Ya sabíamos que ocurriría, pero no por eso duele menos.
Sevilla se ha quedado sin voz y ha perdido a uno de sus hijos predilectos: sí, ese grande y moreno que regentaba una taberna en la plaza del Rialto y cantaba flamenco como si le tronara el alma. Ese del pecho ancho, los ojos rasgados y la guasa permanente. El trabajador incansable que exprimía 25 horas a cada día, que recibió la Medalla de Oro de la ciudad y la Saeta de Oro y, mientras te ponía la chacina en el papel encerado, te regalaba media saeta o una ocurrencia de las suyas...
Hemos perdido a Pepe Peregil.
Pepe nació en Manzanilla (Huelva) y vino a Sevilla en busca de trabajo y fortuna, y vaya si los encontró. Tras unos años, se había convertido en uno de los hombres más queridos en la ciudad y recibía el éxito con la naturalidad del que ha trabajado duro para conseguirlo. Su taberna, "Quitapesares" era ya un icono de la noche bohemia sevillana, frecuentada tanto por artistas y famosos (como atestiguan las innumerables fotos colgadas en sus paredes) como por parroquianos habituales de mirada adormecida. Su cante, desgarrado y personal, comenzaba a abrirse paso en el mercado discográfico y entre las bullas de Semana Santa para cantar saetas desde la calle Sol hasta la plaza del Museo. Saetas llenas de fuerza que enmudecían a la muchedumbre que callaba con un pellizco bajo el esternón y el vello completamente erizado. Pepe conquistó los balcones y el alma de la Sevilla cofrade. Luego llegaron más discos, sevillanas, la radio y la televisión... y los reconocimientos en forma de premios.
Pepe ha sido algo así como ese "self-made man", ese "hombre hecho a sí mismo" del que hablan los americanos, pero en su versión en andalú: una versión única sevillana, flamenca, cofrade, tabernaria y cachonda. Un hombre que, no teniendo nada, con su arte y su trabajo consiguió el más grande premio que se otorga en la vida: el Corazón de Oro, entregado por todos y cada uno de las personas que le conocieron, le admiraron y le quisieron en reconocimiento a la trayectoria de quien ha llevado por bandera la bondad, la sencillez, el trabajo, el amor, la naturalidad y el buen humor.
Hoy Sevilla y, probablemente Andalucía y España, lloran la muerte del cantaor, del artista. Los que nos sentimos más parte de la familia que de los admiradores o seguidores, lloramos al hombre que fue José María Pérez Blanco, al padre de familia, al amigo que parte para no volver. Mis oraciones serán hoy para él, para su hijo Pepe y para toda su familia, con la intención de que se sientan acompañados en su soledad y en su pena.
El cielo, a partir de hoy, será un lugar más divertido. Se dice que, desde ayer, San Pedro anda canturreando, con ese arte que tienen por Galilea: "Como me alegra, primito hermano, como me alegra, primito hermano, como me alegra... comé jamón serrano de pata negra".
Pero, a nosotos, ¿quién nos quita ahora este pesar?
Descansa en paz, querido Pepe Peregil.
