Este puente del Corpus han venido a visitarnos unos amigos de Madrid. Son de esos a los que se quiere tela pero no se puede ver más que de vez en cuando... ¡y te sabe a gloria!
Uno de los matrimonios, Juancar y Mª José (¡hola, primos!), ya habían venido a Sevilla bastantes veces, tantas, que cuando vienen sólo nos dedicamos a pasear, hacer cosas con los niños, tomar tapitas y disfrutar de su compañía.
El otro matrimonio, Merce y Alfonso (¡hola, a los de La Vega!), nunca habían estado en Sevilla, por lo que tocaba ponerse ropa fresca, calzado cómodo, mochila al hombro y patearse la ciudad para descubrírsela como Dios manda...
Entonces, uno se pone a calcular los días de que disponemos y todo lo que se debe ver, elaborando una especie de planning con las visitas obligadas, un itinerario mental en el que aparecen, como etapas de una carrera, los monumentos, las plazas, los barrios, las iglesias, los rincones, las calles, los espectáculos, las vistas, los paseos y las estampas que uno espera que queden grabadas en su retina.
El turismo es muy cansado, pero con niños y 40 grados a la sombra, aún más. Pero eso no nos amilanó, más al contrario, cargamos las mochilas de botellas de agua, zumos y gorras y fuimos haciendo las paradas necesarias para que los enanos descansaran y tomaran un heladito o los no-tan-enanos nos hidrataramos con unas cruzcampo fresquitas...
Y, así fuimos visitando la Catedral, la plaza de San Francisco y la plaza Nueva, la calle Sierpes, el Salvador, el Barrio de Santa Cruz, el Alcázar... mostrando la maravilla que el día a día no nos deja ver, la belleza que damos por supuesto y normalmente no nos paramos a admirar... dejando que el pecho se me llenara de orgullo que mostrar lo que me parecía un auténtico tesoro al descubierto, que me pertenecía un poco.
Los Venerables, las plazas de Santa Cruz y Doña Elvira, un vinito de naranja en la bodeguita de Álvaro Peregil en Mateos Gago, bajar por Betis (con perdón), subir por Pureza, Santa Ana, la capilla de los Marineros, el Altozano... y el Puente de Triana con su amplia y generosa vista. La Maestranza, la Torre del Oro, un paseo en barco por nuestro verde y ancho Guadalquivir y deleitar el paladar en la freiduría de García de Vinuesa, bien hasta arriba de un increíble adobo y resto de frituras al uso, bien regadas con gélidas latas de Cruzcampo...
...Y, por la tarde, la magnífica y singular Plaza de españa y el Parque de María Luisa.
No va más...
Cada ciudad es única, genuína, original y auténtica a su manera. Siempre he huído del chobinismo de los que blanden con beligerancia su "mi ciudad es la mejor", sobre todo desde que estuve en París. ¡Dios! Cuando vas a París, si eres medio normal, se te quitan todas las tonterías de "como mi ciudad, ninguna" y aprendes -básicamente, porque no te queda más remedio- a admirar con humildad lo que no es tuyo. Praga me pareció una ciudad alucinante, me sedujo hasta el punto de estar subiendo al avión de vuelta pensando cuándo podría volver. Budapest me impresionó, me sorprendió y me sobrecogió, permitiéndome comprender cada uno de las épocas históricas por las que había pasado.Supongo que igual ocurrirá con otras grandes ciudades que no he visitado como Londres, Roma, Nueva York, etc.
Que nadie me entienda mal; yo adoro mi ciudad. Con sus virtudes y sus defectos, con su innegable y brutal belleza, con su caprichosa arquitectura, sus plazas soleadas y sus callejuelas en sombra, con el río grande que la riega y las tabernas que la salpican, con sus vírgenes y sus vicios, con sus cristos y sus penitencias. Es mi ciudad, por ella pululan casi todos mis recuerdos; sobre ella se ha escrito la mayor parte de mi historia y la de mi gente; es pequeña, cercana, extrovertida, luminosa, fresca, alegre, barroca, desafiante y llena de recovecos en las calles y en sus gentes.
Me gusta tanto, que jamás diría que es la mejor ni la más bonita.
Me gusta tanto, que, de vez en cuando, me encanta pasear por ella como un turista más, como si la viera por primera vez, admirándome en cada esquina, descubriéndola a cada paso, a cada mirada, a cada sorbo y a cada bocado, haciendo mil fotos, mezclándome con otros turistas para escuchar sus comentarios y llenarme de su frescura.
Por eso, y por todo lo demás, me gusta que vengan amigos a verla.
En noviembre, claro.
(Es broma, amiguetes. Venid cuando queráis; siempre es una alegría teneros cerca. Besitos gordos para JC, MJ, M y A. Y, por supuesto, para R, L, C y C. ¡Lo hemos pasado de escándalo!).
