1972 nació en Sevilla la mujer más especial de la que se tiene conocimiento en el universo explorado. La NASA lo ha confirmado. Una preciosidad de criatura de cabellos oscuros, tez clara y enormes ojos que unos días son pardos y otros verdes; con más luz que una mañana de mayo y más brillo que la pantalla de mi iPad.
Los orgullosos padres: Ana (una señora cuya bondad, cariño y abnegación no tienen límites) y Enrique (un señor cuya bondad, ternura y sentido de la responsabilidad no tenían límites, hasta que nos dejó hace casi 8 años) la criaron entre dos hijos varones, en lo que fue una infancia dichosa y llena de esa bendita normalidad de los años 70 y 80.
Su barrio de Nervión y, en concreto, la avenida de Ramón y Cajal, tuvieron la suerte de verla crecer; de notar las caricias de sus primeras pequeñas pisadas correteando bajo los arquitos de "las casas baratas", arropada por una gran familia a la que siempre ha adorado.
El destino quiso que nuestra misma vocación nos acercara a ambos al campus sanitario de la Macarena y nuestra similitud de intereses, caracteres, aficiones y preocupaciones nos hiciera definitivamente inseparables.
En tercero de carrera me cogió el cuerpo mu tonto y repetí, cayendo en su clase. Ella ya me había echado el ojo (lo dice ella, no yo), pero yo acababa de salir de una relación breve, extraña y cansina que me alejaba del mínimo deseo de comenzar otra. No obstante, aquella risueña, jovial y preciosa jovencita, haciendo uso de todas sus armas de seducción, se fue apropiando poco a poco de mi bomba cardíaca y todo mi aparato cardiovascular. Yo me repetía una y otra vez frases de desánimo, con la intención de apartarme de una posible nueva relación pero cada vez me descubría a mí mísmo deseando llamarla, llamándola, quedando y enamorándome un poquito más.
Era la hermosa época del tonteo, de los requiebros, de las barriladas y las fiestas de la facultad, de las bromas, los piropos, la guasa y la picardía intencionada, en la que cada mirada significaba lo pretendido y cada palabra obtenía el efecto buscado. Los ratos a solas provocaban taquicardias y, un roce de manos, el infarto agudo de miocardio. Mi reticencia inicial (inusitada en un machote ibérico en edad de merecer) alargó el proceso del cortejo, otorgándole una belleza y una honestidad que hoy valoro más que nunca y aprecio con el valor de las cosas que caen por su propio peso.
El día que comenzamos a salir era un frío día de diciembre, en las vísperas de las fiestas navideñas. Estuvimos en una barrilada en la facultad desde medio día y celebramos que el resto de amigos se fueran pronto. Nos quedamos a solas y hablamos, hablamos, hablamos, mirándonos, rozándonos las rodillas y las manos de vez en cuando. Sus enormes ojos brillaban y llenaban de luz aquel cutre bar de desayunos y parroquianos cercano a la facultad y transmitían el tonto deseo de detener el tiempo, tan propio de niños y enamorados. Por la noche se celebraba la fiesta de cumpleaños de mi amigo Paco (un abrazo, amigo) y, más tarde, había una fiesta de la facultad en la Venta Pilín a la que no podíamos faltar y finalmente tuvimos que desanudar muestras miradas y marcharnos. Tras dejarla en la parada del autobus, enfilé la calle San Luís hacia mi casa y descubrí que llevaba sus guantes en los bolsillos de mi abrigo. Ya no podía devolvérselos. Los que aquel día deambularon por aquella calle vieron a un joven caminar sin rozar el suelo, ensimismado, hipnotizado, esnifando cual drogadicto el aroma que desprendían aquellos sencillos guantes negros de lana: mitad aquel dulce perfume de Agatha Ruiz de la Prada, mitad el aroma de su blanca piel.
A la altura de la plaza del Pumarejo llegué a la conclusión de que me había enamorado para toda la vida. Hasta el mismo tuétano. No me equivoqué mucho.
Por la noche, en la fiesta, nos buscamos y nos encontramos. Ella me encontró primero y me tapó los ojos. Otra vez ese olor... "¿Agatha?", pregunté yo. Lo demás puede obviarse por obvio, valga la redundancia. Nos besamos y comenzamos a querernos como si hubiésemos sido creados sólo para eso. A día de hoy he de confesar que sólo he sentido crecer el más grande amor en mi interior, sin la menor duda, sin vacilar, con la fuerza de la convicción y la determinación de la pasión; lleno de verdad, de grandeza y vocación de perdurar. Cuando dio la vida a nuestros hijos, perdí definitivamente la capacidad de describir con sencillez lo que significa para mí. La palabra amor suena ridícula a su lado por parca y escueta, por tímida y mentirosa. La palabra amor, nombrada junto a su nombre pierde la grandeza que otros le han dado y mueve más a la risa que al asombro. La palabra amor se le queda corta y no hay nada que hacer al respecto.
Ya hemos andado casi el mismo camino en la vida juntos que separados y hemos compartido dolor y dicha. He aprendido que la suerte me sonrió el día que cruzó nuestros pasos y puso en mi vida una mujer como ella, tan igual a mí y tan inigualable. Tan llena de amor, de ternura, de belleza, de fuerza, de sabiduría y de cordialidad. Con esa inagotable (es una forma de hablar, porque se me duerme a las 21.38h) energía para trabajar para su casa y para sus hijos, para ser mi apoyo firme y mi brújula y mi inspiración.
Para que os podáis quitar de encima todo el almíbar que he derramado, os confesaré que no todo es risas y bailes en nuestra vida. Disicutimos como todas las parejas, pero hasta para eso hay que tener talento y ella, tras discutir no se siente agusto porque le parece que no somos nosotros y suele pasar por mi lado silbando (mal y con una nota, porque no ha sabido nunca) una cancioncilla tonta; entonjces yo, que soy muy perspicaz, sé que me está mostrando la bandera blanca. Otras veces, cuando no ha habido cancioncilla silbada, cuando me meto en la cama (siempre después que ella) se me abraza por la espalda, a traición, en una suerte de maravillosa traición que busca la paz y el regreso del amor que nunca se había ido.
Tampoco le hace mucha gracia que yo siempre ande por ahí apuntándome a una ronda de aspirinas. Y me pone esa carita de cordera degollada que me parte el alma. Sé que en el fondo me entiende, pero es de "esas" que no quieren pasar ni un segundo más de los extrictamente necesarios sin su amorcito, cenar un bocadillito de sardinas (de luxe, eh, con tomatito, lechuga y mayonesa) y dormirse viendo Anatomía de Gray echada sobre mi costado. A veces incluso acepta ver alguna de mis películas "de chinos" de las mías. Yo sé que a veces echa de menos nuestra cómoda vida de novios, nuestros paseítos por el centro, poco dinero pero mucha ilusión; pero es feliz en su vida de esposa y madre, a pesar de todo lo estresante, cansino y monótono que esta vida conlleva. 
En fin, que jamás la veréis contar un chiste ni pegar una carrera que no sea estrictamente necesaria pero, sin duda, es una bellísima persona, no porque yo lo diga, sino porque siempre está pensando en los demás. LLeva el bolso lleno de cosas por si le hacen falta a los demás, siempre tiene un rato para una amiga, si necesitas lo que sea de ella (que te haga un recado, que te cosa algo, que te cuide a los niños, que te compre tal o cual cosa... lo que sea) ella te lo da. A mí me lleva el coche a pasar la ITV, a por mis pastillas al médico, me hace dulces para que lleve al trabajo, mil cosas así...
En fin, que parece que quiero venderla y nada más lejos de la realidad... la quiero sólo para mí.
Por favor, no escuchéis lo que sigue que es sólo para ella:
Amorcito, preciosidad, reina mora, chiquitina mía, te quiero más de lo humanamente posible. Te adoro sobre todas las cosas. Te quiero siempre, en todo momento y sin reparar en la intensidad. Contigo soy el hombre más feliz del mundo y quiero que hoy, en tu 40 cumpleaños tú lo seas también.
¡Lo habéis leído, so cotillas!
Te quiero más que infinito. Un millón de besos.