Collage íntimo

Collage íntimo
Trocitos...

sábado, 10 de septiembre de 2011

Mi pueblo: de la guerra al Chill Out...

Por continuar con las pinceladas del verano, quiero contaros una historia.
Al final se entenderá porqué.

Corrían los años 1937 y 1938 y la nefasta y fratricida Guerra Civil devastaba con virulencia nuestro país, alterando salvajemente su vida y su geografía, escindida a fuerza de pólvora y sangre en las conocidas zona nacional y zona roja.
Mis abuelos maternos, Fernando y Matilde, se habían casado en julio del 37. Poco después, en el primer permiso que pudo solicitar mi abuelo (capitán por aquel entonces), viajaron a Cádiz a pasar unos días. Antes de acabar el permiso fue mandado llamar con la orden de incorporarse a filas, con destino en el peligroso frente de Teruel.
La batalla de Teruel tuvo lugar entre el 15 de diciembre de 1937 y el 22 de febrero de 1938. En algún momento de su desarrollo, mi abuelo fue herido en un dedo de una mano. Inopinadamente, a mi abuela le llegó noticia de que había sido herido en la cabeza y la reacción fue inmediata. A sus 19 añitos, con el país desgarrado por la guerra, consiguió un salvoconducto para visitar a su marido durante una semana, malhizo una maleta y atravesó el país por la zona nacional (pasando por Salamanca) hasta llegar a un pueblo de Guadalajara llamado Maranchón. Éste se ubicaba en la zona más segura cerca del frente y en él había una fonda donde alojarse: el Café-Fonda Bueno.
Si no habéis conocido a mi abuela, no sabéis que, a pesar de ser mujer, había sido provista por Dios con un desomunal par de cojones.
La Fonda Bueno se llamaba así porque era regentada por la familia de Isaac Bueno y Tomasa Gilaberte, quienes tenían la ayuda de sus cinco hijas, Mauricia, Eulalia, Conmemoración, Matilde y Petra, y un varón cuyo nombre era Isabelo.
Cuando mi abuela apareció por la fonda, guapa como era, maquillada y peinada como una artista de Hollywood, con su abrigo largo y su gorro de astracán, nadie dudó de que se trataba de la amante de un oficial; evidentemente, una pilingui de cabaret. Esto duró lo que tardó ella en remangarse la camisa para ayudar en las tareas de la fonda, metiendo los brazos en el fregadero hasta más allá de los codos o amasando el pan con la bravura de un fornido herrero.
Al poco tiempo, todos se habían encariñado de aquella graciosa sevillana de 19 años y de su entrañable historia de amor y la trataban como a una hermana más.
Lo que habría sido un viaje breve con la intención de visitar a un reciente marido al que, probablemente, esperaba encontrar moribundo se convirtió en una estancia de seis meses en los que se fraguó una amistad con la familia Bueno que duraría toda la vida. Mi abuelo, por aquella época un audaz y guasón veinteañero, volvía del frente siempre que podía a la Fonda Bueno y pasaba divertidos ratos con las chicas. Como aquellos paseos que les daba en el Jeep... Años después contaban cómo un día las hizo montar diciendo que iban a dar un paseo y que les iban a comprar unas bragas y ellas se mondaban con las tonterías de mi abuelo...
Acabó la guerra y, vinieron nuevos y cambiantes destinos. Zaragoza, Lérida,Toledo... Mi madre, sin ir más lejos, nació en Lérida y dió sus primeros pasos entre Toledo y el suelo de la Fonda, donde Tomasa después le daría pan con vino y azúcar.
No fue hasta 1949 que consiguieron volver a Sevilla. La descendencia aumentó hasta completar un hermoso ramillete de cuatro hijas, de las cuales la segunda, a la que llamaron Matilde, tuvo a bien tenerme a mí como segundo hijo.
Durante todos aquellos años, siempre que podían, volvían a Maranchón huyendo de la calurosa Sevilla y siempre buscando reencontrarse con sus viejos amigos y, por supuesto, hospedándose en la que sentían como su casa: la Fonda Bueno.
Mis padres se casaron en el 68 e inmediatamente debían ir a Zaragoza, pues mi padre comenzaba a trabajar en una conocida fábrica de colchones. Allí vivirían unos séis años y naceríamos los tres mayores. Este hecho propició que en 1969 mis abuelos decidieran lo que ya llevaban años planeando: comprar una casa en Maranchón.
Y, allá que fueron y dieron con una casa, que decían que, tiempo atrás, había sido del médico. Se ubicaba en la calle conocida como "el puligano de San Blas" y, poco a poco, fueron amueblándola con cuatro cosas; lo justo para que fuera habitable y comenzáramos a pasar allí nuestros primeros veranos.
Mi abuelo, un militar muy atípico, encargó y colgó en su entrada lo que él consideraba (fruto de su carácter eminentemente cachondo) el escudo de armas de su familia Raposo, en el que rezaba el lema: "DIOS, PATRIA, FAMILIA Y SEVILLA F. C." y se empeñó en arreglar y levantar la Cruz de las Ánimas Benditas -la que se halla donde empieza la subida al puligano-, que cada año volvía a encontrar caída.
Mi primer verano con uso de razón fue a los diez años. Quizá llevábamos algunos sin ir por allí pues, con frecuencia, también íbamos a La Montaña, que es como los cántabros llaman a su Cantabria. Inmediatamente, con su carácter entrañable y nervioso, Petra -la gran amiga de mi abuela, única superviviente hoy día de aquellos hermanos Bueno Gilaberte- hizo un reparto providencial y colocó a cada uno de nosotros en una pandilla: mi hermana mayor con su sobrina Olga, yo con su sobrinos-nietos Rafita y Rober y mi hermana menor con Elisita. Por aquella época, Nachete tenía tan sólo un año. Más tarde, apenas tuvo uso de razón, se emparejó de forma natural con Angelito, el hermano pequeño de mis mejores amigos.
Ahí siguieron años de inolvidables veraneos, años de peñas cochambrosas donde jugábamos a las cartas, tonteábamos y bebíamos limonada. Años de persecuciones a las chicas en bicicleta, partidos de fútbol en la era del Quinqui o contra los pueblos vecinos (¡Partidos de máxima rivalidad contra Ciruelos del Pinar!), fiestas y bailes, disfraces, novietas e interminables risas con los amigotes, las primeras copas de más, bromas y trastadas de menor o mayor índole... Fuimos "el Vampus", "los Truños", "Pinta en Kopas"... y disfrutábamos cada segundo.
Luego, mi padre abrió la tienda y vinieron los veranos sin poder ir. Más tarde, los veranos en que empezaban a faltar amigos por los estudios o la mili. La pandilla parecía disgregarse y se mermaba verano tras verano. Con los años, vienieron los trabajos, las bodas y las responsabilidades y comenzamos a ir en nuestras propias vacaciones y no en la de nuestros padres. Casados bastantes y, algunos, ya con hijos, el grupo se fue rehaciendo.
Ahora somos una gran peña y asociación de casi cuarenta amigos: LO MEJOR DE CADA CASA. Triste y prematuramente, perdimos por el camino a algunos que, por desgracia, ya no volverán. Siempre tenemos en el recuerdo al Rober y al Chato. ¡Menudos trastos! ¡La que tienen que estar liando allá arriba!. Otros, eligieron otro camino que se alejaba del nuestro. En cambio, se nos han unido otros amigos en una especie de fusión (bueno, les hemos absorbido...), como varias piezas de La Piedruca y Roberto, con su oscuro e incomprensible pasado Kueskero...
Y, por supuesto, las parejas de cada uno de nosotros... canela fina.


Pues bien, con este grupo de amigos he pasado este verano en las fiestas de Maranchón. ¿Para qué contaros? Llevábamos dos veranos sin poder ir y había muchas ganas. Las fiestas duran de jueves a domingo y, en nuestra peña, llevamos años recuperando para la noche del miércoles la tradicional Fiesta del Gorro (que antiguamente se celebraba en El Cine e iban todas las peñas), para la que, este año, organizamos una Fiesta Chill Out. Todos con ropa de estilo ibicenco y la peña magnificamente ambientada con esos sillones bajos tipo chaisse-longue, cañas, docenas de velas, lámparas de papel, litros de mojito... ¡Y hasta un Photocall! Ahí, mi primo Juancar ha vuelto a bordarlo.





¡Ah! Se me olvidaba contar un pequeño detalle: Tras morir mi abuela en 2003, se vendió la casa de Maranchón. Nada serio; los típicos desacuerdos entre hermanas. Por lo que ya no tenemos casa en el pueblo. Bueno, casa en propiedad... Ahora siempre nos hospedamos en "otra fonda Bueno", la casa de mi amigo y hermano Juancar, regentada por sus generosos padres, Isabelo Bueno y Loli Caballero, quienes nos tratan como a unos hijos más y nos hacen sentir como en nuestra propia casa. Por desgracia, Javi no ha podido venir este año y nos han "cedido" gentilmente su dormitorio... otro año nos tocará dormir en la cámara... y contentos, eh. Ni que decir tiene, que nada de esto hubiera sido posible sin su maravillosa y entrañable hospitalidad, sin su servicialidad y sin su comprensión, sin su bondad... Y, por Dios, Loli, ¡qué tortillas de patata, hija mía! Desde aquí, nuestro más sincero y cariñoso agradecimiento, ad aeternum.

En fin, que así son las cosas y la gente de mi pueblo.

PS: mami, gracias por toda la información sobre aquella época. Ponte güena ya, anda, porfa. Un besito gordo.



viernes, 2 de septiembre de 2011

Arte con mayúsculas: Antonio López en el Thyssen

Es 1 de septiembre y llueve a mares.
Aunque no hace frío, ya se siente en la piel esa despiadada e implacable certeza de que el verano se nos ha esfumado; así, casi sin darnos cuenta.
Tengo muchas ganas de contar todo lo que hemos hecho, sobre todo en el caluroso agosto. Ya, a principios de mes conté cómo había ido aquella quincena de julio en la que andaba observándolo todo. Parece que hace un siglo de aquello...
No voy a ser capaz de resumirlo todo en una entrada, así que haré dos o tres y, probablemente, las desordenaré cronológicamente. Más que nada porque no consigo aguantarme las ganas de hablar sobre lo que tengo previsto hablar en ésta: La exposición retrospectiva de Antonio López en Madrid, Museo Thyssen.



Antonio López García (Tomelloso, 1936) es unánimemente considerado el más importante pintor español vivo. A sus 75 años, tras más de 50 de profesión, acumula una incomparable trayectoria de progresión artística, exposiciones, premios y reconocimientos que, por supuesto, no enumeraré aquí. Para eso está la wikipedia.
Desde 1993 no tenía lugar una gran exposición retrospectiva de su obra y, cuando me enteré (coincidiendo por suerte con un viaje de vacaciones a madrid) reservé entradas para los dos... bueno, por no mentir, las reservó ese solete que tengo por esposa.
La exposición es, sencillamente, impresionante. Está organizada de forma que, en una primera parte se disfruta de parte de su obra más reciente y algunas de las más conocidas y, en un segundo recorrido, se visiona una retrospectiva de su obra, con la intención de adquirir una mejor perspectiva de la evolución en la obra del artista.
Las obras abarcan diferentes disciplinas y técnicas que podríamos resumir en: pintura (habitualmente, óleo sobre tela), escultura (madera policromada, bronce) y dibujo (carboncillo y lápiz sobre papel).



El precio de la exposición (sólo Antonio López, sin la permanente del Thyssen) es de 10 euros, pero recomiendo absolutamente disfrutar de las explicaciones que ofrecen las audioguías. Sólo supone 3 euros extra y multiplica exponencialmente el disfrute en la observación y conocimiento de cada obra y del propio autor. Testimonios propios, de amigos, de críticos de sus hijas... abren el objetivo y consiguen elevar nuestra percepción de las obras mediante el conocimiento más profundo de la vida, las motivaciones, las preocupaciones, los sufrimientos y las pasiones de su autor.
No quiero enrollarme más. Sólo destacar que, a pesar de ser considerado popularmente como "pintor hiperrealista", tanto él como las críticas que se escuchan rechazan de plano tal extremo, destacando la sensibilidad, la calidez, la vibración en cada pincelada de cada cuadro. Sin duda se trata de un pintor muy apoyado en una incomparable mano para el dibujo y lo figurativo; meticuloso, perfeccionista y detallista que consigue que nuestros ojos vean un realismo de instantánea en el concienzudo trabajo (en ocasiones a lo largo de años) de tejer oleosas pinceladas de color.
Una de sus premisas, que ayudan a comprenderle algo más, es aquella que dice que "una obra nunca se acaba, sino que se llega al límite de las propias posibilidades". Es imposible que haya buenas manos sin una gran mente detrás.



Sinceramente, me he enamorado de la obra de Antonio López que conocía sólo superficialmente. Me he embelesado con sus asombrosos dibujos a lápiz, hasta el punto de, en ocasiones, no ser capaz de despegarme del que estaba admirando para pasar al siguiente. Me he conmovido con las esculturas de forma humana, en ocasiones de descomunales dimensiones; con la inquietante presencia de vida en las figuras policromadas de El hombre y La mujer que, por momentos, me obligaban a autoconvencerme de que no iban a echar a andar. He crecido admirado en el secuestro voluntario que ejercen sobre mí sus grandes pinturas al óleo con insólitas vistas de Madrid, sobre la desierta Gran Vía con la que parece poderse hablar y las obras que nos abren a su pequeño y claustrofóbico mundo particular: su casa y su estudio. Su nevera, su cuarto de baño, la mesa donde come, sus ventanas, sus viejos y sucios muebles de artista volcado en su pasión... Ese magnetismo te atrapa y no te deja avanzar, te obliga a seguir mirando, a seguir preso en unos trazos o formas que, aspirando a la perfección, alcanzan la más pura forma de expresión y emoción artística.

Alguna otra recomendación:
-Reservar entrada por internet.
-Horario, el más temprano posible.
-Ir sin prisas.
-Adquirir audioguías.
-Visitar la exposición permanente del museo, si no se ha hecho ya. Imprescindible para los amantes del arte.
-La exposición dura hasta el 25 de septiembre de 2011. Para quien le venga mejor, luego estará otros 3-4 meses en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, del 6 de octubre de 2011 al 22 de enero de 2012. Una magnífica ocasión para hacer doblete con el Guggenheim.

Si os gusta el arte, no podéis perdérosla.
Bueno, sí podéis, pero sería una verdadera pena.

viernes, 19 de agosto de 2011

El dedo en el ojo



A ver cómo lo explico...

Yo soy muy futbolero. Me encanta el fútbol: verlo, jugarlo, los futbolines, los juegos de fútbol de las "pleisteishons", los deportes en las noticias, las webs deportivas... ¡Todo!
Aun así, no soy muy fatiga con los partidos de la tele y no me trago cualquier Castellón-Las Palmas (con perdón) que echen en la tele, por muy aburrido que esté. Todo tiene un límite.
Claro que, un buen partido del Sevilla o alguno interesante de la selección española -mundiales y eurocopas, por supuesto- siempre son un buen plan.
Luego hay otros a los que es difícil negarse, como semifinales y finales de la Champions League o los grandes clásicos, no sólo españoles, sino de cualquier país con una liga medio decente, como, por ejemplo, la inglesa: Manchester, Liverpool, Chelsea, Arsenal, Manchester City, Tottenham, etc.
En España es difícil resistirse al magnetismo mediático y deportivo de los grandes clásicos como los enfrentamientos entre Barcelona, Real Madrid y Atlético de Madrid. Son partidos con tanto en juego, tanta calidad sobre el terreno de juego, tanta tensión y tanta rivalidad extradeportiva que, para un amante del fútbol, es algo así como un pecado perdérselo.

Pues, veréis; después de lo de ayer (y lo de ya tantas veces) estoy planteándome empezar a considerar seriamente la opción de perdérmelos.

El de ayer fue un precioso partido, vibrante, algo duro y rebosante de calidad y alternativas. No son frecuentes los clásicos así, la verdad. Suelen ser partidos muy tácticos, duros, igualados, condicionados por la ansiedad y el miedo a la derrota más que por el buen juego y el fair play.
Pero el de ayer no fue así. Bien es cierto que hubo bastante dureza en algunos lances del partido, más, evidentemente, por parte del equipo cuya consigna es jugar duro más que jugar bien. Pero, en general, en mi opinión, fue un partido disputado, hermoso, viril y abierto.
Por supuesto, no quiero que nadie me entienda mal. No simpatizo con ninguno de los dos equipos y, sinceramente, ojalá se inventara una forma de que perdieran los dos. No obstante, por simpatía a los colores de mi primos de Madrid, Juancar y Javi, y la alegría que a ellos le supondría, lo instintivo en mí es alegrarme si ganan los merengues.

Lo que ocurre, y perdonadme primos, es que se me está atragantando este Madrid, principalmente por todo lo que en él hay de su entrenador. Mourinho me cae como una despiadada patada en los "webs". Como diría Rhett Butler (Clark Gable) en Lo que el viento se llevó: Sinceramente, queridos, me importa un bledo si es buen entrenador o no. El colmo sería que, encima fuese un manta...
Dando por supuesto que sea bueno, eso no le da derecho a lucir semejante irrespetuosidad, habitualmente elevada a la enésima potencia de la más irritanteb chulería hacia todo lo que le rodea. Chulea a otros entrenadores y técnicos, a otros jugadores (ajenos y propios), a los periodistas en las ruedas de prensa... ¡A todo lo que se menea!

En mi opinión, ha teñido al Real Madrid con unos churretes que afean a uno de los clubes más grandes del mundo (si no el más grande). La dureza fronteriza con la agresividad que muestran los revolucionados jugadores en el campo, contrasta con el infantil lloriqueo de éstos y de su entrenador en las declaraciones posteriores, repartiendo culpas con generosidad hasta el extremo de no querer quedarse con ninguna. Ahora, por lo visto, resulta que los árbitros están en contra del Madrid y les pitan de pena. Hay manos negras por todas partes y es de interés general que el Barsa, que son una banda, gane por lo civil o por lo criminal.
¡De traca!

La vergonzosa tangana del miércoles dio al traste con un estupendo partido de fútbol, aceptablemente arbitrado, y que, probablemente, ganó quien más lo mereció. Pero, lo que verdaderamente mostró tal reacción es una absoluta pérdida de papeles, de señorío y de respeto por unos colores. El sello de Mou.

Los detalles, que sí son importantes:

Hubo dos o tres entradas duras de los jugadores del Barcelona, pero todas iban a ras de suelo y el jugador con la mano levantada en actitud de clara falta de intención o disculpa. Bastantes más entradas duras hubo de los madridistas, a veces bien arriba y, casi todas, protestadas airadamente al colegiado. En esto, Ramos, Pepe y compañía son especialistas: en comerse al árbitro. Luego ves las repeticiones en cámara super-lenta de la brutal entrada y del jugador escupiendo espumarajos a dos centímetros de la cara del árbitro. De niñateo, últimamnte, vamos bien, pero que bien servidos...

La entrada de Marcelo, fue la más dura de todas. Y se formó el taco. Los jugadores enzarzados en una maraña de agarrones, empujones y "tragantás", como en una cutre pelea de barrio. Solo que, presenciada por medio mundo. Y pa colmo, llega el artista y no se le ocurre otra cosa que meterle un dedo en el ojo a Tito Vilanova. Hay que estar un poco colgao, la verdad. El otro, se revolvió y le devolvió el gesto con una pequeña colleja que lo único que consguió fue que Mou pusiera esa expresión algo mema, haciendo morritos y muecas raras; medio sonrisas, medio pucheros...

Claro, luego lo negó todo. Y eso que él dice que el fútbol es un deporte de HOMBRES... Claro que no sé lo que es un hombre para él. Para mí un hombre es es otra cosa y no es más tío quien más fuerza muestra o quien más insulta o más jugarretas hace; sino el que es más cabal, más caballero, más honrado y más de verdad. El que te da la mano y te mira a los ojos, el que te habla con el corazón y el que tiene suficiente humildad para aceptar las derrotas y talento para celebrar las victorias. Eso, entre otras cosas, es un hombre.

Pero hay otro problema. Hoy en las noticias deportivas sacan una encuesta callejera en la que preguntan a los aficionados madridistas si están a favor o en contra de Mou; y todos los que mostraron (creo que entre diez y quince) estaban claramente a favor de Mou. Tan sólo un par de ellos, con algunas reservas. Uno de ellos hizo referencia a la siguiente estrofa de la letra del himno del Real Madrid con la que el portugués (y algunos de sus más espabilados pupilos) parecen limpiarse el culete tras ir al tigre.
La estrofa es ésta:



"Enemigo en la contienda,
cuando pierde da la mano
sin envidias ni rencores,
como bueno y fiel hermano."




En fin, que, sincera y simplemente, creo que el Madrid sería más grande sin éste entrenador. Pero, bueno, aunque no lo parezca, esa no es mi guerra.

martes, 9 de agosto de 2011

Mediatarde en Sevilla, Midnight in Paris

Ayer fuimos al cine. ¡Dios! Ni me acordaba de la última vez que vimos una peli en pantalla grande... No sé...¿"Ben Hur"? Bueno, tonterías aparte, si no me falla la memoria, creo recordar que la última vez (pelis infantiles a un lado) fue otra de Woody Allen, "Conocerás al hombre de tus sueños". También me gustó.
Y es que Woody me vuelve loco, por si no lo sabéis.

Ayer disfrutamos de "Midnight in Paris" y de un Woody Allen absolutamente en forma, lleno de inspiración y con la madurez tras la cámara de un viejo tipo con mucho talento que arrastra a sus espaldas la friolera de 42 películas, la mayoría de ellas geniales.

Allen es un maestro. Su habilidad técnica no es discutida por casi nadie y es, precisamente, en su propio lenguaje, en sus temas y en sus personajes, donde obtiene el reconocimiento de sus fans y de la crítica. También su obsesiva reincidencia temática es el origen de la mayoría de las críticas de sus detractores que suelen recriminarle que siempre habla de lo mismo. Pero, claro, lo que queda tras quitar todo lo aportado por aspectos técnicos es la esencia: es Woody Allen. Y, probablemente, o te apasiona o acabas odiándolo. Tampoco pasa nada.

En "Midnight in Paris", apoyado en unos magníficos actores y en un escenario inmejorable -la incomparable ciudad de París-, Allen despliega sus mejores armas, el humor, la sensibilidad, los personajes, los diálogos, y dibuja una fantástica comedia romántico-fantástica en la que un escritor (Owen Wilson) persigue sus sueños al tiempo que, por pura necesidad y por suerte para él, se aleja de su vida real.
Gil sueña con escribir una novela y con vivir en la lluviosa Paris, pero es guionista en Hollywood e Inez, su prometida -una caprichosa hija de papá- se ha empeñado en vivir en Malibú. A pesar de que estos no tragan a Gil, acompañan a los padres de Inez en viaje de negocios a París, aprovechando la ocasión para visitar la ciudad. Casualmente, coinciden esos días con una pareja de amigos de Inez y ella parece sentirse muy atraída por la apabullante intelectualidad de Paul. Gil se siente fascinado por la ciudad y detesta los planes que Inez prepara con sus odiosos padres y su pedante amigo y, pronto, comienza a hacer planes por su cuenta. Una noche, Inez se va a bailar con Paul y su novia y Gil, ligeramente borracho, decide irse al hotel dando un paseo. Se pierde y, al sonar las campanadas de la medianoche, algo extraño y fantástico ocurre: de repente, sin saber muy bien cómo ni porqué, se encuentra en la París de los años veinte (del siglo XX) y comienza a alternar con los grandes personajes literarios y artísticos de la época, Scott y Zelda Fitgerald, Cole y Linda Porter, Gertrude Stein, Pablo Picasso, Salvador dalí, Luís Buñuel, Ernest Hemingway, Josephine Baker, T. S. Elliot, Belmonte... Allí conoce también a la hermosa Adriana...

En fin, no quiero contar más. Allen consigue sumergirnos inmediatamente en una ciudad, en un ambiente, en unos personajes y en una historia que nos atrapa y no nos suelta. La maravillosa selección musical del genio de Brooklyn lo envuelve todo, de principio a fin y sirve de hilo conductor en una historia que viaja sola, plácida y divertidamente, y en la que disfrutas tato que jamás te planteas si lo que está ocuriendo es posible o no. La verosimilitud de los hechos no es lo importante aquí, su belleza, su lógica, su trasfondo, es lo importante. Perseguir los sueños es importante. Amar es importante. París es importante.

Entiendo que no soy un observador imparcial y objetivo, pues Woody Allen me pirra, pero sólo puedo decir que la película es buena, divertida y muy entretenida; un romántico homenaje a París y a las personas que no pueden evitar perseguir sus sueños aunque ello signifique nadar a contracorriente.

¿Qué más puedo decir?
Que lo último que había visto fue Kung-Fu Panda 2... ¡y que también me gustó!
Que puedes ver Linterna verde, Thor, Capitán América, Tron, Cars 2, Los Pitufos, etc en 15 cines y a Woody Allen en sólo 2 y de milagro.
Que me he perdido El discurso del Rey en pantalla grande.
Que odio las pelis en 3D.
¡Que nos costó 7 euros cada entrada!
Que me encanta ver los créditos finales de las pelis de Woody Allen, con esas letras blancas sobre fondo negro y el jazz sonando a tope, todavía con el regusto de la peli en los ojos...
Que me niego a ver Vicky Cristina Barcelona porque todos el mundo dice que es un bodrio.
Que en la calle hacía 40ºC.
Que estábamos 7 personas en la sala.
Y que os quiero, hombre.
Eso.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Las vacaciones



El verano y las vacaciones son, para mí, tiempo de vivir despacio y recuperar recuerdos bastante remotos.




Probablemente ese vivir despacio es lo que verdaderamente otorga sentido a las vacaciones en clara contraposición al cotidiano ajetreo de prisas, carreras, horarios y bocinazos en los semáforos. Esa rutina de despertador-ducha-café-coche-trabajo-niños-colacaos-mochilas-colegio-tráfico... milagrosamente sustituida por esa otra de dormir-enredarse-en-las-sábanas-café-en-la-terraza-periódico-bañador-protector-solar-flotar-en-el-mar-chiringuito-gazpacho-sardinas-asadas-siesta-piscina-tinto-de-verano-paseo-atardecer-helado-conversación-cartas...




Este vivir despacio, aparte de los evidentes beneficios físicos y mentales, te permite un contacto más consciente con todo lo que te rodea, incluyendo, claro está, a las personas.
Estos días puedo dedicar gran parte de mi tiempo simplemente a observar lo que me rodea y poner a prueba mis sentidos y su memoria. Puedo dedicar horas a leer, cosa que habitualmente hago muy a salto de mata. Siempre ando con mi libro cerca y a ratos le voy dando achuchones hasta que, cuando me doy cuenta, ya le quedan menos de cincuenta páginas.




Puedo dedicar todo el tiempo que me dé la gana a observar a mis hijos. En la playa, observo perplejo el cuerpo de mi hijo mayor. Su torso cada vez más desarrollado acompaña sin esfuerzo y con agilidad al resto del cuerpo en sus piruetas sobre la arena. Bronceado, con el brillo de las gotas del agua del mar sobre su piel, parece no percibir cómo crecen sus músculos y se desborda de vida. Incapaz de controlar su energía, es incapaz de caminar y se desplaza haciendo volteretas laterales sucesivas de un lado a otro. Su cuerpo no habla; grita. Él no sabe que yo sé que me observa cuando juego con el pequeño y contabiliza las veces que le hago volar, que le abrazo o que le mordisqueo la barriga. Siempre tengo una o dos más para él, para que le salgan las cuentas del pequeño príncipe destronado y todo esté en su sitio.




Observo al pequeño y alucino con su progresión. Ha crecido delante de nuestras narices casi sin darnos cuenta. Es un bichito delgado y fibroso que, sin las cualidades atléticas de su hermano, dedica cada uno de sus movimientos a imitarlo hasta la risa. El otro día les pregunté si querían hacer no-sé-qué y él, antes de contestar, miraba al mayor buscando respuesta. El mayor dijo que no y él, inmediatamente, negó con la cabeza. Ofrecí la misma propuesta de forma algo más atractiva y el mayor cambió de opinión ante la atenta mirada de su hermano que, sin demora, asintió también con su menuda cabeza. Algún torpe comentario debí añadir que hizo que el mayor volviera a cambiar de opinión, ofreciendo una nueva y rotunda negativa que se vio seguida por la esperada negativa de su fiel clon, que a ratos se convierte en una especie de minúsculo y adorable “clown”.




Observo largamente a mi mujer. Suelo observarla mucho pero, estos días, tengo la suerte de poder hacerlo más y mejor. Su pelo está algo más claro y alborotado de lo normal ‒el viento de poniente, es lo que tiene‒ y sus ojos, raro es el día que no se muestran más verdes que pardos entre los párpados entornados por la fuerza de sol. Su piel habitualmente blanca ya ha tenido tiempo de broncearse y curtirse, llenándose de vida y hermosa jovialidad. Este año pienso ponerme “negra”, repite sabiendo que eso es imposible. En el fondo, se conforma con broncearse y sentirse más guapa. A ratos, vagueo más de lo aceptable y su rostro se endurece ligeramente en una mueca de callada desaprobación, pero pronto las aguas vuelven a su manso cauce.



Observo a las gentes y sus costumbres.
Observo al discreto cuidador de origen hispanoamericano que pasea a un anciano por la piscina. Observo la confianza que muestra el anciano hacia su cuidador en el relajado rostro.
Observo a los jóvenes socorristas que concentran firmemente su mirada en los grupos de turgentes jovencitas apiñadas en el césped sobre sus toallas.
Observo a las madres que no dejan de ser madres en la playa y limpian mocos, arropan con toallas, preparan meriendas, limpian culos, untan cremas y reagrupan chanclas y rastrillos.
Observo a los negros vendedores de baratijas que pululan por la playa cubiertos de ropa, mostrando vistosos vestidos, divertidas pulseras y relojes de imitación, regalando sonrisas entre su verborrea de palabros en un castellano básico a medio camino entre el “Yo Tarzán, tú Jane” de Johnny Weissmüller y un gutural Swagili.
Observo los cuerpos de los bañistas y me topo con la cruda realidad de obesidad que nos rodea. Obesos que, en muchos casos, beben cerveza, comen patatas fritas y bollería y retozan de sol a sol sobre su toalla, ajenos por completo a los beneficios que les podría reportar un buen paseo.
Observo a las chabacanas pandillas de niñatos aspirantes a “ninis” que se despatarran o se amanceban, mientras ensucian y molestan. Con sus musculados, perforados y tatuados cuerpos en continua exhibición, su música bakalaera a todo volumen y su culto a la estupidez, gritan, corretean, se lanzan al agua, hacen peleítas levantando arena, juegan al fútbol repartiendo balonazos y se encaran con los ancianos que se atreven a recriminarles su comportamiento.
Observo a una abuela que deja el croché para acunar a un bebé y tararearle una melodiosa nana.
Observo a un abuelo que juega a la petanca con dos niños que deben ser sus nietos. Por su rostro intuyo que ni se acordaba de la última vez que ganó a algo.
Observo a una madre de mediana edad que quita la arena bajo la ducha a la salida de la playa a un hijo con algún tipo de grave parálisis motora. Mientras lo sujeta bajo sus axilas con el abrazo de uno de sus fuertes brazos, con el otro recorre cada rincón de su cuerpo para frotarlo con agua limpia. Él sonríe y se estremece en una mueca porque parece estar algo fría.
Observo a la empleada del supermercado que, hastiada de tanto veraneante, no encuentra motivo para dar una vez tras otra los buenos días y pasa mecánica y cansinamente los productos por el lector óptico a la espera de un “beep”. Siete con cinco. ¿Quieres las cinco? Lo que usted quiera. No, lo que quieras tú, le respondo. Se encoge de hombros y acepta con desgana la pequeña moneda cobriza.
Observo a los niños mayores que, con un móvil en una mano y la Nintendo DS en la otra, se agrupan en pandillas tras la hora de la cena. Llevan sombra en el mostacho y van guapos, arreglados y peinados y alguno, incluso acabará el verano con novia.
Observo a un tipo cuarentón que, escondido tras su ordenador portátil, no puede evitar andar observándolo todo y teclea, teclea, teclea...

viernes, 15 de julio de 2011

Lo que leemos

Hace unos días compré un libro a través de internet y, como soy así de gili, me subscribí voluntariamente a la página de La casa del Libro. Hoy me ha llegado al correo una de esas típicas "newsletter" que invitan a los bibliómanos comprarlo todo. Y de todo eso va esta entrada....

La verdad es que siempre me han apasionado los libros mucho más de lo que demuestro con mi coeficiente particular de lecturas anuales, por llamarlo de alguna forma.
Me encanta comprar libros y me encantaría leerlos todos, aunque me resulta suficiente, por el momento, saber que están ahí, en mi enorme y robusta librería blanca (no-de-ikea), a la espera de que tenga tiempo, ganas o las dos cosas. ¡Menos mal que, en eso, Elo es un poco como yo! Aunque no tan "como yo" como yo, claro. Lo mío no tiene límites...

Pero, a lo que iba. Ejem. En dicha "newsletter" encontré varias cosas interesantes.



Entre ellas, un artículo sobre un escritor estadounidense llamado Philip Roth, al que presentan como un autor fundamental. Man Booker Prize 2011 (es un premio, claro), es descrito como "uno de los autores americanos vivos de mayor talento y reputación", lo cual, por muchas ganas que tenga una editorial de vender libros no se puede decir ni muy a la ligera ni de cualquier mindundi. Sinceramente, no había escuchado ese nombre en toda mi vida, pero parece avalarle una larga trayectoria con éxitos como Goodbye, Columbus, (colección de cuentos de 1959), El mal de Portnoy (novela de 1969), y su "trilogía americana" (publicada en los años 1990) compuesta por las novelas Pastoral americana (1997), ganadora del Pulitzer, Me casé con un comunista (1998), y La mancha humana (2000).
En fin, a mí me ha entrado ganas de leerle algo.

Otra cosa interesante es la siempre ilustrativo ranking de libros más vendidos; en este caso, lista subdividida en dos: libros de ficción y libros de no-ficción.

La lista de libros de ficción más vendidos es la siguiente:
1 JUEGO DE TRONOS (CANCION HIELO FUEGO I) de GEORGE R.R. MARTIN.
2 CHOQUE DE REYES (CANCION DE HIELO FUEGO II) de GEORGE R.R. MARTIN.
3 SI TU ME DICES VEN LO DEJO TODO PERO DIME VEN de ALBERT ESPINOSA.
4 TORMENTA DE ESPADAS (CANCION DE HIELO Y FUEGO III) de GEORGE R.R. MARTIN.
5 NO ABRAS LOS OJOS (EBOOK) de JOHN VERDON.
6 A DANCE WITH DRAGONS (CANCIÓN DE HIELO Y FUEGO V) de GEORGE R.R. MARTIN.
7 EL TIEMPO ENTRE COSTURAS de MARIA DUEÑAS.
8 FESTIN DE CUERVOS (CANCION DE HIELO Y FUEGO IV) de GEORGE R.R. MARTIN.
9 ESPAÑISTAN: ESTE PAIS SE VA A LA MIERDA de ALEIX SALO.
10 EN EL PAIS DE LA NUBE BLANCA de SARAH LARK.

Y aquí va la lista de libros no-ficción más vendidos:
1 EL METODO DUKAN ILUSTRADO: COMO ADELGAZAR RAPIDAMENTE Y PARA SIEMPRE de PIERRE DUKAN.
2 INDIGNAOS de STEPHANE HESSEL y JOSE LUIS SAMPEDRO.
3 LAS RECETAS DE DUKAN de PIERRE DUKAN.
4 NO CONSIGO ADELGAZAR de PIERRE DUKAN.
5 ¡COMPROMETEOS! de STEPHANE HESSEL.
6 SABER COCINAR: RECETAS Y TRUCOS DE LA MAÑANA DE LA 1 de
SERGIO FERNANDEZ y MARILO MONTERO.
7 REACCIONA de VARIOS AUTORES (J.L. SAMPEDRO, MAYOR ZARAGOZA, B. GARZÓN...).
8 NOSOTROS, LOS INDIGNADOS: LAS VOCES COMPROMETIDAS DEL 15-M de VARIOS AUTORES.
9 EL SECRETO de RHONDA BYRNE.
10 EL METODO GABRIEL de JON GABRIEL.

Supongo que, al elaborar estas listas, sin quierer, se realiza una especie de involuntario estudio sociológico que refleja, aunque con una muestra inevitablemente sesgada (no es una muestra heterogénea, pues los que compran libros, evidentemente se los leen -o los regalan a personas que leen- y ello presupone un cierto nivel cultural), qué andamos buscando entre las palabras de esos libros.



Entre los diez libros más vendidos de ficción, aparecen cinco del mismo autor, George R. R. Martin. Este señor escribe apasionantes y adictivas novelas de gran calidad dentro del género medieval-fantástico (donde encontraríamos también a J. R. R. Tolkien y su archiconocido "El señor de los anillos"). Parece que al gran público le va "lo fantástico" para evadirse de la intragable realidad que nos rodea.
El resto es un batiburrillo de libros de aceptable calidad entre los que se cuela un ebook policiaco, un cómic que mezcla la realidad social de España con el humor, una sensible novela del escritor catalán Albert Espinosa y un par de buenas novelas escritas por (una española y una alemana) y para mujeres, al menos a la vista de sus títulos y portadas.

En la lista de libros más vendidos de no-ficción, se llevan la palma los libros de dietas y autoayuda. El omnipresente Dukan acumula tres libros en los puestos más altos y eclipsan al sensato y poco conocido Método Gabriel y a Rhonda Byrne y su (según dicen) revelador "El secreto".



No hay duda de que nos sobran kilos y de que eso nos preocupa. Cerrar el pico y hacer deporte nos cuesta la misma vida si no disponemos de una motivación extra: en este caso la fe ciega en el Sr. Dukan y su controvertida dieta hiperprotéica.
El otro tema predominante es el de la exitosa llamada a la indignación de Stéphane Hessel (¡en un libro de sólo 30 páginas!). El autor con 93 años es uno de los 12 redactores de la declaración Universal de los Derechos Humanos, ex combatiente de la resistencia francesa y diplomático. Ciudadano judío nacido en Alemania, ha vivido incluso el horror de un campo de concentración, publica este alegato de movilización destinado a la juventud, instándoles a abandonar la indiferencia en estos tiempos de adversidad.
Luego, sus múltiples derivados: "¡Comprometeos!", "Nosotros los indignados...", "¡Reacciona!" al rebufo de la intención y el éxito de su precursor.

En fin, muchísima fantasía y demasiada realidad social.
Y las dietas milagrosas... pues, ahí, donde siempre, a medio camino entre la fantasía y la cruda realidad. Lo que no sé es si estos libros de dietas cuentan a la hora de maquillar las paupérrimas estadísticas sobre hábitos de lectura de los "teledevoradores" habitantes de Españistán...

Felices vacaciones para quien las tenga.

lunes, 4 de julio de 2011

La vida y la muerte

Jueves 30 de junio. De guardia otra vez.
23:31h: Me llama la coordinadora de enfermería para decirme que viene para el hospital la abuela de una compañera. Está muy mal, sin más datos.
23:54h: Empiezan a llegar algunos familiares. Hablo con Carmen (nombre ficticio, claro) la hija de la abuelita (madre de nuestra compañera). La conozco de otra vez que vinieron con la abuela a urgencias por una caída. Ay, Salva, qué alegría que estés tú. Le doy dos besos. Comienzo con la anamnesis antes de tener delante a la paciente. 92 años, Enfermedad de Alzheimer desde hace 2. Deterioro agudizado los últimos meses. En estado vegetativo desde hace un mes y medio. Hoy se ha puesto fatal.
00:08h: Llega la ambulancia y entra una camilla a la velocidad del rayo. Sobre ella jadea inconsciente y semiincorporada la anciana. Tiene mala pinta. Me acerco inmediatamente a la cama de observación a la que la han pasado y aprecio una piel pálida y sudorosa, algo violácea. Su respiración es rápida y los estertores se escuchan desde la distancia.
00:15h: Le digo a la enfermera que la monitorice mientras la exploro. Vía periférica, sueroterapia de mantenimiento, aspirar secreciones. La auscultación es tan mala como esperaba, el corazón late débilmente, desatura al 86% incluso con administración de oxígeno. ¿Saco sangre analíticas cuando coja la vía?, me pregunta la enfermera con las comprensibles dudas. Sí, los tres tubos. Bueno, no, ¿para qué? Sí, sí, sácala. Total, ya que la estamos pinchando...
00:22h: Sube la intensivista y cuando la ve me mira con esa expresión en la cara que lo dice todo. Yo le devuelvo la mirada y asiento sin hablar. Échale un ojo que voy a hablar con la familia.
00:25h: Salgo a la sala de espera y encuentro a Carmen con su otra hija. Ha estado llorando. Me interroga con esa mirada que también lo dice todo, buscando algo de información en mis ojos. ¿Cómo está la abuela? Mi rostro no quiere darle buenas noticias. ¿Desde cuándo está así?, pregunto. Unas horas. La miro a los ojos. Está muy mal, Carmen. Es un primer paso antes de decirle que se está muriendo. Carmen rompe a llorar y niega con la cabeza, como si no lo creyera. Pongo mi mano en su brazo. Ven a la consulta.
00:30h: Cierro tras de mí la puerta para tener intimidad y nos sentamos en la consulta de urgencias. Segundo paso. Carmen, la abuela se está muriendo. ¿Tan pronto? Llora sobre el hombro de su hija. Ahora podemos bajarla a la UCI, que empiecen a ponerle vías, tubos y medicamentos. Estará sola y no creo que sirva para gran cosa. O subirla a planta con vosotros y asegurarnos de que no sufre. Carmen mira a su hija que, a su vez, la mira a ella. Hablan en voz baja, se susurran, se cogen de las manos. Mamá, hay que asumirlo y dejar que esté tranquila. Carmen suspira, me mira y me dice que se suben a la planta.
00:41h: Curso el ingreso y me acerco a la observación a ver cómo está la abuela. Le han aspirado las secreciones y le han puesto 2 miligramos de morfina según indiqué; respira menos ruidosamente, con algo más de paz. Llega la nieta que es nuestra compañera. Viene muy guapa porque había salido con unos amigos. Dos de ellos la acompañan. Más llanto. A esta abuela la quieren mucho, eso se nota inmediatamente. Acaricio su frente tibia y húmeda. Tomo su pulso y la ausculto de nuevo. La tensión y la saturación descienden ligeramente. El rostro aparece ligeramente más sereno.
00:49h: Terminan de prepararla para el traslado a planta. Me vuelvo a la consulta para cursar el ingreso de la paciente y pautarle el tratamiento. Veo un par de pacientes más.
01:50h: Me llama la enfermera de la planta para decirme que la abuela ha fallecido. Subo con la enfermera de urgencias y el celador, que también quieren dar su pésame a la familia y un beso a nuestra compañera. Al entrar en la habitación Carmen se nos abraza llorando. ¡Qué poco te has equivocado!, me dice. Yo le dejo que me abrace y la abrazo. Lo siento en el alma, Carmen. ¡Qué buenos habéis sido!, llora mientras se abraza con la enfermera de urgencias que llora también porque se le ha removido el recuerdo de sus pérdidas. Besamos al resto de la familia, incluída la cuidadora sudamericana que llora desconsolada.
01:55h: Paso a la estancia contigua donde yace inmóvil la abuela en la cama. Su piel está aún algo sonrosada, aunque con un tono ligeramente más céreo y agrisado. Tiene la boca entreabierta. Confirmo la muerte tras auscultarla, comprobar la inmovilidad de sus pupilas y ver la línea plana que dibuja el electrocardiógrafo en el papel contínuo.
02:03h: Vuelvo a la otra habitación donde esperan los familiares para comunicar lo que ya saben. Carmen está algo nerviosa. Les ofrezco un ansiolítico y mi particular punto de vista de las cosas que, aunque lleno de razón, no consuela: pensad en los 90 años que la abuela ha vivido con mucha calidad. Es que se ha ido muy rápido. Mejor así, Carmen, mejor así.
02:09h: Sugiero a las enfermeras y auxiliares que, antes de preparar y amortajar a la anciana, dejen pasar a la familia para que se despidan un rato de ella. Se alternan los llantos con los besos entre familiares y al relajado cuerpo de la anciana. Salimos de la habitación.
02:15h: Actualizo la evolución de la paciente en su historia: exitus.
04:43h: Relleno el certificado de defunción mientras el empleado de la funeraria explica los pormenores y costes de todo el procedimiento. A través de su DNI conozco dónde nació y reconozco su rostro sonriente en una foto con unos diez años menos. Anoto en el dorso de mi mano izquierda el número de certificado para incluírlo en la historia. Doy el pésame a un hijo que no conocía y salgo de la sala.
Se llamaba Margarita (nombre ficticio, claro).

Viernes, 1 de julio. La mañana siguiente en casa.
08:30h: leyendo mi correo, me entero de la noticia de que un antigua compañera y amiga muy querida está embarazada. Nos escribe a varios amigos un alegre email en el que nos da la buena nueva.
Miro el dorso de mi mano izquierda y ahí sigue, escrito a boli, el número del certificado de defunción que firmé de madrugada en el oscuro y silencioso hospital.
Miro la pantalla del ordenador y allí veo comenzar una nueva vida.
Se cierra el círculo y todo adquiere algo más de sentido.
Me doy una ducha y preparo unos colacaos para los niños.
La vida sigue.