Ayer estuve de guardia. La noche no fue malota hasta que me llamaron a las 5 de la mañana. Una embarazada con dolor abdominal y vómitos me esperaba somnolienta y encogida en la sala de espera. Después de interrogarla y explorarla, di las indicaciones para que la enfermera le cogiera una vía, le extrajera sangre para una analítica y le administrara unos medicamentos y suero fisiológico.
En fin, yo también estaba somnoliento y encogido, loco por desnucarme en la cama otro rato, pero me quedé mirando cómo la hábil (y también somnolienta y encogida) enfermera hacía su trabajo. Lo que ya había visto cientos de veces, quizá por la tranquilidad de la noche, quizá porque me pilló el cuerpo así, me impresionó más de lo habitual.
La pericia de esas manos en sus movimientos, automatizados por la práctica, pero únicos llamó poderosamente mi atención de forma que no podía dejar de mirar. La preparación del material necesario, el ensamblaje de los diferentes dispositivos, la manipulación del brazo de la paciente, la suave aplicación del compresor, la delicada canalización de la vía y el acoplamiento del bioconector o el sistema de suero, la recogida de los tubos de sangre y los pertinentes cuidados para su traslado, la administración de los medicamentos en suero, la ubicación de la paciente en el box... Ante tal despliegue de actos sutiles, yo no puede consentir estarme quieto mirando y dediqué mi tiempo y mi fuerza bruta a la manipulación de mecanismos para reclinar el sillón, cosa que la paciente agradeció con una pequeña sonrisa, y al transporte de una silla fija para que su marido se pudiera sentar junto a ella. A ver, todos estos músculos tendrán que servir para algo, ¿no?
En fin, presenciar de manera consciente todas esas maniobras de un técnico, eficiente y delicado trabajo manual me embelesó y me hizo recordar otros muchos trabajos, en ocasiones sencillos, que precisan de las manos, de su habilidad, de su entrenamiento y de su calor para ser llevados a cabo.
Recordé a la panadera de Maranchón en su tahona, amasando tibias masas, mezclando ingredientes, dando formas y sabores a nuestro paladar que hoy nos trasladan a la infancia. Este verano pasé un rato por la tahona y la vi trabajar. Le pregunté si no le importaba que le hiciera algunas fotos y negó, no sin cierta extrañeza y timidez. Y allí seguía ella mientras yo disparaba aquí y allí mi querida Nikon, convencido de que estaba haciendo fotos que pasarían a la historia de la fotografía moderna. De vez en cuando le "echaba" una a ella, sobre todo a sus manos, pues no quería incomodarla, y pronto volvía a los mostachones alineados como olivos sobre las bandejas del horno y a las blancas mantecadas recubiertas de azúcar. Evidentemente, allí había también sencillas máquinas, viejos chismes rudimentarios carentes de utilidad lejos de unas manos expertas.
Recordé, instintivamente, dos oficios, hoy día prácticamente extinguidos: los zapateros y los limpiabotas. Cuando yo era niño, en mi calle había un minúsculo taller de zapatero donde un delgado hombre siempre tiznado de betún remendaba zapatos y amontonaba herramientas y días. Como todo el mundo por aquellos años (los 70 y primeros 80), de vez en cuando llevábamos algún zapato a "componer" y, tanto a la entrega como a la recogida, me embobaba viendo las huesudas y tiznadas manos de aquel hombre trabajando sobre la piel, las costuras, las suelas o los tacones, con la solvencia de quien conoce su oficio. Igualmente, los betuneros limpiabotas, con su mundo y su taller concentrado en una pequeña caja, arrodillados, acuclillados o sentados a los pies de sus clientes, daban lustre a zapatos, botines y botas (siempre de caballero, claro) hasta casi poder reflejarse en ellos.
Recordé a los alfareros que sólo he visto trabajar en ferias de artesanía (siempre se me viene a la cabeza los arrumacos subidos de tono que se daban Patrick Swayze y Demi Moore en aquella escena neo-costumbrista de la película Ghost, cubiertos de rojizo barro) que durante siglos fabricaron útiles e insustituibles recipientes que hoy día prácticamente sólo nos sirven como objetos decorativos. ¿Cuánto tiempo hace que no bebéis en un botijo o búcaro? Mi hermana Marta tiene uno en su jardín, colgado de un limonero y es un pequeño, económico y romántico lujo puesto a nuestro alcance, a disposición de nuestros sentidos y nuestros adormecidos recuerdos.
¿Y los artesanos de la madera, el mimbre, el vidrio, la piedra, el metal y tantos y tantos materiales naturales que el hombre ha trabajado desde el origen de nuestra civilización?
¿Y los masajistas, fisioterapéutas, quiroprácticos que con sus manos y su fuerza recomponen las roturas y el dolorimiento de nuestros cuerpos de carne y hueso?
¿Y los cocineros que con sus manos elaboran manjares, platos que, bien con la sabiduría de lo tradicional o bien con el atrevimiento y la curiosidad del que necesita innovar?
¿Y los encuadernadores que cosen y pegan papeles? ¿Y los pastores que azuzan rebaños y ordeñan ubres? ¿Y los agricultores que aran, esparcen simientes y recogen frutos con esas duras manos encallecidas, capaces de acariciar la tierra y dominar sus plantas y sus secretos?
¿Y el músico que toca su instrumento y con sus manos saca arte y belleza de él? El pianista que presiona con pasión las tecla. El guitarrista que rasguea o pellizca las cuerdas haciéndolas vibrar y cantar... Desde el violinista virtuoso y el delicado flautista hasta Machín con sus maracas o los palmeros de Los Chichos...
¿Y los ilusionistas, magos y prestidigitadores que hacen del engaño, arte, entretenimiento y asombro?
¿Y los peluqueros y barberos? ¿Y los maquilladores, esteticistas, etc?¿Y las amas de casa que guisan, cosen, visten, bañan, peinan, lavan, acarician, limpian y enseñan... (luego quieren que resuma...) con las manos y con el alma al cincuenta por ciento?
En fin, que mi cabeza, haciendo gala de su carácter independiente, comenzó a viajar en el espacio y en el tiempo recordando todos esos oficios en los que las manos hacen la mayor o más importante proporción del trabajo, otorgándole su fuerza, su calor, su delicadeza, su precisión y su sabiduría. Total, que se me fue la pinza un poco.
Por cierto, se llama Alicia. La enfermera.

