Collage íntimo

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lunes, 5 de marzo de 2012

A propósito de Nachete...

Mi hermano pequeño nació un sábado, tal día como hoy (1 de marzo) hace 32 años.
Yo tenía ocho años y medio, como decíamos entonces, y despertamos en la compañía de mi tía Sol, por entonces aún una jovencita soltera. Le habían pedido que viniera a cuidarnos cuando mi madre se puso por cuarta vez de parto.
Cuando volvieron del hospital percibí con sorpresa que mi minúsculo hermanito tenía la cabeza un poco apepinada, con la forma aerodinámica de un obús. Entonces no lo entendí, básicamente porque no entendía casi nada. Hoy día empiezo a comprender un poco ese diseño especial de la parte más prominente de su anatomía; de hecho la más incisiva según la postura en la que se disponga su cuerpo, como por ejemplo para correr mucho, lanzarse a la piscina de cabeza o volar cual tenaz superhéroe.
A medida que fueron pasando los años y mi hermano fue creciendo, nuestra relación se fue estrechando o ensanchando, según se mire.
Con pocos años era como un tierno juguetito para los tres mayores. Alucinábamos al ver su carita cuando varias veces durante el mes de enero volvíamos a colocar todos los juguetes de los reyes magos en el sofá y repetíamos la escena de la mañana del 6 de enero. Su rostro era un maravilloso poema. Luego fue creciendo y los mayores empezamos a pelearnos por la papilla de fruta que dejaba por las tardes. Dichos cambios en la dieta, inherentes al desarrollo, hacían que ya no nos apeteciera presenciar cómo mi madre le cambiaba el pañal cuando se hacía caca. Si no, que se lo digan a mi amigo Fali que una vez en el patio de Las Dueñas pegó una tremenda arcada-con-propina al contactar sensorialmente con uno de sus "pastelazos". En fin, como decirlo, que el niño se nos hacía grande.
Comenzó a ir al Jardín de Infancia "Las Dueñas", donde se enfundó sus primeros disfraces en las fiestas de fin de curso; recuerdo uno naranja de pollito que no tenía desperdicio. Y luego al cole; primero al de los pequeños y luego al de los mayores, como está mandado. Ahí comenzó ya a venir todo el día pegadito a mí, de un lado para otro, siempre enredado entre las piernas, como el perrillo de George Valentine, el actor de cine mudo protagonista de "The artist". Yo lo llevaba a judo y a jugar al fútbol, le paseaba por los pasillos en una manta, le enseñaba los mejores escondites de la casa, tumbado en el sofá, le hacía volar subido a mis piernas, le enseñé los secretos para componer un buen equipo de chapas y los trucos del Spectrum Plus, le pasaba una y otra vez en el SúperCinexín las películas de Flash Gordon y Mickey y la lámpara mágica, yo que sé...
Durante muchísimos años compartimos cuarto. Cuando yo era un adolescente, él ya se había convertido en un niño grande, medio persona, si se me permite la expresión, y me lo llevaba a todas partes. Con mis amigos, a jugar al fútbol, al club juvenil de la parroquia, de aquí para allá, creciendo, creciendo, creciendo sin piedad ante mis ojos.
Luego llegó la edad del pavo y empezó a ponerse un poco pavo; ¿qué decir?, esa edad es lo que tiene. Nada serio; algo desobediente y desafiante ante la autoridad local, o sea, yo. Ahí tuvimos nuestras pequeñas diferencias pero no llegó la sangre al río y pronto las aguas volvieron a su manso cauce, permítaseme la redundancia de sendas metáforas fluviales.
Un buen día, de repente, descubrí fascinado que me había sobrepasado en edad. Se había vuelto muy maduro, se había echado novia y tripa, vestía ropa clásica y lucía patillas modelo "los-cuñaos-de-eso-es-así". Hecho un pureta, vamos. Andaba siempre para arriba y para abajo, de sarao en sarao, devorando cofradías en Semana Santa y cerrando casetas en Feria, guitarreando en el Rocío y carnavaleando en los carnavales... ¡Pura vitalidad! Mi primo de Madrid, Juancar se partía el pecho con las explicaciones de mi madre ante la evidente dificultad para tenerlo sentado cinco minutos: "Es que tiene mucha vitalidad".
Mas, ¡ay, granuja!, que el enano pinchaba en los estudios... ¡Pero cómo no iba a pinchar, si tenía los libros con el precinto! Tras pasar fugazmente por la escuela de peritos agrícolas, decidió dar el salto a lo que parecía ser una vocación más real, el magisterio. Y ahí fue enderezando su vida, aprobando asignaturas el tío con la metralleta ra-ta-ta-ta-ta y finiquitó la carrera con decisión y solvencia.
Una nueva disyuntiva en su vida. ¿Que camino tomar? ¿Opositar o buscar trabajo? Ahí surgió el germen de su aventura americana consistente en un enriquecedor bienio en Carolina del Norte. El pueblo de Hickory no ha vuelto a ser el mismo desde que él estuvo y luego se fue. Él no ha vuelto a ser el mismo desde que se fue y volvió. La vida le enseñó a vivir y creció para adentro. Se sentía como un vergel... como un pozo... (guiño para el artista y sus entusiastas seguidores). Entonces era sólo él. Él y su vida. Él y su trabajo, su coche, su apartamento de alquiler, sus muebles, sus cuentas, sus amistades, su dieta, su ahorro... Él y la distancia. Él y su soledad.
Lo que a otros podría haber afectado negativamente, a él le enriqueció y le convirtió en un completo adulto. Sentía y pensaba diferente a como lo hacía tres años antes. La madurez le alejaba de la agitación que antes le atraía. Algunos amigotes andaban algo estancados en lo que ahora constituía su pasado y su cuerpo le pedía pasar página. Pasar las páginas de tres en tres.
En su segundo año en los EEUU de NA se dedicó en cuerpo y alma a preparar las oposiciones de magisterio y tres cuartos de hora después de bajarse del avión en el aeropuerto de San Pablo (es una forma de hablar) se presentó y aprobó las oposiciones. ¡Con nota! El niño se nos había convertido, de la noche a la mañana, en funcionario del estado en su cuerpo de maestros en su sección de lengua extranjera o como se diga.
Casi al tiempo de comenzar a trabajar, comenzó casi por azar a dar sus primeros pasos en el mundo de la farándula (narración oral, eso). Un conocido cuentero sevillano (Carloco) pagó su cláusula de rescisión y se hizo con sus servicios, pasando ambos a fundar la compañía de títeres y cuentacuentos NoNiNá (http://webnonina.blogspot.com/). Desde entonces, sólo o acompañado, dedica su tiempo libre y parte del tiempo recomendado por los expertos al reparador sueño, a deleitar a niños y adultos con sus cuentos y sus obras de títeres, habiéndose convertido en un verdadero experto en llenar las bocas de sonrisas y los corazones de felicidad.
Y lo más importante de todo, se le ve feliz. Disfruta brutalmente con todo lo que hace. Su cabeza ya no está tan apepinada como cuando llegó a casa recién nacido (de pelo ahora anda parecido), pero su vitalidad es la misma de siempre, aunque con significativas mejoras en la canalización. Ni que decir tiene que en ello influye notablemente su conSciente espiritualidad. Para las personas como él deberían existir los días de 26 ó 27 horas, aunque los calendarios se embarullaran un poco. Le falta tiempo en cada uno de los días que vive. Sus días son algo así: por la mañana se va a correr y luego ensaya los títeres o crea marionetas, luego almuerza frugalmente y se va a trabajar (habitualmente de tarde); al salir, cuenta cuentos a niños en una biblioteca de Montequinto y luego a adultos en El Colectivo o La Estación. Se acuesta a las mil y, al día siguiente, vuelta a empezar. Otro día se va a contar a Villamartín o a Aznalcóllar o anda haciendo un curso de teatro o le sale una animación para un cumpleaños, hacer de maestro de ceremonias en una boda o poner al Tío Grillo en Adivino en una librería.
El tío, solito, se ha cargado el refrán ese de "Quien mucho abarca, poco aprieta", porque abarca y aprieta como el pulpo gigante de siete brazos. Y luego está el efecto que produce en las personas: los rostros que le ven y le escuchan. Eso sí es un espectáculo. Da igual que se trate de niños o de adultos, el efecto es el mismo. Antes de que se den cuanta, se los ha metido en el bote y le observan embobados, con esa medio sonrisilla de complicidad, de admiración, de satisfacción, de disfrute... como si les hubiera hecho cosquillitas en el alma con su grave voz y las elegidas palabras. Yo a veces, cuando voy a verle, me debato ante la disyuntiva de mirarle a él u observar las reacciones en los rostros del público con lo que siempre me pierdo algo.
En fin, tampoco creáis que es todo un paseo de rosas, que también tenemos nuestras diferencias, como cuando hablamos de politiqueos o de la invasión de los chinos o de alguna película sobre la que diferimos. Ciertas cosas las vemos de forma diferente, pero, ¿no es eso lo más normal del mundo?
Sé que ahora se siente intimidado porque yo he relanzado mi carrera artística con el anuncio de la primitiva, y teme dejar de ser el artista de la familia (jaja) y no sé cómo hacerle saber que nuestras carreras artísticas nunca nos separarán porque le quiero con locura; le quiero todo lo que se puede querer a un hombre con quien compartes sangre y alma, alguien a quien te sientes profundamente adherido pese a esas inevitables zonas de menor cohesión en nuestras pequeñas fronteras.
¿Qué por qué cuento todo esto? Pues porque no me lo podía callar.
Hoy celebro que hace 32 años que legaste a mi vida, hermano.
Te quiero.