Collage íntimo

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jueves, 9 de octubre de 2014

“VERANO AZUL”, “BOYHOOD” Y EL SACERDOTE CON ACENTO SOVIÉTICO

Bueno, pues ya pasó el cálido verano. Hace tiempo. La pura verdad es que me he relajado tanto y he tenido el tiempo tan ocupado, que no he sentido la necesidad de escribir en el blog. He estado leyendo mucho y he disfrutado de eso. A veces se me ocurría alguna cosilla, pensé en las típicas imágenes veraniegas, pero ya he hablado alguna vez de eso y tampoco quiero repetirme y aburrir al personal. Este año, no.
Pero llevo ya unas semanas con esta idea revoloteando por dentro de mi cabeza y me apetecía hablar de ello. A mediados de verano nos enteramos de que estaban reponiendo la famosa serie "Verano azul". Unos primos y amigos ya la estaban viendo. Hacía unos días que había empezado a emitirse a la hora del almuerzo, pero soy partidario enfermizo de no ver nada "ya empezado". Soy absolutamente incapaz de ver una película que lleve ya empezada cinco minutos… Pero, gracias a las nuevas tecnologías y  la televisión a la carta de TVE, pudimos iniciarla desde el primer capítulo.
Desde que los niños comenzaron a crecer y a ser medio personas, tenía clarísimo que quería que vieran esta serie. Mejor aún, verla con ellos. Guardaba un recuerdo virgen, por decirlo de algún modo, de aquel primer disfrute en su estreno de 1981. El recuerdo de una primera y única visión con ojos de niño, sin el vicio de alteraciones posteriores, de los "filtros" ejercidos por cada renovada perspectiva de diferentes edades. Me agradaba la idea de haberlo conservado así. Quizá por eso he descubierto tantas y tantas cosas al cabo de los años; porque ha pasado el suficiente tiempo, el necesario, y "mis ojos" han cambiado mucho.
"Verano azul", aparentemente, puede parecer una serie "infantil". Podría también, entre los que me incluyo, ser considerada como "familiar". Personalmente, y haciendo un órdago a la grande, diría más: creo que es una serie imprescindible para padres que quieran descubrir algo más de la vida y de los hijos, y aprender a disfrutarla como si fueran niños. Sirve, además, para aprovechar y ver algo "en familia" en ese aparato doméstico que nunca descansa. Recomiendo olvidarse de los Pokemon y de las noticias y llenar bien el sofá de cuerpos menudos y menos menudos, entrelazados, abrazados, bien juntitos… Y aprovechar las historias que se van sucediendo a lo largo de estos 19 capítulos de una hora, y aprovechar las diversas y cotidianas situaciones que en ellos se nos presentan para hablar, explicar y educar a nuestros hijos… Con medida y mesura, ¿eh?, que como se den cuenta de que aquello huele a encerrona educativa, salen por piernas y no hay quien los pille. Que ya sabemos cómo se las gastan.
En mi humilde y poco experta opinión, Antonio Mercero realizó en 1981 una de las grandes obras maestras de la televisión. Lo que ocurre, es que, a menudo, a aquello que se presenta con un tono amable y divertido, rápidamente lo clasificamos como obra menor, carente del fondo y la enjundia que tienen las obras puramente dramáticas. Craso error.
Esta serie, en mi opinión, y envuelta en un agradable tono de comedia infantil, es un gran drama cuyo tema principal es el viaje iniciático que nos lleva a todos de la infancia a la edad adulta. Esa edad crucial en que se descubren los grandes sentimientos, las grandes verdades y los terribles secretos de la vida de los mayores. Ubicada cronológicamente en un largo verano, de aquellos en que los hijos permanecían en el lugar de veraneo con las madres mientras los padres, salvo quizá un par de semanas, quedaban como "Rodríguez", solos en la vivienda familiar. Alguna que otra película del "landismo" ha nacido de ese concepto ibérico y cachondón, pero ese es otro tema… A lo largo de los capítulos y del verano, se suceden conflictos en torno a los grandes temas de nuestra existencia y van siendo tratados de forma tierna y aleccionadora. La paternidad, la amistad, la pérdida, el paso a la vida adulta, la política, los celos, la rivalidad, el amor, la sexualidad, la enfermedad, el conflicto generacional, el compañerismo y la solidaridad, y temas que entonces apenas comenzaban a brotar como el ecologismo y el divorcio.
Los padres de los chiquillos (salvo Agustín, el modélico y cercano padre de Bea y Tito) parecían no acertar nunca con la tecla en la difícil tarea de la educación y se indignaban e incomodaban con la amistad surgida entre los chicos y el binomio compuesto  por Julia, la solitaria pintora (María Garralón) y el viejo marinero y pescador Chanquete (Antonio Ferrandis). En el fondo, se deja entrever que el irresoluble misterio residía en algo tan sencillo y eficaz como saber escuchar, dedicarles tiempo, atenderles, preocuparse por sus cosas, empatizar con sus preocupaciones y sus problemas.
Aparte de deliciosamente divertida y llena de enseñanzas, esta serie es una magnífica ocasión para hacer eso, dedicarles tiempo, hacer algo tan sencillo como "ver la tele con ellos" y aprovechar para hablar y para aprender. Me refiero a nosotros.
* * *
Relacionada, en cierta forma, con estas sensaciones paterno filiales experimentadas con Verano Azul, necesito hablar de la película "BOYHOOD" (2.014), un film de Richard Linklater, director al que adoro y del que ya os hablé en relación a aquella trilogía "Antes del amanecer", "Antes del atardecer" y "Antes del anochecer".
Igual habéis escuchado algo sobre esta película (o incluso la habéis visto). Es esa cuya primera genialidad reside en su idea conceptual: contar la historia de la infancia de un niño (y su entorno familiar) usando a los mismos actores durante doce años. Al inicio de la película, Mason (Ellar Coltrane) tiene seis años y esta acaba cuando cumple los dieciocho y se marcha a la universidad. No recuerdo que "esto" se haya hecho antes y sólo por eso creo ya merece la pena ir al cine a verla. Un amigo me preguntó: "¿Pero la película tiene algo más o solo es "eso" de que son los mismos actores?". En mi opinión "eso" es sólo la punta del iceberg, el brillante germen que la hace brotar, pero el resto, el desarrollo de la historia, el afinado guión, las medidas interpretaciones, la insólita verosimilitud, la transparencia de intenciones, la emocionante verdad que muestra en cada personaje, en cada situación, en cada sentimiento.
Lo último que desearía es destripar la película contando qué ocurre e ella, pero, dado que no se trata de un thriller en el que es crucial no desvelar quién es el asesino hasta el momento final y dado que su secreto reside en haber sabido mostrar con genialidad pasajes de unas vidas normales y corrientes (de ahí su subtítulo "Momentos de una vida"), creo que puedo permitirme hablar un poco sobre ella. No mucho, tranquilos.
Mason (Ellar Coltrane) es un niño de seis años, de carácter más bien introvertido. Vive con su madre, joven, separada y abnegada, (Patricia Arquette) y su hermana (Lorelei Linklater). El padre (Ethan Hawke), un aspirante a músico que parece haber desaparecido de la faz de la tierra, sobrepasado por la precoz e indeseada paternidad, de repente vuelve a contactar con ellos y a formar parte de sus vidas en forma de visitas de fin de semana. Así inicia su andadura esta película, a lo largo de la cual se van sucediendo acontecimientos mágicamente cotidianos (con los que resulta fácil identificarse) y a veces dramáticos, propios de cualquier familia moderna.
La madre (Patricia Arquette) no parece ser capaz de controlar su vida, siempre corriendo de un lado para otro. Volcada en los continuos cuidados que precisan sus dos hijos pequeños, sufre el abandono de si misma y de su vida emocional. Cuando los chicos han crecido un poco, decide estudiar para labrarse un futuro. Pronto comienza una relación con un carismático profesor de la facultad. Se suceden una serie de relaciones y cambios de residencia que con frecuencia la alejan de la estabilidad buscada. Finalmente, tanto personal como profesionalmente, su vida parece asentarse, coincidiendo con la época en que los hijos comienzan a ser mayores y a hacer planes por su cuenta.
El padre (Ethan Hawke), es un tipo divertido, gran hablador y práctico consejero. Pretende ser músico. Cuando vuelve a sus vidas, su ex mujer le recrimina constantemente su inmadurez y falta de responsabilidad y compromiso. Durante las actividades de los fines de semana, a base de forzar un diálogo constante, consigue lo que parece un logro imposible para ella (por culpa de las ingratas e interminables tareas cotidianas) interiorizar en sus corazones, conocer sus inquietudes, sus necesidades y divertirse juntos. Aunque su posición es cómoda, pues carece de cargas diarias y aparece sólo el fin de semana para ratos de ocio, ejerce una gran labor de asesoramiento, de escucha, de complicidad y cercanía. Y, aunque de forma independiente, consigue convertirse un complemento indispensable para la educación inevitablemente apresurada de su exmujer.
La hermana (Lorelai Linklater) es una hermana algo mayor, distante y poco afín a Mason. Durante toda la película se mantiene alejada de él y rivaliza abiertamente en lo que parece una relación poco fluida. Mason la sufre con hábil resignación.
Doce años dan para mucho y, a lo largo de ellos, se entretejen, como en la propia vida real, las historias de Mason y de sus padres, sucediéndose momentos dulces y amargos, éxitos y fracasos, relaciones y soledades, ilusiones y decepciones, estabilidad y cambios… La madre de Mason tratando de crecer y encontrar la estabilidad emocional, la pareja definitiva. El padre, madurando y aprendiendo a asumir la triste realidad en la que la música solo será un hobby y debe resignarse a llevar una vida como la de los otros tipos normales.
Y Mason, el pequeño Mason, sin darse cuenta, librando una de las batallas cotidianas más duras que existen, la de crecer, la de madurar, la de hacerse hombre (más aún en esa peculiar cultura yanqui en la que a los dieciocho "picas billete" y comienzas a tener que buscarte la vida). Especialmente los chicos como Mason, sensibles, delicados, especiales, desplazados del prototipo de "chico popular" al que aspiran el 95% de los estudiantes de instituto norteamericanos, el triunfador, el súper-sociable, el capitán del equipo de fútbol que será coronado en el baile junto a la jefa de las animadoras. Mason no es nada de eso (me siento muy identificado con él). Es tímido, poco hablador, un poco "pa dentro", como decía Pedro Guerra. Pronto descubrimos su sensibilidad y esa forma diferente de ver el mundo que, con los años, acabará determinando su vocación y la que se intuye será su profesión.
En resumen, una película rica, cercana, identificable, tierna y amablemente conmovedora que, mostrando pasajes sencillos, me enseñó cosas de la vida que no sabía. Y, sobre todo, me regaló el milagro cinematográfico de ver pasar "una infancia" en dos horas y media, recordándome la cruel fugacidad de la vida, haciéndome tomar conciencia de lo rápida que puede pasar la de mis hijos, delante de mis narices, sin poder detenerla para alargarla, para saborearla. Todavía me dura el pellizco.
* * *
Vengo del tanatorio. Ha fallecido la madre de una amiga. Hemos escuchado misa y rezado en ambiente muy recogido. El sacerdote, que hablaba perfecto español con acento soviético, ha hablado como hacía tiempo que no escuchaba hablar a un sacerdote.  Ha comenzado diciendo: "María vivió setenta años. Yo no sé cuánto dura una vida; cuarenta años, cinco, setenta… Pero sí sé que lo importante es cómo se vive, lo que se hace con ese tiempo".  Y ha finalizado con un imperioso "¡Apresúrense a amar! La vida pasa fugazmente. Las personas desaparecen y sólo quedan sus recuerdos. ¡Apresúrense a amar! ¡Dediquen su tiempo a amar a los demás!".

El tiempo: esa cuarta dimensión que todo lo condiciona porque viaja a gran velocidad en una carretera de sentido único y que tanto nos preocupa a Linklater, al sacerdote de acento soviético y a un servidor.  ¡Apresurénse a amar!

martes, 10 de diciembre de 2013

Las Navidades de mi infancia

Las navidades de mi infancia se componen de retazos, de frágiles recuerdos conservados como quien conserva una preciada reliquia. Mis recuerdos, son como esos viejos y delicados paños de otros tiempos que se guardan con mimo; débiles, evocadores, incompletos… pero se grabaron con tal fuerza en aquel pequeño corazón mío que, ni aunque lo deseara con todas mis fuerzas, podría deshacerme de ellos.
En ellos, en mis recuerdos, aparecen muchas personas que ya no están, y un fino tul violeta los cubre sin remedio. Y mientras sonrío al rememorarlos noto cómo por dentro algo se rompe en un sordo e intemporal desgarro. Pero son pequeños recuerdos inmensamente felices, como sólo pueden serlo los de los niños de aquella época en que se disfrutaba sin necesidad casi de nada. Recuerdos felices, familiares y sencillos, carentes de opulencias o extravagancias.
No puedo pensar en las navidades sin acordarme de mi abuela Matilde y de las nochebuenas en su casa. Todos los tíos y primos de mi familia materna reunidos bajo el ala de la gran matriarca. Con dificultad, recuerdo algo de cuando aún vivía mi abuelo Fernando; inicialmente muy incapacitado, finalmente encamado. Pero son recuerdos muy vagos y algo lúgubres poco relacionados con la navidad, más bien con la ternura y el reparo que nos producía aquel abuelo que siempre estaba malito.
Mi abuela Matilde hacía cada Nochebuena una sopa tradicional navideña. Una sopa de picadillo que siempre hemos llamado "Sopa Pombe" e ingeríamos con deleite. Era un caldo de puchero con hierbabuena y taquitos de jamón, patatas fritas y huevo duro, picatostes y albondiguitas. Cada cálida cucharada te transportaba a la Nochebuena anterior y hacía que se te cayeran un poco los mocos de ese catarro invernal que nunca se iba. Cada Nochebuena y por aclamación popular, la abuela Matilde cocinaba también sus famosas croquetas de sabor y textura inigualables. Eran devoradas con fruición y, tan deseadas que, a veces, si tardabas en llegar corrías el riesgo de quedarte sin ellas. Ahí no existía el orden, ni la ley, ni la familia. Fuente sacada, fuente devorada.
Otro de los sabores que tengo grabados en la memoria gastronómica de aquellos años es el de la Tortera de mi abuela. Una especie de gran mantecado con canela, clavo y adornada con filigranas de azúcar molida y canela en polvo al que fui adicto durante muchos años. Me encantaba ver la habilidad con la que, en medio minuto, recortaba el círculo de papel plegado, haciendo una sencilla plantilla para decorarla.
Cuando se acercaba la media noche, el niño Jesús nos dejaba juguetes en la salita a la que íbamos todos corriendo y chocándonos aparatosamente por el pasillo. Cuando los niños nos convertimos en medio-personas, mi abuela se había convertido en medio-anciana y los juguetes fueron sustituidos por el tradicional reparto de billetes de mil pesetas que recibíamos con disimulado entusiasmo.
Algunos villancicos se cantaban, claro. Acompañados por aquellas viejas panderetas de plástico decoradas con dibujos de niños con burritos y medio huérfanas de sonajas, el rin rin de una botella de anís frotada con un cubierto y algún cacharro de bronce de los que tenía mi abuela decorando el salón. No cantábamos muy bien, pero cantábamos, que al fin y al cabo era lo importante.
Luego, al salir para casa, con nuestros pasamontañas, bufandas y trenkas bien apretadas, siempre escuchábamos aquella frase inolvidable de "las boquitas, cerradas" y corriendo hacia el SEAT 131 que nos esperaba a la vuelta de la esquina. Al subir los cinco al coche (o seis, si ya estaba Nacho) los cristales se empañaban inmediatamente y mientras escuchábamos el tintineo de la alianza de mi padre en el parabrisas al pasar la mano para desempañarlo, comenzábamos a hacer dibujitos con nuestros finos dedos en los cristales. Mi madre sus caritas de niñas, tan sutiles y perfectas. Nosotros, pues cada uno a su estilo. A mí me gustaba jugar a imitar las muñequitas de mi madre hasta conseguir la imitación perfecta y luego, claro, ¿cómo no?, mis monigotes de siempre. Había que repartir el cristal porque todos queríamos pintar y la superficie era limitada, por lo que con frecuencia terminábamos con algún enfurruñamiento que volaba pronto porque estábamos en Navidad y los Reyes magos andaban siempre mirando… ¡Niños, portaros bien, he visto por allí el brillo de una corona! Y volvía el orden al interior del viejo SEAT 131.
Durante las vacaciones, mucho juego en el patio. Los petardos y las bromas nunca faltaban. A falta de medios, siempre andábamos inventando cosas. Como aquella vez que Marta y yo nos dedicamos a echar en los buzones de los vecinos mensajes tontos escritos con la vieja máquina de escribir que no tenía eñe. Los monigotes pegados en la espalda y las bromas que año tras año comprábamos en Pichardo, en aquel travieso ritual de la mañana del día de los inocentes: los "quema-culos", los molestos "pica-picas", los chicles amargos, los azucarillos con mosca, las heridas "de pega", la tinta invisible, las bombitas de peste, las cacas de plástico… Todo un catálogo de "pequeñas e inocente maldades" que animaban un poco el ambiente y siempre nos regalaban unas buenas carcajadas.
El día de nochevieja siempre lo pasábamos con mi familia paterna. Las familias de mi tío Joaquín y de mi tía Conchi, con la siempre amable presencia de mi abuelo Pedro luciendo su frondoso pelo blanco y, tras sus gafas de pasta, aquella mirada algo triste que no podía evitar interrogar al mundo. No faltaba cada año el ritual del brindis tradicional de la familia: "¡Ausentes y presentes, de aquí en un año…!". Siempre preparábamos un juego que solía ser el celebérrimo (y casi único por aquella época) "Un, dos, tres… Responda otra vez" que nos embelesaba cada noche de los viernes. Nos repartíamos los personajes y nos disfrazábamos: uno hacía de presentador (Kiko Ledgard, por aquella época) y los demás hacíamos las actuaciones. Preparábamos pruebas para las tres habituales fases del concurso, "las preguntas", "la eliminatoria" y "la subasta". Hacíamos "playbacks" y contábamos chistes y quiero pensar que los padres se lo pasaban pipa con nuestras gracias y monerías…
Luego, las uvas con la mágica y accidentada cuenta atrás. Los incontables abrazos, besos, "tequieros" y deseos para el año que recién comenzaba. El primer anuncio del año y los especiales de Nochevieja con los números musicales enlatados de los grupos del momento, risas con los Gila, Tip y Coll, Eugenio, etc… y luego, los indispensables Martes y Trece. Cada año, grabábamos su especial y lo poníamos durante meses hasta aprendernos los gags de memoria, lo cual nos servía para conseguir unas buenas risas durante todo el año.
Hacia las tres o cuatro de la mañana, sólo para adultos (¡niños, al cuarto!), el tradicional espectáculo con chicas ligeritas de ropa. El año que Sabrina nos enseñó la teta creo que nadie lo vio porque todos andábamos revolucionados hablando de "la teta de Sabrina".
Finalmente, la esperadísima fiesta de los Reyes. Los nervios más atenazadores se apoderaban de nosotros, llenándonos de intranquilidad, tics, movimientos incontrolados, ansiedad e insomnio… sólo por una noche. Finalmente caíamos rendidos y, tras escasas horas de sueño profundo, despertábamos con aquellas preguntas en la mente: ¿Habrán venido ya? ¿O todavía no? ¿Estarán ahí ahora? ¿Qué hago si me los encuentro? ¿Qué hora será? ¿Me levanto ya? ¿Qué ha sido se ruido? Y, al final, tras minutos de tensa espera y atenta escucha, me deslizaba lleno de arrojo hasta el contiguo dormitorio de mis hermanas. La casa estaba en calma. Ya con el apoyo de los refuerzos el camino por el largo pasillo se hacía más asequible y ridículamente apiñados conseguíamos alcanzar el salón con cierta rapidez. Al poco tiempo, nuestros ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y distinguíamos con facilidad los bultos distribuidos por los sofás y la mesita baja. Suspiros de alivio. Nos acercábamos a tientas y toqueteábamos un poco con la intención de intuir la naturaleza de algunos objetos. Y algo intuíamos, claro. Luego, a la cama de nuevo con esa paz en el alma que sólo dan los sueños cumplidos. Tras dormir unas horas, de nuevo nos buscábamos los unos a los otros y corriendo al salón en esa segunda expedición a plena luz del día, exultante, sin precauciones ni miedos, con la única incógnita de que encontraríamos bajo los envoltorios. Aquel coche deportivo teledirigido de color blanco (¡sin cables!) que me esperaba detrás de una cortina es quizás de los regalos que más recuerdo de mi infancia. Probablemente lo destrocé en cosa de unos días, porque la magia es magia y los milagros son otra cosa…
El día de Reyes, todos los niños bajábamos al patio a presumir de nuestros nuevos juguetes y a conocer los de los demás y pasábamos todo el día jugando hasta que nos arreglábamos para ir de visita obligada a las casa de abuelos y tíos a recoger el resto del botín. Y prontito a casa, que al día siguiente había cole…
Tras muchos años, hoy sé que parte de la persona que soy y parte de la felicidad que hoy siento proviene del recuerdo dejado en mi alma por aquellas hermosas sensaciones y vivencias infantiles. Aquella sencillez, aquella cercanía, aquella bendita precariedad que nos proporcionaba suficiente de todo y mucho de nada…
Quizá sólo mucho de cariño y cercanía, de sencillez, de amor por las tradiciones y por la familia. 

martes, 27 de noviembre de 2012

El 40 cumpleaños de "Martha11"

Estos días, celebramos el 40 cumpleaños de una de las personas que más significan para mí: mi hermana Marta.
Si yo nací en octubre del 71, ella llegaba al mundo en noviembre del siguiente año cuando yo apenas había cumplido el año de vida. Por aquella época aún vivíamos en Zaragoza y, mientras mi padre, a sus 28 añitos, comenzaba a abrirse camino en el mundo laboral en aquella España predemocrática de la serie "Cuéntame", mi madre se batía el cobre fuera de su tierra, bregando con sus tres primeros hijos.
Se acercaba el frío invierno aragonés. Pilar tenía dos años y medio; yo uno y Marta acababa de nacer llenando el gélido piso de la calle Carmen con la luz de sus enormes ojos oscuros. Mi abuelo Fernando la llamaba "la Long Plays", pues decía que sus ojos eran como dos discos LP (de los grandes de vinilo, vamos, para que nos entendamos). Las cosas de mi abuelo...
No exagero cuando digo que he sentido (y siento) a mi hermana Marta como un verdadero trozo mío desprendido en otro cuerpo. Desde que tengo uso de razón, nuestro nivel de conexión, de amor, de comunicación, de comprensión y de cercanía ha sido superlativo. Insuperable, diría yo. Me sobra imaginación y no soy capaz de imaginar qué virtudes podrían adornar a una hermana que pudiera considerar mejor.
Y hoy, al celebrar su redondo cumpleaños, tan sólo quiero dar gracias a Dios por regalármela y por los 40 años que lleva enriqueciendo mi vida.
Aunque años más tarde llegó el pequeño Nachete, me crié técnicamente rodeado de niñas. Según cuentan las crónicas, durante aquellos primero años yo era un verdadero torbellino. Imagino que poseído por el dios maño de los desastres, andaba siempre liándola parda para deleite de mis hermanas y desesperación de mamá y papá. Martita era lo opuesto, la bondad hecha niña. Mientras yo lanzaba zapatos por el balcón o desatornillaba lámparas, ella se bebía los tres vasos de leche puestos en la mesa, para que no nos regañaran a ninguno. Pilar andaba un poco a su bola, con el carácter algo para adentro y encontrando "gilis" de colores (pseudoobjeto infantil invisible) por todas partes... Y, luego, el que se tragó las pastillas del abuelo fui yo...jaja
Total, que así fuimos creciendo. Ya en Sevilla, en el piso de "Las Dueñas" y convertidos en medio personitas, descubrimos la camaradería, el juego, la amistad, el compañerismo y la risa, fruto de la suerte de crecer en el seno de una familia rebosante de esa bendita normalidad, no tan acelerada, de aquellos años; finales de los setenta e inicio de los ochenta.
Creo que nos unieron dos cosas por encima de las demás: el juego y el humor. Recuerdo cientos de escenas jugando tanto dentro de la casa como fuera, en el patio. En casa, nos paseábamos con las mantas haciéndolas deslizar por el parquet, y fuera, al elástico. Nos turnábamos para jugar a juegos elegidos por ella o elegidos por mí. Recuerdo tu "nick" cuando jugábamos en el viejo Spectrum 128K: "MARTHA11", por aquellos once añitos como once soles... Mi sueño, acabar una vez una partida de La ruta del tesoro, nunca se hizo realidad; pero, ni falta que hacía. Siempre me meto con ella por eso, pero ahora sé que aquello no era importante, como no es importante conocer cuántas manzanas le quedan a Pedro (que tenía ocho) si le da tres a Miguel. Lo importante es aprender a restar. Entonces, lo importante era aprender a vivir. Estar juntos, pasarlo bien. Querer estar más tiempo juntos. Crecer.
Yo era un poco pesado (como ahora, pero menos) e insistía, en parte porque cuando uno empieza un juego, es para terminarlo... ejem, y en parte porque disfruto muchísimo estando con ella.
Y, así seguimos creciendo, compartiéndolo todo: hicimos la primera comunión juntos, fuimos al campamento juntos, luego los años del bachillerato juntos, estudiábamos juntos en la cocina, salíamos con los mismos amigos y nos fuimos convirtiendo en los padres puretas que ahora somos juntos. Siempre juntos, siempre unidos, siempre conectados y queriéndonos.
Hacíamos juntos la maleta para el campamento y yo me reía de su capacidad de resumir al elaborar la lista, como aquella célebre línea que decía: "cinturón dibujitos" que tanta risa nos daba. Los primeros amores, correspondidos o no; los primeros novietes, las primeras inquietudes de índole sexual... (uysh, se me ha escapao). La risa estaba presente siempre, ora en forma de amor por lo escatológico (¡Por Dios bendito!, ¿quién tiene como color favorito el marrón? jajaja), ora en forma de sonidos guturales, de emisión de derivados lácteos chocolateados por las mismas narices, ora por mis innovadoras recomendaciones para combatir el acné juvenil, ora por nuestras grabaciones de divertidos vídeos domésticos, ora por las imitaciones de Martes y Trece o Azúcar Moreno o lo que se terciara con el fin de echar un buen rato.
Aunque no todo fueron risas, también lloramos juntos cuando nos arrancaban de nuestro Maranchón natal de madrugada, sin tiempo para despedirnos de los amigos y amores del verano... ¡Dioss, qué adolescencia más malaaaaa!
Ni que decir tiene, que, aparte de adorarla con pasión, es una mujer a la que admiro brutalmente, pues es de esas desengañadas madres de la irrupción de la liberación de la mujer. Absorbida por el trabajo que desarrolla profesionalmente y por las interminables horas de ingrato trabajo doméstico en el cuidado de su casa y de sus hijos, sale a flote siempre con una sonrisa y con la cara bien alta que deben llevar las personas que saben que han cumplido. No hay día que no pueda acostarse sin pensar "hoy he vuelto a dar el 120%" porque siempre da más. Sus hijos son tres verdaderos soles, rebosantes de inteligencia, simpatía y bondad, y siempre me ha llenado de orgullo ver cómo los ha sacado para adelante junto a su carrera profesional. Su casa rebosa calor y siempre está abierta para la familia y los amigos, sin importarle el trabajo que le depare antes o después. Sus puertas se abren una y otra vez, para que no falte dónde echar un rato a gusto, sin apreturas. Igual te prepara un arroz negro en dos minutos que unas fajitas de pollo o una tarta de esas de tres quesos de la thermomix. Si te despistas un segundo, ha hecho un brownie y una ensalada gigante o unos bocatas de salchichón...
¡"Martha11" ha cumplido cuarenta años! Fiuuuu... se dice pronto. Cuarenta años de cariño, de bondad y de risas juntos. Cuarenta años de felicidad y de orgullo. Cuarenta años de sentirte cerca y de querer acabar todas las partidas que juguemos, de quererte con toda mi alma y de sentirme el hermano más afortunado sobre la faz de la tierra; por tenerte y por lo que me llega de ti.
Te quiero, hermana. Adoro esos ojos oscuros y todo el universo que guardan detrás.
Un día de estos vamos a tener que bebernos otra botella de limoncello a medias... ¡que son dos días!

lunes, 4 de abril de 2011

INTERNET Vs EDUCACIÓN: ¡Decid NO a vuestros hijos!

La semana pasada tuve la suerte de asistir a una interesantísima conferencia de un gran periodista y comunicador: Antonio Manfredi.
El objetivo era alertar a los padres sobre los riesgos y peligros que internet y sus múltiples aplicaciones (entre ellas, las famosas redes sociales) suponen para la infancia.
Fue una conferencia reveladora a la par que descorazonadora tras la que la mayoría de los asistentes coincidimos en que nos sentíamos más asustados pero más preparados. En ella descubrimos las fáciles y variadas formas en que nuestros hijos puedes verse expuestos a sufrimientos y peligros de diferentes intensidades. Internet se nos mostró como una selva llena de peligros a los que hay que anticiparse antes de que resulte demasiado tarde.
Los mismos peligros que acechan a nuestros hijos en la vida "real" les acechan a través de internet, con la dificultad añadida de que internet facilita a los agresores los medios necesarios para camuflarse hasta el último momento.
Mediante una breve exposición, varios vídeos ilustrativos y varios ejercicios prácticos en conexión a internet, aprendimos sobre "ciberbulling", pedófilos, acoso, rapto, sustracción de datos (personales y bancarios), pérdida de privacidad, descargas legales e ilegales, suscripciones peligrosas, contenidos nocivos o inapropiados, correo spam de contenido desagradable, amenazas y chantajes por parte de compañeros o desconocidos...
Durante toda la charla se habló a cerca de cuestiones técnicas y "palabros" relacionados con la red, neologismos y anglicismos que, una vez aclarado su significado, erizan el vello y revuelven las tripas.
Pero flotaba en el ambiente un tema que sobrepasa y envuelve todo lo relacionado con internet. Un tema que, por complicado e inabarcable, no pudo ser desentrañado como merecía la ocasión: LA EDUCACIÓN.

Es imposible tratar de abordar el problema de internet y sus amenazas hacia la infancia sin zambullirse de cabeza en el dificilísimo mundo de la educación.
Según yo lo veo, la forma de plantearnos y afrontar la educación de nuestros hijos condicionará inexorablemente su uso de internet y el grado en que sus amenazas puedan llegar a afectarles.
En este sentido, comparto absolutamente el planteamiento de Aldo Naouri, conocido pediatra y escritor, que, en su libro "Padres permisivos, hijos tiranos", defiende la máxima de que educar es frustrar.
El pediatra señala que, hoy día, los padres pretendemos seducir a nuestros hijos para que nos amen y tendemos a ser excesivamente permisivos. Ello hará de nustros hijos unos tiranos y serán adultos con problemas de adaptación.
Debemos estar dispuestos a afrontar conflictos con nuestros hijos y decididos a ganar la batalla. Castigar y mantener los castigos es una de nustras armas. Lo contrario nos desautoriza.
Los padres han de ser, ante todo, una pareja y el hijo ocupará un estatus inferior.
Las madres deben proteger a los niños de los excesos de los padres y viceversa.
Educar es frustrar y, para ello, Los niños deben escuchar la palabra "no".
Subscribo cada una de sus palabras. ¡Decid "no" a vuestros hijos!
Espero que os sea útil.
Para quien quiera leer un poquillo más sobre el tema...
http://musicacallada.blogspot.com/2005/03/aldo-naouri-pediatra-y-escritor-educar.html